Pipa, el pueblo de Brasil que parece otro mundo once veces distinto
En Río Grande del Norte, once playas con perfiles opuestos conviven a pocos kilómetros: delfines a simple vista, dunas cruzando el río y atardeceres sobre acantilados rojos que ya navegaron los portugueses en el siglo XVII.
Te imaginas llegar a una costa donde los portugueses, allá por el siglo XVII, creyeron ver desde la cubierta de sus barcos un barril de madera petrificado en lo alto de un acantilado. Así, nomás, le pusieron Pipa: pipa, en portugués de los de allá, significa barril. Cuatro siglos después, ese nombre sigue pegado al mapa y al imaginario de un pueblo brasileño que hoy te muestra once caras distintas de mar.
Cómo llegar y cuánto sale dormir
Desde Buenos Aires, el camino es bastante directo: vuelo a Natal y desde la capital de Río Grande del Norte unas cuatro horas y cuarto en auto hasta Pipa. Te lo digo como lo viví yo, porque el transfer te deja en la puerta del hospedaje y eso, después de un vuelo, vale oro. En alojamiento, los precios arrancan cerca de los 50 dólares la noche en las opciones más sencillas y trepan hasta los 400 en temporada alta, cuando el pueblo se llena y conviene reservar con tiempo.
Ahora, si lo que querés es algo menos conocido y más tranquilo, te recomiendo desviarte hacia Tibau do Sul del lado de adentro: la movida nocturna se apaga temprano, los hospedajes son más baratos y el paisaje se abre a dunas, cajueiros y playas casi desiertas. Es la elección ideal si viajas en familia o si lo tuyo es bajar un cambio.
Las once playas, una por una (casi)
La que más se fotografía es la Praia do Amor, con esa forma de corazón que solo se ve cuando subís al acantilado. El oleaje ahí es fuerte, ideal para surfistas, y se baja por una escalera tallada en la roca o por la arena si la marea se retira. La Praia do Centro es otra cosa: aguas calmas, pozas que aparecen con la bajante y los barquitos de los pescadores trabajando al lado de los turistas, como si el tiempo no hubiera pasado.
- Baía dos Golfinhos: los delfines se acercan a la orilla a comer y se ven sin pagar excursión ni guía.
- Praia do Amor: corazón desde el aire, olas para surfear y escalera en la roca.
- Praia do Centro: pozas naturales y barcos de pesca conviviendo con los turistas.
- Tibau do Sul cruzando en balsa: dunas, cajueiros y playas casi vírgenes como Malembá, Barreta y Camurupim.
Lo del avistaje de delfines te lo subrayo porque es de lo más del lugar. Te sentás en el acantilado a la mañana temprano y los ves pasar en familia, tan cerca que escuchás el resoplido. No hace falta embarcarse ni pagar tour: Pipa te regala esa postal sin pedirte nada a cambio.
El sabor potiguar y la mejor época para ir
La gastronomía tiene su propio reloj: los locales abren recién a media tarde porque la mañana es para el mar. Sobre la avenida Baía dos Golfinhos, las mesas se montan al aire libre, suena música en vivo y el plato que tenés que probar es la moqueca potiguar, un guiso de pescado que huele a cocina de puerto y a casa grande. Si te copa la movida, sentate con una cerveza y dejá que el pueblo te explique por qué sigue siendo un tesoro escondido del nordeste brasileño.
Para cerrar, la mejor época para ir: entre setiembre y febrero, cuando el clima está más seco, el mar se pone celeste hasta el fondo y los delfines se acercan más seguido a la costa. En julio y agosto también funciona, pero el agua refresca y las lluvias aparecen de a ratos. Yo te diría de escaparte en noviembre: el pueblo ya está en ritmo, los precios todavía no picaron en serio y las playas del otro lado del río, las dunas, las que casi nadie visita, te esperan con el buggy listo para llevarte por unos 85 dólares el vehículo completo.
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