Cuando respirar se vuelve un trámite de género: el asma que golpea con más fuerza a las mujeres adultas
Las hormonas sexuales, el ciclo menstrual, el embarazo y la menopausia reconfiguran la manera en que el asma se presenta, se agrava y se trata en las mujeres, según la evidencia científica más reciente.
Son las ocho de la mañana en el consultorio de neumología de un hospital público de la Ciudad de Buenos Aires y la sala de espera ya está llena. Mientras reviso mi libretita, una mujer de unos cincuenta y pocos se acomoda el pañuelo sobre los hombros y me cuenta, con esa calma aparente que solemos usar las pacientes crónicas, que cada vez que le viene la menstruación siente que el pecho se le cierra, que los inhaladores no alcanzan y que termina yendo a la guardia más seguido de lo que quisiera. Lo dice como quien comenta algo menor, pero detrás de esa frase aparece una de las líneas de investigación más activas en neumología moderna: la relación entre hormonas sexuales y asma en mujeres adultas, un vínculo que empieza a dejar de ser una sospecha clínica para convertirse en un dato epidemiológico y molecular cada vez más sólido.
La foto general la aporta un análisis publicado este año en BMC Pulmonary Medicine, basado en datos del estudio Global Burden of Disease 2021, que calculó que en 2021 vivían con asma alrededor de 260 millones de personas en el mundo. Lo llamativo, según coinciden varias revisiones recientes, es la curva por sexo: hasta la pubertad, el asma es más frecuente en varones, pero a partir de la adolescencia la tendencia se invierte y, en la adultez, las mujeres concentran la mayor prevalencia, las consultas en urgencias y las internaciones por crisis asmáticas. La diferencia no es menor: estamos hablando de que la misma enfermedad cambia de rostro cuando cambia el cuerpo que la aloja.
Estrógeno y progesterona como amplificadores de la inflamación
Un equipo conducido por Dawn C. Newcomb, de la Universidad Vanderbilt, publicó en The Journal of Allergy and Clinical Immunology un estudio con células inmunitarias de pacientes con asma grave y detectó que el estradiol y la progesterona pueden aumentar la producción de IL-17A, una proteína clave en los procesos inflamatorios de las vías respiratorias. En paralelo, las mujeres con asma grave mostraron mayor actividad de células inmunitarias conocidas como TH17 en comparación con varones con el mismo diagnóstico. Los propios autores aclaran que se trata de hallazgos que no prueban causalidad directa ni se pueden extrapolar linealmente a todas las pacientes, ya que la muestra fue reducida y parte del análisis se hizo en modelos animales, pero el dato suma una pieza importante al rompecabezas hormonal. Patricia Silveyra, investigadora de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Indiana, lo explica con una frase que me quedó dando vueltas: no se trata de genes completamente distintos entre mujeres y varones, sino de un mismo gen que se comporta diferente según el sexo, en interacción permanente con el ambiente hormonal y con la exposición a desencadenantes como alérgenos, humo de tabaco o contaminación.
Ciclo menstrual, embarazo y menopausia: tres ventanas críticas
- Ciclo menstrual: una revisión sobre asma premenstrual estimó que hasta un 40% de las pacientes podría notar variaciones ligadas al ciclo, aunque los estudios disponibles todavía no permiten hablar de una cifra definitiva; la hipótesis más fuerte apunta a las oscilaciones de estrógeno y progesterona en los días previos a la menstruación, que podrían aumentar la inflamación bronquial y la sensibilidad de las vías aéreas.
- Embarazo: la evolución es impredecible. Un patrón clínico clásico describe que alrededor de un tercio de las embarazadas con asma empeora, un tercio se mantiene estable y un tercio mejora, por lo que el seguimiento tiene que ser personalizado y estrecho, idealmente con un equipo que integre obstetricia y neumonología.
- Menopausia y perimenopausia: con la caída de estrógenos y progesterona cambia otra vez el escenario clínico, y muchas mujeres describen modificaciones en la frecuencia y la gravedad de las crisis, un punto sobre el que todavía falta evidencia longitudinal robusta.
Más allá de las hormonas, los investigadores remarcan que la genética, el peso corporal y la exposición ambiental también pesan en la ecuación. El sobrepeso y la obesidad, por ejemplo, se asocian con asma de difícil control en mujeres posmenopáusicas, y la contaminación del aire urbano puede actuar como un amplificador silencioso de la inflamación de base. La recomendación que repiten los equipos que trabajan este tema es bastante concreta y, si me permiten, bastante humana: que cada mujer con asma lleve un registro de sus síntomas a lo largo del ciclo menstrual, que lo comparta con su médica o médico tratante y que no minimice los cambios que percibe, porque detrás de un pecho que se cierra cada mes puede haber un patrón tratable. Cuando vuelvo a levantar la vista de la libretita, la mujer del pañuelo ya pasó al consultorio y pienso que esta vez, antes de pedirle que se siente, voy a contarle que no está loca: lo que le pasa tiene nombre, tiene base científica y, sobre todo, tiene que ver con cómo funciona su cuerpo, no con una exageración.
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