La película más soledad del cine: treinta dólares en una semana y un misterio enterrado en la arena
Una sala alquilada, seis espectadores y un thriller que se hizo famoso por no tenerlo: así fue el estreno de «Zyzzyx Road» en Dallas, mientras afuera del cine la película empezaba a encontrar su público.
Me cuesta imaginar una imagen más elocuente que la de una sala de cine prácticamente vacía, con la luz del proyector atravesando butacas sin ocupación, en una ciudad enorme como Dallas, en pleno febrero de 2006. Esa postal, casi fantasmal, fue la que protagonizó el estreno de «Zyzzyx Road», el thriller que John Penney escribió, produjo y dirigió con un presupuesto de 1,2 millones de dólares. La película, rodada durante veinte días en el desierto de Mojave, cuenta la historia de una pareja que termina con la vida del exnovio de ella y entierra el cadáver en la carretera que le da nombre; cuando regresan a buscarlo, el cuerpo ya no está. Esa mezcla de crimen, paisaje árido y desaparición sostiene una trama con la que Penney, curtido como guionista junto a Brian Yuzna y Joey Travolta, debutó como director de su propio material.
Para encabezar el elenco convocó a Leo Grillo, a una joven Katherine Heigl -que ya había filmado el piloto de «Anatomía de Grey», cuando Thora Birch había rechazado el papel- y a Tom Sizemore, por entonces un actor con credenciales pesadas en la filmografía: «Rescatando al soldado Ryan» y «Heat», entre otras. Pero el dato que volvió memorable a «Zyzzyx Road» no estuvo en la pantalla, sino en la boletería de su única sala.
Un estreno alquilado, función por función
- El 25 de febrero de 2006 la película llegó al Highland Park Village Theater de Dallas.
- La sala se alquiló por 1.000 dólares para ofrecer una función diaria al mediodía durante una semana.
- Las entradas se vendían a cinco dólares cada una.
- La proyección se extendió hasta el 2 de marzo siguiente.
- En ese período, la sala recibió a seis espectadores.
- La recaudación total fue de 30 dólares.
- El protagonista, Leo Grillo, les reintegró el importe a dos de esos espectadores (entre ellos la maquilladora Sheila Moore y una amiga), por lo que la recaudación neta quedó en 20 dólares.
Hay algo que me sigue dando vueltas, casi como un latiguillo chaqueño, de esos que arrastra la gente del norte cuando vuelve del obraje: una suerte de úpete, ese presentimiento de que algo no termina de cerrar, y que sin embargo se acepta con un suspiro. Porque ese estreno paupérrimo no fue un accidente ni un fracaso de público: fue una decisión. Grillo estaba detrás del proyecto con un objetivo concreto, generar ingresos en el mercado internacional para financiar películas vinculadas con animales, y la exhibición estadounidense estaba pensada como un paso administrativo más dentro de esa estrategia, no como el corazón del negocio.
Y entonces llegó lo inesperado, que también es lo que vuelve fascinante a esta historia: afuera de aquella sala, la película encontró su propio camino. Los derechos internacionales para DVD terminaron sumando unos 368.000 dólares repartidos entre 23 países, una cifra que no borra la rareza del estreno en Dallas, pero que la resignifica. La pregunta final, la que siempre sobrevuela cuando uno se cruza con un caso así, es inevitable: a la hora de acercarse a una película, ¿qué pesa más, el argumento que propone, el elenco que la sostiene o la historia de cómo se hizo? Personalmente, confieso que casos como el de «Zyzzyx Road» me conquistan: me recuerdan que el cine, incluso cuando parece derrotado por una butaca vacía, todavía guarda una sorpresa del otro lado del mostrador.
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