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LUN, 07 SEPT 2026
Vida

Suicidio juvenil en la Argentina: las marcas que el entorno puede aprender a leer antes de que sea tarde

Las muertes por suicidio crecieron un 57,7 por ciento entre 2017 y 2025 y ya son la primera causa de fallecimiento entre los 15 y los 34 años. La psicóloga María Fernanda Azcoitía, directora del Centro de Asistencia al Suicida de Buenos Aires, sostiene que el proceso nunca es instantáneo y que la mirada atenta de familiares, docentes y amigos puede advertirlo cuando todavía hay tiempo para actuar.

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Elena BianchiSociedad · 7 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

El consultorio de María Fernanda Azcoitía está en un primer piso del centro porteño, a pocas cuadras del río, y lo primero que se escucha al llegar es el rumor del tráfico que sube desde la calle y un olor a café recién servido que alguien dejó apoyado sobre el escritorio. Ahí, entre mates y llamadas que no paran, la psicóloga conversa cada semana con adolescentes, jóvenes adultos y familias que llegan buscando una palabra que ordene lo que parece irremediable. El teléfono suena y al otro lado hay una madre que no sabe si lo que ve en su hijo es una etapa o una señal. Azcoitía atiende, escucha, y vuelve a empezar. Esa escena, repetida miles de veces, es también la radiografía de un país donde el suicidio ya no es una tragedia lejana, sino la principal causa de muerte entre los jóvenes.

En 2025 se registraron en la Argentina 5.209 muertes por suicidio, contra 3.304 en 2017, lo que representa un aumento del 57,7 por ciento en apenas ocho años. La tasa nacional pasó de 8,2 a 11,8 casos cada 100.000 habitantes y el fenómeno se volvió especialmente agudo en la franja que va de los 15 a los 34 años, donde el suicidio supera a los accidentes de tránsito como causa de fallecimiento. La Organización Mundial de la Salud había alertado durante la década pasada sobre el crecimiento global de la depresión y las conductas suicidas, pero los números argentinos muestran que la advertencia no quedó en los papers académicos: se traduce en familias concretas, en aulas vacías, en turnos de trabajo donde alguien ya no está.

Una muerte que nunca tiene una sola razón

Azcoitía es directa cuando se le pide una explicación simple. El suicidio, repite, no obedece a un único motivo. Factores psicológicos, vinculares, familiares y biológicos se entrelazan hasta configurar un cuadro que no admite reducciones. El deterioro económico, una separación, un conflicto escolar, un episodio de bullying o un trastorno alimentario pueden formar parte del contexto, pero ninguno alcanza por sí solo para explicar una muerte.

“El suicidio siempre es multicausal, nunca hay una sola razón.”María Fernanda Azcoitía, psicóloga y directora del Centro de Asistencia al Suicida (CAS) de Buenos Aires

La especialista recuerda además que la pandemia dejó una huella particular en los adolescentes que cursaban la secundaria. Para muchos chicos con dificultades previas para vincularse, el regreso a la presencialidad después del aislamiento fue un reto para el que no tenían herramientas. Volver a las aulas, soportar el ritmo de la clase, sostener los vínculos cara a cara y manejar la frustración se volvió, para algunos, una exigencia que los desbordó.

Las señales que el entorno puede aprender a leer

Sobre uno de los puntos más sensibles de la conversación, las señales de alerta, Azcoitía propone un cambio de mirada. Lo importante, dice, no es aplicar una lista de síntomas universales sino comparar la conducta actual con la conducta habitual de cada persona. Un chico que siempre fue expansivo y se empieza a aislar, o un adolescente más bien callado que de pronto aparece con comportamientos disruptivos, está mostrando una diferencia que merece atención. El aislamiento por sí solo no alcanza como indicador: lo que cuenta es la distancia respecto del patrón previo.

En los jóvenes adultos que viven solos, la detección recae muchas veces en compañeros de trabajo o amigos. Azcoitía menciona entre los factores que elevan el riesgo al uso de redes sociales como único canal de comunicación, las adicciones, los trastornos de la alimentación, el bullying, los abusos y los conflictos familiares reiterados. Sobre las plataformas digitales, evita una condena general: advierte, sí, sobre su impacto cuando desplazan otros vínculos y cuando la persona que las usa ya estaba previamente vulnerable.

El proceso, subraya Azcoitía, nunca es instantáneo. Aunque a veces la decisión final parezca tomada de un día para el otro, siempre hay un recorrido previo, un conjunto de señales que el entorno puede advertir si se toma el trabajo de mirar y de escuchar sin apuro. Esa es, en definitiva, la tarea que la especialista les propone a familias y docentes: aprender a leer esos cambios pequeños, hacerse las preguntas incómodas y, sobre todo, no naturalizar el sufrimiento de los más jóvenes. En el consultorio de Azcoitía, mientras el teléfono vuelve a sonar y el ruido de la calle sube desde la vereda, esa sigue siendo la diferencia entre una tragedia consumada y una vida que todavía puede torcer su destino.

EB

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