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Jeanne Tripplehorn, la chica de la poligamia que Hollywood nunca soltó del todo

Cuatro décadas después de irrumpir en el cine de la mano de Sharon Stone y Michael Douglas, la actriz norteamericana mantiene un perfil bajo y proyectos estables en plataformas internacionales. Un repaso por una carrera que eligió la TV como trinchera.

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Verónica CardozoCultura y espectáculos · 14 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Me acuerdo perfectamente de la primera vez que vi a Jeanne Tripplehorn en pantalla. Fue en una sala de video de un pueblo chico, en pleno milenio viejo, y ella estaba ahí, en esa película de Paul Verhoeven que todos comentaban en voz baja. No era la femme fatale de la historia, ni la que se llevaba los titulares de los diarios. Era la psicóloga de la película, la que miraba todo con una mezcla de prudencia y de hartazgo que a mí, adolescente curioso, me pareció de lo más interesante. A casi treinta años de aquel debut, la actriz norteamericana sigue trabajando, con menos ruido pero con la misma solidez de siempre, y eso ya es toda una declaración de principios en una industria que acostumbra a borrar a sus mujeres apenas pasan los cuarenta.

Un debut con todas las luces y las sombras del star system

Tripplehorn llegó al cine en 1992 con Instinto básico, el thriller de Paul Verhoeven que fue escándalo antes de salir y fenómeno de público después. Le tocó interpretar a Beth Garner, la psicóloga que se mueve en la órbita del detective Nick Curran, el personaje de Michael Douglas, mientras Sharon Stone hacía lo que hacía: incendiar la pantalla. El papel no era el más lucido del filme, ni siquiera el más nombrado en los rankings de culto, pero le alcanzó para que los estudios anotaran su nombre en la libreta de los proyectos importantes.

Al año siguiente se codeó con Tom Cruise en La tapadera, una adaptación de John Grisham dirigida por Sydney Pollack que le confirmó el pasaporte al circuito de las grandes producciones. La segunda mitad de los años noventa la encontró alternando comedias negras y thrillers de reparto: Very Bad Things, Dos vidas en un instante y Mickey Ojos Azules la tuvieron en cartel, aunque cada vez con menos minutos en pantalla. Esa es, en parte, la historia de muchas actrices de su generación: arrancan con todo y, sin un éxito arrollador en la lista de hits, el sistema las va empujando hacia el costado.

La televisión como nuevo centro de gravedad

Lo notable de la carrera de Tripplehorn es que encontró su verdadera trinchera en la pantalla chica. En Big Love, la serie de HBO sobre una familia polígama mormona que Bill Paxton lideraba con cara de no haber dormido nunca, ella construyó uno de los personajes más valorados por la crítica de su carrera. Después vino Mentes Criminales, donde participó en 48 episodios entre 2012 y 2014, una temporada entera y un poco más de exposición masiva que le devolvió presencia en el living de millones de familias.

  • Big Love (2006-2011): el papel que la reposicionó como actriz dramática de peso, lejos del glamour de sus primeras cintas.
  • Mentes Criminales (2012-2014): 48 episodios que la convirtieron en rostro habitual del prime time.
  • La Edad Dorada, La Lista Final y Verdades Ocultas: su etapa actual, centrada en producciones de plataformas internacionales.

Tras un paréntesis sin estrenos en 2015 y 2016, volvió al cine con Gloria Bell, el drama de Sebastián Lelio donde comparte escenas con Julianne Moore, John Turturro y Michael Cera. Su último pase por salas data de 2020, y desde entonces el grueso de su currículum se concentra en series. En la más reciente, Verdades Ocultas, comparte elenco con Ethan Hawke en el rol principal y la segunda temporada tiene prevista su llegada en octubre de 2025. En declaraciones vinculadas a esa producción, la actriz reconoció sin vueltas que a lo largo de su carrera aceptó proyectos con los que no se sintió del todo cómoda, y que esta serie representaba una excepción honesta en ese listado.

Una carrera sin estridencias, pero con los pies bien plantados

En mi oficio uno aprende a desconfiar de lasTrayectorias demasiado lineales, las que parecen sacadas de un comunicado de prensa. La de Tripplehorn tiene sus marcas, sus claroscuros, sus papeles que podrían haber sido más y sus series que la salvaron del olvido. Hay algo en su manera de elegir proyectos que me recuerda a cierta idea rioplatense del trabajo: no hace falta gritar para que se note que una sabe lo que está haciendo. En guaraní, existe una palabra hermosa, ñande, que usamos para hablar de nosotros, los que pertenecemos a un mismo grupo, y me parece que define bien a esta actriz: alguien que pertenece, sin aspavientos, al grupo de los que construyeron el cine y la televisión de las últimas cuatro décadas.

Pasados los sesenta, con una filmografía que no le pide permiso a nadie y una agenda cargada de series por venir, Tripplehorn sigue siendo esa rareza cada vez más escasa: una actriz que no necesita un hit de verano para justificar su próximo contrato. A mí, sinceramente, me gustaría verla en un protagónico de esos que revientan los premios. Pero también me conformo con seguir encontrándola, de tanto en tanto, en el capítulo de un domingo a la noche. En este oficio de watchful como solemos decirle, citando el viejo inglés del vigilant, el que mira con cuidado, a veces eso alcanza y sobra.

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Verónica CardozoCultura y espectáculos

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