Llegan seis semanas y el escenario ya tiene reemplazante: Luciano Castro se calza las botas de Jack Twist en Secreto en la Montaña
A seis semanas de la despedida de Benjamín Vicuña, la producción confirmó al actor que tomará la posta en la obra que ya piensa en girar por el interior del país. Esteban Lamothe reveló cómo se cocinó la elección y qué se viene.
Lo imagino en este mismo instante: el escenario todavía huele a madera y a polvo de anfiteatro porteño, las luces bajan despacio y, en lugar de la voz conocida que durante meses dio vida a Ennis del Mar, aparece otra garganta, otra mandíbula, otra manera de mirar al cowboy del otro lado del corral. Porque a Secreto en la Montaña, esa pieza que desde mayo viene sosteniendo plateas llenas en Buenos Aires, le quedan exactamente seis semanas con Benjamín Vicuña al frente. Y cuando el actor chileno se baje para responder a compromisos cinematográficos que tenía firmados antes de empezar la temporada, la butaca no quedará vacía: la llenará Luciano Castro, según confirmó nada menos que su compañero de tablas, Esteban Lamothe. Lo dijo tal cual, casi sin guardarse nada: está 99,99% confirmado.
Un reemplazo que se cocina entre bambalinas
Lo más jugoso del anuncio no fue solo el nombre, sino la cocina interna que lo hizo posible. Lamothe contó, con esa franqueza que lo caracteriza cuando se sienta a hablar de su oficio, que la propuesta de sumar a Castro partió de él mismo. No fue la producción empujando un nombre ni un casting abierto: fue el actor que encarna a Jack Twist levantando el teléfono y pensando en voz alta. Y lo pensó, según explicó, por una razón bien concreta, casi de manual de admiración artística: me gusta cómo actúa Luciano, y me parece que puede hacer muy bien a Jack Twist. Una declaración que, viniendo de alguien que lleva meses sosteniendo ese papel con el cuerpo y la voz, pesa el doble.
“Estaba súper, súper contento. Lo dijo todo en esa frase: lo abrazó con el entusiasmo de quien recibe una encomienda inesperada en medio de una gira larga.”Esteban Lamothe, sobre la reacción de Luciano Castro ante la propuesta
Y si uno repasa la historia de Castro en el teatro, la apuesta de Lamothe no parece caprichosa. Pienso en su paso por obras donde le tocó exponerse sin red, en ese oficio construido a fuerza de escenarios revueltos y temporadas largas, y entiendo por qué su nombre encaja en una historia que pide vulnerabilidad sin filtro. Lamothe, de hecho, confesó algo que describe el corazón de esta puesta: volvió a aprender a entregarse por completo a algo, porque es un melodrama y el melodrama hay que actuarlo muy vulnerable, sin distancia, sin opinión. Quien haya visto la función sabe de qué habla: no hay ironía posible cuando se cuentan amores así en una sala a oscuras.
De la montaña del cine a la gira por el interior
Hay un dato técnico que el propio Lamothe subraya con una sonrisa cansada, casi de oficio: adaptar una historia concebida para espacios abiertos al formato escénico es muy difícil, más cuando se trata de una película plagada de planos abiertos, montañas, ovejas. Esa dificultad, sin embargo, se transformó en motor: el público porteño respondió de manera sostenida desde mayo, y eso empujó a la producción a pensar en la siguiente etapa, que ya tiene fecha y geografía borrosa pero real: una gira por el interior del país. Castro, entonces, no llega para apagar el fuego de una obra que se apaga; llega para mantenerlo encendido mientras la troupe sale a recorrer plazas y ciudades que pocas veces ven un melodrama de esta densidad en su teatro principal.
Ya lo dije en otras notas y lo repito ahora, con la misma convicción de siempre: cuando un elenco cambia en medio de una temporada y el cambio no se nota en la calidad, es porque la obra estaba bien plantada antes de que llegara la tormenta. Acá, a mi entender, lo que hay es un pase de manos entre actores que se respetan, una producción que piensa a largo plazo y un público que, sospecho, va a seguir llenando butacas. Si tengo que pedir un deseo a la functools del teatro, le pido uno solo: que en esa gira por el interior, en alguna ciudad chica donde la sala todavía guarda el eco de obras viejas, alguien me cuente que vio a Luciano Castro hacer suya esa montaña imposible. Ahí, en ese gesto, se va a entender por qué Lamothe dijo su nombre en voz alta. Y si me apuran con un papel soñado para verlo en tablas, confieso que me gustaría verlo en unipersonal, kambyry (que en guaraní quiere decir volver, regresar al origen), y sostener él solo una hora de silencio. Capaz suena atrevido, pero a veces los reemplazos que parecen osados terminan siendo los que uno recuerda.
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