El acoso escolar ya no se apaga cuando suena el timbre: pediatras alertan sobre el bullying que se muda al celular
Un documento de la Sociedad Argentina de Pediatría advierte que las agresiones que empiezan en el aula se prolongan por WhatsApp, redes y videojuegos hasta la habitación del chico. Familias, escuelas y equipos de salud, todos involucrados.
Son las nueve de la noche y el cuarto de Tomás, en un departamento del conurbano bonaerense, todavía tiene la luz encendida. La madre pasa por el pasillo y escucha el teléfono sonando cada pocos minutos: notificaciones de un grupo de WhatsApp del colegio donde, horas atrás, durante el recreo, se burlaron de él por una camiseta. Ahora los mensajes siguen, se suman capturas de pantalla y aparece un meme hecho con inteligencia artificial que lo muestra ridiculizado. Tomás no contesta, pero tampoco apaga el aparato: lo mira y se acuesta con el celular debajo de la almohada, como si dejarlo a un metro de distancia pudiera, de algún modo, alejar las palabras que siguen llegando.
Esa escena, multiplicada por miles de aulas y miles de cuartos en toda la Argentina, es el punto de partida del nuevo documento que acaba de publicar la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP), elaborado por ocho de sus comités y subcomisiones. El texto lleva un mensaje central y preocupante: el bullying y el ciberbullying dejaron de ser fenómenos separados; hoy funcionan como una continuidad que atraviesa la escuela, la calle y la casa sin pedir permiso.
Cuando el recreo ya no marca el final
Lo que cambió, según los pediatras, es justamente la idea clásica de que la escuela es un mundo y la casa, otro. Antes, el timbre final del día operaba como un corte: el chico salía, volvía a su cuarto y encontraba un rato de respiro hasta el día siguiente. Con el celular encendido y los grupos activos, ese respiro se acorta o directamente desaparece. La agresión que nace en el patio puede seguir esa misma tarde en un chat, escalar de noche en una red social y volver con el chico al banco del aula a la mañana siguiente, con la particularidad de que ya no es solo un recuerdo: hay mensajes guardados, screenshots que otros guardan y publicaciones que se viralizan.
“Antes, volver a casa podía ofrecer una pausa y un espacio de resguardo frente a estas situaciones de acoso. Con el acceso casi permanente al celular, ese límite se vuelve cada vez más difuso: los mensajes, las burlas o la exposición pueden llegar a cualquier hora y extender la situación más allá de la escuela, lo que amplifica su impacto y en consecuencia el daño.”Silvina Pedrouzo, presidenta de la Subcomisión de Tecnologías de la Información y la Comunicación de la SAP
Qué formas toma hoy el acoso digital
- Mensajes de odio, burlas repetidas y amenazas directas por WhatsApp u otras aplicaciones de mensajería.
- Acecho digital: seguir a la víctima, controlar lo que publica y acosarla desde cuentas falsas.
- Votaciones o encuestas para humillar (por ejemplo, pedir votos para elegir a alguien como el más feo o el más insoportable del curso).
- Perfiles falsos y suplantación de identidad para hacer decir cosas que la persona nunca dijo.
- Difusión no consentida de información privada, fotos o videos, incluso de carácter íntimo.
- Exclusión deliberada de grupos y listas, una forma silenciosa pero muy efectiva de daño relacional.
- Edición y difusión de contenidos alterados con herramientas de inteligencia artificial, con un potencial de viralización enorme y muy difícil de borrar.
La SAP también aclara algo que parece obvio pero muchas veces se pierde en la conversación cotidiana: no toda pelea entre compañeros es bullying. Para que un caso sea considerado acoso escolar tienen que cumplirse tres condiciones al mismo tiempo: intención de causar daño, repetición sistemática en el tiempo (no alcanza con un hecho aislado) y un desequilibrio de poder que deja a la víctima en inferioridad, sin posibilidad real de defenderse ni de ponerle un punto final por sí misma. Puede ser físico, verbal o relacional, y el modo en que se exprese define, en parte, cómo se trabaja el tema con cada chico y cada familia.
El documento insiste en un punto que, como periodista y como adulta que conversa con padres todas las semanas, me parece clave: el bullying es un fenómeno grupal, y por eso la solución no puede recaer solo en el chico agredido. En cada situación hay un protagonista que hostiga, otros que miran sin intervenir, familias que a veces se enteran tarde, docentes que pueden no dimensionar lo que ocurre y una institución educativa que tiene la responsabilidad de hacerse cargo. Pedirle al niño o al adolescente que resuelva solo el problema no solo es injusto, además es inútil y, en muchos casos, profundiza el daño.
Las consecuencias que enumera la Sociedad Argentina de Pediatría no se quedan en lo emocional. A la ansiedad, la tristeza, la baja autoestima y el aislamiento, que muchas veces pueden derivar en cuadros depresivos, se suman señales físicas que los pediatras ven cada vez más seguido: dolores de cabeza reiterados, problemas de sueño, irritabilidad, cambios de apetito, dificultades para concentrarse y, en los casos más extremos, ideas suicidas. La continuidad del acoso por vía digital, sostienen los especialistas, intensifica estos cuadros porque elimina los momentos de pausa y descanso que el cuerpo necesita para procesar lo que está viviendo.
Qué pueden hacer familias, escuelas y equipos de salud
El llamado de la SAP apunta a tres frentes, que en la vida real se cruzan permanentemente. A las familias, les recomienda interesarse de verdad por el mundo digital de los chicos sin invadirlo: preguntar con curiosidad y sin (espionaje), acompañar sin castigar el uso de la tecnología, prestar atención a señales como apagones frecuentes del teléfono, cambios de humor vinculados a ciertas aplicaciones o el deseo repentino de no ir a la escuela. A las escuelas, les pide protocolos claros, equipos formados y un trabajo sostenido con las familias. Y a los equipos de salud, los convoca a indagar sobre estos temas en cada consulta, porque muchas veces el primer pedido de ayuda llega al consultorio en forma de dolor de panza recurrente o de insomnio que no se explica por otra causa.
Vuelvo al cuarto de Tomás. La madre, que durante meses pensó que era exagerado, ahora entiende que el teléfono sigue siendo un patio del colegio con la diferencia de que ese patio llega hasta la almohada. Como él, hay miles de chicos en la Argentina que se acuestan mirando una pantalla donde siguen recibiendo el mismo bullying que quisieron dejar atrás al salir del colegio. El documento de los pediatras no viene a alarmar sin razón: viene a decir, con la seriedad de una institución de décadas, que esto ya no es un problema de una hora en el recreo, sino un problema que se nos metió en la pieza y al que, entre todos, vamos a tener que aprender a ponerle límites antes de que termine haciendo un daño que ya no tenga arreglo.
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