Estornudar no siempre es enfermarse: la señales que separan la alegría del problema
El adiestrador canino Tony Silvestre explica que el gesto casi nunca responde a una afección respiratoria sino a la liberación de presión durante momentos de excitación, y detalla los indicios corporales que confirman cuándo sí conviene ir al veterinario.
Son las siete de la tarde y en la vereda de un barrio porteño un labrador dorado recibe a su dueña con un ladrido corto, un movimiento de cadera desmesurado y un estornudo breve, casi cómplice, que suena como un suspiro al revés. La mujer se ríe, le rasca detrás de las orejas, y el perro vuelve a estornudar antes de apoyar las patas sobre su pecho. La escena, que se repite miles de veces por día en las calles de la ciudad, suele disparar en los dueños una pregunta que hoy, de la mano del adiestrador canino Tony Silvestre, tiene una respuesta bastante más tranquilizadora de lo que parece: en la enorme mayoría de los casos, ese sonido no anuncia una enfermedad, sino todo lo contrario, una descarga de emoción pura que el animal necesita hacer para volver a respirar cómodo después de un pico de felicidad.
«Cuando un perro estornuda, no está enfermo, sino que está expresando un estado de ánimo», sostiene Silvestre, y la frase, lejos de ser un consuelo de manual, tiene una base fisiológica concreta: durante los momentos de alta excitación, ya sea el juego brusco con otro perro, las caricias prolongadas en el lomo, la expectativa del paseo con la correa en la mano o el regreso del dueño después de varias horas, el organismo del can acumula presión en las vías respiratorias y el estornudo funciona como una válvula de escape natural. El propio adiestrador lo grafica con una pizca de humor y bastante precisión: «Si no estornuda, significa que no te quiere», dice, dejando en claro que la ausencia total del gesto bien podría ser una señal de alarma más atendible que su presencia.
Las cuatro pistas corporales que confirman que no hay nada que temer
- Una mirada tranquila, sin ojos entrecerrados ni exposición exagerada del blanco, que indique estrés o dolor.
- La cola moviéndose de manera suelta y fluida, sin rigidez ni tucked entre las patas traseras.
- Las orejas en posición natural para la raza, ni completamente pegadas hacia atrás ni demasiado tiesas hacia adelante.
- Una postura general relajada, con el perro dispuesto a dejarse caer boca arriba para exponer la panza, el gesto de confianza máxima en el léxico canino.
El olfato y el oído terminan de confirmar el cuadro: un perro que estornuda mientras huele con entusiasmo el pasto recién cortado, que interactúa sin tensión con otros canes en la plaza o que busca el cuerpo de su dueño para recostarse encima está dando, en simultáneo, un recital de bienestar que ningún estetoscopio podría igualar. En esos contextos, el estornudo es apenas un signo de puntuación emocional, una exhalación brusca que devuelve al cuerpo a la calma después del pico de adrenalina.
Cuándo sí conviene prender las alarmas y llamar al veterinario
La medicina veterinaria coincide con el adiestrador en trazar una frontera clara entre la expresión emocional y el síntoma clínico, y esa frontera se vuelve borrosa sólo cuando los estornudos empiezan a repetirse sin un disparador evidente y se acompañan de otros indicadores preocupantes: falta de apetito sostenida, decaimiento general, fatiga fuera de proporción con el ejercicio realizado o una respiración agitada aun en reposo, con el costado del pecho moviéndose más rápido de lo habitual. A ese listado se suman las causas externas menores que tampoco deberían preocupar en exceso, como el ingreso de agua a las fosas nasales después de un chapuzón en la pileta o de una tarde de juego con la manguera, situaciones en las que el estornudo puntual cumple la misma función de limpieza y alivio.
“Si el estornudo aparece en un momento de alegría o de actividad y el perro muestra todos los indicadores de bienestar, no hay motivo de alarma. Si surge de forma repetida, sin vínculo con el juego ni la emoción, y se acompaña de cualquier otro cambio en el comportamiento o en el apetito, entonces sí hay que consultar sin demoras.”Tony Silvestre, adiestrador canino
Vuelvo a la vereda del inicio para cerrar la nota donde empecé: el labrador ya está echado en el piso, con el hocico apoyado sobre la zapatilla de su dueña y la respiración perfectamente acompasada, y cada tanto, mientras ella le cuenta a la vecina las novedades del día, suelta un estornudo mínimo que a esta altura ya sabemos que no es un pedido de ayuda al veterinario sino un modo que tiene el cuerpo de decir, en su propio idioma, que está exactamente donde quiere estar. Aprender a leer esas señales, como propone Silvestre, no sólo evita consultas innecesarias y diagnósticos erróneos, sino que también mejora la convivencia diaria con un animal que, cuando se lo sabe mirar, conversa con nosotros todo el tiempo, incluso a los estornudos.
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