Por qué nos cuesta decir que no: lo que se juega en cada borde que no trazamos a tiempo
La dificultad para poner límites, y también la intolerancia a recibirlos, se construye temprano y deja huellas concretas en el cuerpo y en los vínculos. La buena noticia es que puede trabajarse, y que el punto medio no es debilidad ni imposición.
Me siento frente al teclado y pienso en cuántas veces dije que sí cuando quería decir que no. Me acuerdo del café de la esquina, el ruido de la máquina, el olor a tostado quemado, y la frase que me salió automática: dale, cómo no. Así empieza, siempre, esta historia: con un cuerpo que dice una cosa y una boca que dice otra, y alguien que se va a casa con la sensación de haberse prestado un rato más. La escena es chica, pero detrás hay algo enorme, y de eso va esta nota.
Según explican especialistas en salud mental, el límite empieza a construirse mucho antes de lo que uno imagina, en esos primeros meses en los que el bebé necesita que otro lo contenga. El pecho que no siempre está, el no ante el peligro, la espera antes de la satisfacción: todo eso, vivido en su momento como pura frustración, es lo que después permite distinguir uno mismo de otro, el deseo de la realidad. El límite, dicen, no es lo contrario del amor: es una de sus formas. Y cuando ese proceso no termina de cerrarse, aparecen dos patrones opuestos que se repiten en consultorios, oficinas y mesas familiares.
El que no puede decir que no
Es alguien que aprendió que su propio deseo molesta, o que decir que no pone en riesgo el vínculo. De grande, acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde. Lo cuentan como si fuera un defecto menor, pero el costo es concreto y se siente en el cuerpo: cuadros de ansiedad, un resentimiento que se va acumulando de a poco, un cansancio que ningún fin de semana alcanza a tapar porque no es físico sino psíquico. Y hay algo que los terapeutas describen con una imagen fuerte: cuando la persona no pone los límites, los pone el cuerpo. Dolores sin causa clara, insomnio, síntomas que aparecen justo donde la voluntad se calló.
El que no tolera el no del otro
En la vereda de enfrente está quien vive cualquier no como una ofensa o un desafío. A primera vista parece fortaleza, pero los especialistas aclaran que sueleResponder un sostén frágil de la propia imagen, que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Las relaciones, claro, se van organizando alrededor de su voluntad, y a mediano plazo se vacían: queda la forma, pero se pierde el afecto. Como dice Lucía, una amiga que trabaja en recursos humanos, siempre me lo resume igual: el que no banca un no termina rodeado de gente que dice sí, y un día se queda solo y no entiende por qué.
El punto medio, que no es tibieza
Entre esos dos extremos hay un lugar que no es sumisión ni imposición: la capacidad de decir que no sin culpa y de escuchar un no sin sentirlo como amenaza. Llegar ahí cuesta, y mucho, porque implica arriesgar un vínculo del que uno depende, sea por afecto o por plata. Pero el costo, insisten los profesionales, suele ser menor que el de sus alternativas, que son el desgaste silencioso o el vínculo roto. Y lo más importante, y lo que a mí me cambia la mirada cada vez que lo escucho, es que esto no es un rasgo inmodificable: se construyó en un momento, y si se construyó mal, puede revisarse. Un tratamiento adecuado ofrece, justamente, ese espacio para aprender a decir hasta acá sin sentir que se traiciona al otro.
Lo que se puede empezar a hacer hoy
- Antes de responder, tomarse un segundo y preguntarse qué quiere uno realmente, aunque la respuesta incomode.
- Distinguir entre ser amable y estar a disposición: la amabilidad no obliga a decir que sí siempre.
- Cuando aparece un síntoma reiterado, dolor sin causa clara o insomnio, pensar si el cuerpo está poniendo un límite que la palabra no puso.
- Si un no ajeno se vive como una ofensa, detenerse y preguntarse qué se tambalea por dentro en ese momento.
- Considerar un espacio terapéutico como un lugar para revisar estos patrones, no como un lujo ni un fracaso.
Vuelvo a la escena del café, al ruido de la máquina, al olor a tostado. La próxima vez que me salga el dale automático, voy a probar otra cosa: un silencio de un segundo, una pregunta honesta, y un no, si es lo que corresponde, dicho en voz baja pero entera. No es un gesto heroico. Es, apenas, empezar a devolverme algo que en algún momento alguien me enseñó, sin querer, a prestarle al mundo. Si a usted le pasa parecido, le dejo la pregunta que sobrevuela toda esta nota y que, me parece, vale la pena hacerse en voz alta, aunque sea en la mesa de la cocina, con la pava sonando de fondo: en qué situaciones le cuesta más poner un límite, con desconocidos o con quienes más quiere.
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