Cuando el `no` protege: por qué los límites en la infancia también son una forma de querer
Especialistas en crianza inspeccian en diálogo con este medio que la ausencia de reglas claras puede dificultar la regulación emocional y la tolerancia a la frustración en niños y adolescentes. La clave, dicen, no es volver al grito sino ejercer autoridad con presencia, afecto y sin violencia.
El reloj marca las nueve de la noche en una casa cualquiera de Buenos Aires y la escena se repite: un nene de cuatro años tira el plato de milanesas al piso porque quería otra cosa y la mamá, agotada, cambia el menú. El padre, mientras tanto, mira desde el sillón sin decir nada. No hay gritos, no hay golpes, pero tampoco hay un norte. Y esa escena, que parece menor, es la que dos psicólogas consultadas por este portal describen como el germen de un problema mucho más grande: la crianza sin límites, que en nombre del amor y del respeto termina confundiendo a los chicos y dejándolos sin herramientas para enfrentar la vida.
En las últimas décadas, muchas familias argentinas fueron reemplazando el grito y el castigo por el diálogo. La intención, en general, fue buena: criar chicos más libres, más respetados, menos dañados por el autoritarismo de décadas pasadas. Lo que a veces se perdió en el camino, coinciden las especialistas, es la capacidad de los adultos de sostener una decisión frente al berrinche. Y ese corrimiento de la postura adulta, que suele nacer del miedo al conflicto y de las ganas de evitar el sufrimiento del hijo, terminó generando un problema nuevo: chicos a los que les cuesta tolerar la frustración, regular sus emociones y reconocer una figura de autoridad.
Autoridad no es autoritarismo
La psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro Infancias respetadas, es muy clara al marcar esa diferencia cuando se la consulta. Para ella, conversar con un chico no significa perder autoridad, todo lo contrario: la autoridad se pierde cuando el adulto le teme al conflicto y lo esquiva. Y el modo en que se pierde, dice, es casi siempre el mismo: para evitar un berrinche, se mueve el límite. Y cuando eso pasa una y otra vez, el mensaje que llega al chico se vuelve confuso, contradictorio, difícil de descifrar.
“Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil
En esa misma línea, Raschkovan distingue con firmeza entre autoridad y autoritarismo. El autoritarismo, explica, es lisa y llanamente un abuso de poder. Respetar a un nene o a un adolescente, subraya, no es equivalente a dejarlo hacer lo que quiera: el respeto se construye en el buen trato cotidiano, en cómo se le habla, en cómo se lo escucha, y eso no tiene nada que ver con borrar las normas de un plumazo.
El estilo que recomiendan las especialistas
- Estilo autoritario: reglas rígidas, poca escucha y nula negociación. Todavía hoy aparece en muchos hogares como herencia de viejas formas de crianza.
- Estilo permisivo: mucho afecto y mucha calidez, pero escasez de límites. Suele nacer del miedo del adulto a que el chico se enoje.
- Estilo democrático o autoritativo: combina normas claras con diálogo y contención afectiva. Es el que la mayoría de los especialistas recomienda como punto de equilibrio.
La clasificación no es nueva: la psicóloga Diana Baumrind la describió por primera vez en los años sesenta y sigue siendo una de las herramientas más usadas para pensar la crianza. Lo que cambió con el tiempo es la masividad de ciertos mandatos que, bienintencionados, pueden desequilibrar la balanza. La psicóloga Deborah Bellota lo resume con una frase que a las madres y los padres les suele resonar fuerte: muchos padres permisivos son enormemente afectuosos, pero no ponen límites por miedo a que el hijo se enoje con ellos. Y ese miedo, que es humano y comprensible, va dejando a los chicos en una zona donde la autoestima puede crecer, sí, pero al mismo tiempo se vuelve más difícil autorregularse, tolerar un no y respetar a las figuras de autoridad.
Para Raschkovan, en definitiva, los límites son una forma de cuidado. Y lo dice con una imagen que a mí, mientras la escuchaba por teléfono, me pareció de las más lúcidas que escuché en mucho tiempo: la vida misma ya presenta dosis diarias de frustración, dice, hay que ir a dormir aunque uno quiera seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas, repetidas miles de veces, son las que van construyendo la tolerancia a la frustración. No aparecen solas, ni mágicamente: se aprenden. Y se aprenden, justamente, del lado de un adulto que dice no sin gritar, que sostiene lo que dice, que no se borra ante el primer berrinche.
Bellota, por su parte, agrega algo que me parece clave para los que estamos criando en este presente tan particular: el trabajo del adulto no termina cuando dice no. El no, dice, abre una conversación. Y en esa conversación, en cómo se acompaña al chico después del límite, es donde se juega buena parte de la crianza. No es lo mismo decir no y dar la espalda que decir no, mirar a los ojos, explicar por qué y quedarse ahí, cerca, mientras al nene le cuesta digerirlo. Esa presencia, esa mano en la espalda, ese rato compartido del mal humor, es lo que va tejiendo algo que después, en la calle, en la escuela, en el trabajo, se llama resiliencia.
Vuelvo a la cocina de aquella casa de Buenos Aires donde empezó esta nota. El nene ya comió, el plato está limpio, y la mamá lo mira con esa mezcla de amor y cansancio que conocemos todas las madres. Esta vez sostuvo el menú. No hubo grito, no hubo golpe, no hubo tampoco una negociación absurda sobre las milanesas. Hubo un no firme y cariñoso, y un chico que aprendió, otra vez, que el mundo tiene reglas y que su mamá, justamente por quererlo, no las negocia todas. Es una escena pequeña, doméstica, casi invisible. Pero es, también, una de las formas más concretas que conozco de querer.
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