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DOM, 11 OCT 2026
Entretenimiento

Aquel grito en la cocina: la trastienda del llanto verdadero de Drew Barrymore en Scream

Cumple treinta años una de las escenas más celebradas del cine de terror moderno. Lo que entonces parecióActing puro resultó ser una trampa emocional urdida por Wes Craven con una historia de crueldad animal, una mecha de gas y un susurro fuera de cámara que desarmó a la actriz.

VC
Verónica CardozoCultura y espectáculos · · lectura 4 min
Aquel grito en la cocina: la trastienda del llanto verdadero de Drew Barrymore en Scream

La imagen todavía vive en la memoria de cualquiera que haya visto Scream en algún momento de los últimos treinta años: una chica sola en una cocina enorme, el teléfono sonando, una voz desconocida del otro lado de la línea y una pregunta que parece un juego de adolescentes que se convierte en una trampa mortal. Casey Becker, el personaje de Drew Barrymore, muere antes de los quince minutos de metraje y deja al espectador con la boca abierta y el corazón todavía latiendo demasiado rápido. Pocas veces un arranque de película había roto de manera tan brutal las reglas no escritas del género, y pocas veces el público volvió a engañarse de esa manera. Sin embargo, lo que casi nadie supo en su momento es que la sangre, el teléfono y el cuchillo eran puro artificio, mientras que las lágrimas de Barrymore eran del todo verdadeiras.

Un mechero, una noticia y un director que sabía dónde apretar

La noche anterior al rodaje, Barrymore se topó en una revista con una nota que la golpeó de lleno: el relato de un hombre que había quemado vivo a su perro. Cuenta la leyenda que la actriz llegó al set al día siguiente todavía conmovida y se lo comentó a Wes Craven. El director, viejo zorro del género, olfateó ahí una oportunidad irrepetible. Durante la filmación de la escena, cuando la cámara la buscaba y la luz le pegaba en la cara, Craven se le acercaba y le susurraba, una y otra vez, la frase clave: estoy encendiendo el mechero. Solo eso. Tres palabras dichas cerca del oído, apenas audibles, pero suficientes para devolverle a Barrymore la imagen del animal ardiendo y arrancarle un dolor crudo, sin filtros, sin Acting escolar.

“Se oía a Drew gritar y aullar, y yo pensaba: ¿pero qué coño está pasando ahí dentro? Y era Wes, que la estaba animando.”Julie Plec, asistente de dirección de Craven en el rodaje

Lo cuenta Julie Plec, por entonces asistente del propio Craven, que recuerda pasmada los alaridos que llegaban desde el set cerrado. La Anga, término guaraní que podríamos traducir como alma o espíritu profundo de una persona, aparece acá en su sentido más crudo: Craven sabía que para quebrar a alguien no hace falta un grito director ni una indicación técnica, basta con encontrarle la puerta emocional exacta y abrirla en el momento justo. Esa puerta, en el caso de Barrymore, tenía forma de mechero y olía a pelo quemado.

La otra trampa, la que se vio en los cines

Porque hubo una segunda trampa, no menos decisiva y perfectamente planificada, que combinó cine con marketing de una manera todavía hoy envidiable. Barrymore aparecía como cara absoluta del filme en los afiches, en los avances, en las notas de prensa: el público daba por hecho que era la protagonista, que la veríamos hasta el final, que la historia pasaba por ella. Cuando el asesino la degolla a los doce minutos, la sensación en la sala fue de un vértigo inédito: si ella puede morir, cualquiera puede morir. Lo recuerda Richard Potter, por entonces director de desarrollo de Dimension Films:

“Vas a ver el tráiler y los anuncios, y vas a estar seguro de que ella es la protagonista. Es imposible que muera. Cuando muera al final de esa secuencia, pensarás: cualquiera podría morir.”Richard Potter, director de desarrollo de Dimension Films

La movida dialogaba, sin disimularlo, con el antecedente fundador de Alfred Hitchcock en Psicosis, donde Janet Leigh también desaparecía en el primer acto después de ocupar el centro de la publicidad. Pero Craven fue más lejos: le puso a esa muerte un envoltorio emocional que engañaba al espectador dos veces, en la butaca y dentro de la propia actuación.

Treinta años después, la escena inicial de Scream sigue estudiada en escuelas de guion y de dirección como ejemplo de manual. Resume, en apenas un par de minutos, cómo se puede construir tensión con apenas un teléfono, una cocina vacía y dos líneas de diálogo, y cómo una decisión de marketing puede convertirse en un latigazo narrativo. Pero también deja, mirando hacia atrás, una enseñanza más humana y más incómoda: que la emoción verdadera en pantalla no siempre nace de la técnica, sino de la delgada línea que separa la ficción de la vida, esa zona donde un director con oficio se acerca a una actriz y le susurra algo que, técnicamente, no debería estar en el guion.

Yo confieso que, la primera vez que vi Scream, salí del cine con la sensación de haber sido estafado por una película que me había hecho creer en una protagonista solo para quitármela de un tijeretazo. Volver hoy, sabiendo lo del mechero y la noticia del perro, no le resta un ápice de magia al truco. Al contrario: le suma una capa de crueldad compasiva que solo un director enamorado de su oficio y de sus actores es capaz de orquestar. Por eso Scream sigue asustando, y por eso seguimos hablando de esa cocina.

VC
Verónica CardozoCultura y espectáculos

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