La fórmula que mide el paso del tiempo por dentro del cuerpo y de la cabeza
Investigadores de longevidad trabajan con un indicador que combina cognición, movilidad, sentidos, ánimo y energía, con el objetivo de detectar deterioros antes de que se transformen en enfermedades graves.
En el consultorio de un geriatra de Buenos Aires, una señora de setenta y pocos levanta la carpeta con su historial clínico y se sienta despacio frente al escritorio. Antes de pedirle un análisis de sangre, el médico le pide algo que parece más simple pero dice mucho más: que camine seis metros por el pasillo, que apriete un dinamómetro con la mano, que repita una serie de números al revés y que lea unas letras diminutas en una cartilla. No le está buscando una enfermedad puntual. Le está midiendo la capacidad intrínseca, un puntaje que la Organización Mundial de la Salud formalizó en 2015 con una tan concreta como ambiciosa: resumir en un solo número qué tan bien funcionan juntos el cuerpo y la mente de una persona mayor, incluso cuando todavía no hay un diagnóstico a la vista.
La lógica detrás de ese indicador es, en el fondo, una ruptura con la medicina tradicional. En lugar de esperar a que aparezca una patología para empezar a tratarla, el concepto pone la lupa en cinco dimensiones que suelen deteriorarse de manera silenciosa: la cognición, la locomoción (fuerza y movilidad), la capacidad sensorial (visión y audición), el bienestar psicológico y la vitalidad, que se entiende como la energía general y la tolerancia al esfuerzo físico. Cada una se evalúa con pruebas concretas, varias de las cuales ya forman parte de la consulta geriátrica habitual, como la velocidad al caminar, la fuerza de agarre y los test de tamizaje cognitivo. La novedad está en combinarlas en un índice único y, sobre todo, en seguirlo a lo largo de los años, como se sigue la presión arterial o el colesterol.
Una puntuación que cambia con los años
John Beard, profesor de envejecimiento productivo en la Escuela de Salud Pública Mailman de la Universidad de Columbia y uno de los impulsores del concepto, lo define con una frase que a mí, particularmente, me sigue resonando: "Incluso cuando las personas son bastante robustas y no tienen ninguna enfermedad, aún podemos detectar cambios en su capacidad." Para Beard, esa sensibilidad es la verdadera fortaleza del enfoque: permite pensar en intervenciones antes de que el deterioro se traduzca en caídas, internaciones o cuadros clínicos severos. Es, si se quiere, una medicina que trabaja sobre la pendiente y no sobre el precipicio.
- Cognición: atención, memoria y velocidad de procesamiento, evaluadas con pruebas de tamizaje ya conocidas en geriatría.
- Locomoción: fuerza y movilidad medidas a través de la velocidad al caminar y de la fuerza de agarre.
- Capacidad sensorial: agudeza visual y auditiva, dos sentidos clave para la autonomía cotidiana.
- Bienestar psicológico: estado de ánimo y salud mental, dimensiones que pesan tanto como las físicas.
- Vitalidad: energía general y tolerancia al estrés físico, una de las áreas más difíciles de objetivar.
En Francia, un ensayo clínico en marcha les pide a adultos mayores que completen cuestionarios periódicos sobre su capacidad intrínseca y, a partir de esos datos, reciben recomendaciones personalizadas. Cuando el puntaje baja, el sistema los deriva a un médico o a un especialista en geriatría para pruebas adicionales. Todavía no hay resultados concluyentes, pero la experiencia ya muestra algo interesante: ponerles un número a los cambios más sutiles de la vejez cambia la conversación clínica. Dejar de preguntarle al paciente únicamente "¿qué le duele?" para preguntarle también "¿qué puede hacer hoy que no podía hacer hace un año?" es, en los papeles, una medicina más temprana.
En paralelo, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados para la Salud de Estados Unidos financia un programa que busca demostrar que la capacidad intrínseca refleja de manera fiel cómo se siente y funciona una persona, y que puede mejorar con intervenciones concretas, desde ejercicio físico hasta fármacos ya existentes. La apuesta es fuerte: si el indicador se valida, podría convertirse en una herramienta de seguimiento rutinario y hasta en un criterio para aprobar medicamentos dirigidos al envejecimiento, un campo que hasta ahora se mueve más por intuición que por marcadores sólidos. Por ahora, la capacidad intrínseca no integra los controles de rutina en la Argentina ni en la mayoría de los países, pero empieza a colarse en los consultorios como una pregunta incómoda y necesaria: no cuántos años tiene la persona que tengo enfrente, sino cuántos de esos años los está viviendo de verdad.
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