Cansancio, insomnio y dolor de cabeza al despertar: señales de apnea del sueño que suelen pasar desapercibidas en las mujeres
La ausencia de ronquidos fuertes no descarta el trastorno. Cuáles son los indicios que merecen una consulta, por qué los cuestionarios y los estudios domiciliarios pueden no alcanzar y en qué momentos de la vida el riesgo aumenta.
Son las siete de la mañana y Carolina, 52 años, se sienta en la punta de la cama con esa sensación de haber corrido una maratón sin moverse del colchón. La noche anterior se despertó tres veces sin razón aparente, tomó agua, miró el celular y volvió a intentar dormir. Ahora le late la sien, le pesan los ojos y tiene la certeza de que el día se le va a hacer cuesta arriba. No ronca, al menos eso le dicen en su casa, y jamás se le cruzó por la cabeza que algo relacionado con la respiración pudiera estar detrás de ese agotamiento que la persigue desde hace meses.
Esa mezcla de sueño fragmentado, somnolencia diurna y dolor de cabeza matinal es, justamente, la puerta de entrada a un trastorno que en las mujeres suele quedar tapado por otros diagnósticos: la apnea obstructiva del sueño. Una revisión sobre el tema estima que hasta el 75 por ciento de las mujeres afectadas podría estar sin diagnóstico, y que alrededor del 40 por ciento no presenta los signos más conocidos, como los ronquidos intensos o las pausas respiratorias advertidas por la pareja.
Señales que se confunden con otras cosas
El cansancio durante el día, la dificultad para iniciar el sueño o sostenerlo, los cambios de ánimo y la cefalea al despertar pueden atribuirse al estrés, a la menopausia o a un insomnio clásico. Para Mariana, 47, la confusión duró años: «Fui al clínico, al cardiólogo, me hice estudios de tiroides y todos me decían lo mismo, que era el ritmo de vida. Hasta que un día, casi dormida en una reunión, una compañera me dijo que me viera del sueño», cuenta.
- Cansancio y somnolencia durante el día, sobre todo en situaciones sedentarias.
- Despertares nocturnos reiterados o sensación de sueño poco reparador.
- Dolores de cabeza al levantarse.
- Dificultad para concentrarse, irritabilidad o cambios de ánimo.
- Ausencia de ronquidos fuertes o pausas respiratorias registradas por la familia.
Por qué los estudios iniciales pueden no alcanzar
En la consulta, los profesionales suelen usar cuestionarios que combinan edad, peso, presión arterial y contorno del cuello para estimar el riesgo. Esas herramientas, según el material de referencia, tienden a identificar menos casos entre mujeres. A eso se suma que algunas pruebas domiciliarias pueden registrar de manera incompleta las alteraciones que se concentran en la fase REM del sueño, una etapa donde el cuadro puede hacerse más visible. Por eso, si los síntomas persisten, un primer resultado sin alteraciones no siempre cierra el diagnóstico: el siguiente paso suele ser una polisomnografía en un centro especializado, donde se monitorean la respiración, la actividad cardíaca, los movimientos y las distintas fases del descanso.
El mecanismo es sencillo de explicar y difícil de sospechar sin un estudio: durante la noche, la garganta reduce o bloquea repetidamente el paso del aire, el oxígeno baja y el cuerpo responde con microdespertares que muchas veces no se recuerdan. Con el tiempo, el trastorno se asocia con hipertensión, diabetes y enfermedades cardíacas, motivo por el cual la evaluación suele ser integral y no se limita a la noche en sí.
Embarazo y menopausia: dos momentos clave
El embarazo puede traer apnea de la nada o empeorar un cuadro previo, por los cambios hormonales y de peso. El abordaje, aclaran los especialistas, se coordina entre el equipo obstétrico y un médico del sueño; si hay una cirugía programada, corresponde avisar al equipo médico. La CPAP, el dispositivo que mantiene abierta la vía respiratoria mediante presión de aire, es una de las herramientas terapéuticas, aunque su indicación y calibración dependen de cada caso.
La menopausia, por su parte, coincide con una caída en los estrógenos y la progesterona, hormonas que cumplen un rol protector sobre la vía aérea. Esa transición puede cambiar el patrón del trastorno: aparecen más apneas en la fase REM y menos ronquidos, lo que vuelve al cuadro todavía más silencioso. Para Carolina, la pista llegó cuando una neumonóloga le pidió un estudio completo del sueño tras escuchar, una vez más, el mismo listado de quejas: «Me dijo que en las mujeres la apnea suele ser más sutil, pero igual de seria». El examen confirmó el diagnóstico y, con el tratamiento adecuado, las mañanas empezaron a parecerse a otra cosa.
Antes de salir de casa, Carolina vuelve a la cocina y se sirve un café. Ya sabe que no es el único recurso: la consulta a tiempo fue lo que cambió el resto del día.
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