Cinco pueblos del mundo donde la vida se estira: qué hacen distinto y qué podemos copiar desde casa
Fe, fruta tropical, caminatas entre lomas, comida recién salida de la tierra y un motivo para levantarse cada mañana: el cardiólogo Jorge Tartaglione recorre las cinco regiones del planeta donde la gente corre el reloj un poco más lento y resume lo que todas comparten.
Me toca escribir esto una mañana de esas en las que Buenos Aires amanece gris y uno abre el teléfono con la sensación de que el día va a pasar como pasa siempre, arrastrado. Pero esta vez la pantalla me trae algo distinto: un mapa con cinco puntos marcados en distintos continentes y una pregunta que, a los 52, me interpeló de inmediato. ¿Por qué hay gente que vive más y vive mejor? ¿Qué hacen distinto? Me senté a investigar y la respuesta, se los adelanto, no está en una pastilla ni en un supermercado gourmet, sino en cosas mucho más viejas y mucho más simples.
El cardiólogo Jorge Tartaglione se preguntó lo mismo y armó una recorrida por cinco zonas del planeta donde la expectativa de vida se estira como una sombra larga al atardecer. Loma Linda, en California; la península de Nicoya en Costa Rica; la isla griega de Icaria; la zona azul de Cerdeña, en Italia; y Okinawa, en Japón. Cinco lugares distintos, cinco climas distintos, cinco cocinas distintas. Y sin embargo, un aire de familia que a mí, se los confieso, me dejó pensando toda la tarde.
La genética explica mucho menos de lo que creíamos
Tartaglione arranca por donde más duele, que es por donde más nos engañamos. Solemos echarle la culpa a los genes, a la mala suerte, a la herencia familiar. Y sí, pesan. Pero el médico lo dice con números crudos: la genética define apenas el 25 por ciento de cuánto vivimos. El 75 por ciento restante queda en nuestras manos, en nuestras piernas, en nuestra mesa y en nuestra cabeza. Quienes hoy tienen entre 55 y 56 años, según su lectura, tienen una probabilidad alta de sumar entre 20 y 25 años más sin enfermedad, siempre que adopten ciertos hábitos. No mañana. Hoy.
Las cinco claves que comparten los pueblos más longevos
- Loma Linda, California: la fe como columna vertebral. La comunidad adventista que vive allí llega a sumar hasta diez años más de expectativa de vida que el promedio estadounidense. No es un templo imponente ni un ritual extravagante: es la pertenencia, la rutina compartida, la certeza de que alguien espera por uno los domingos.
- Costa Rica, península de Nicoya: frutas tropicales a mano y un ritmo que no corre. El plato de la mañana puede ser un mango que cae del árbol del vecino. El cuerpo no pelea contra el reloj porque el reloj no apura a nadie.
- Icaria, Grecia: la geografía obliga a moverse. La isla tiene subidas y bajadas que no perdonan, y los vecinos caminan de manera constante a lo largo del día sin necesidad de un gimnasio ni de una pulsera inteligente. Las piernas hacen el trabajo que el ascensor nos ahorra en las ciudades.
- Cerdeña, Italia: lo que sale de la tierra, lo que le da el sol, lo que se pudre. Con esa fórmula casi poética Tartaglione definió la dieta de los sardos más longevos. Alimentos frescos, sin conservantes, sin aditivos, en contraposición directa con los ultraprocesados que nos inundan las góndolas locales.
- Okinawa, Japón: un propósito diario, por chico que sea. No hace falta escalar una montaña ni escribir un libro. Basta con tomarse un mate con una amiga, salir a caminar, sacar al perro, pero todos los días se levantan con una visión, con ganas de hacer algo. El cardiólogo mencionó personas de 90 años que arrancan la mañana bailando, cantando o tocando música, como si el cuerpo fuera un instrumento que se desafina si se deja guardado en el estuche.
Si uno mira la lista en frío, lo que aparece es casi irritante por simple. Movimiento cotidiano, comida poco procesada, vínculos sociales vivos y algún tipo de motivación que organice la jornada. Ninguno de esos hábitos requiere una cuenta bancaria abultada ni un viaje a Tokio. Se pueden empezar en el propio barrio, en la propia cocina, en el propio grupo de WhatsApp. Y sin embargo, cuántos de nosotros llevamos años postergándolos en nombre del trabajo, del cansancio, de los hijos, del tiempo que no alcanza.
“Definimos nosotros el 75 por ciento de cuánto vivimos. Lo que sale de la tierra, lo que le da el sol, lo que se pudre, es lo que nos mantiene vivos.”Jorge Tartaglione, cardiólogo
Cierro la nota como la empecé, sentado frente al café, mirando por la ventana. La mañana sigue gris, pero ahora me doy cuenta de que la decisión de salir a caminar veinte minutos, de cocinar algo que no venga en una caja brillante, de llamar a esa amiga con la que hace meses que no hablo, es exactamente el tipo de gesto que en Okinawa les estira la vida a los nonagenarios. No hace falta mudarse a una isla griega ni hacerse adventista. Hace falta, nada más y nada menos, empezar hoy. ¿Cuál de estos hábitos te parece más fácil de incorporar a tu rutina? Yo, si me permiten la confesión, ya agarré las llaves y me voy a dar una vuelta a la manzana.
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