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MAR, 06 OCT 2026
Vida

Cuando el amor de los padres pesa como una sentencia: la culpa que heredan los hijos

La psicóloga Cynthia Wila recorre en su último ensayo los mandatos silenciosos que se transmiten en la crianza y propone una distinción clave para dejar de vivir bajo el reproche permanente.

EB
Elena BianchiSociedad · · lectura 3 min
Cuando el amor de los padres pesa como una sentencia: la culpa que heredan los hijos

El consultorio de Cynthia Wila recibe cada semana a adultos que llegan con una mochila difícil de describir. No arrastran un trauma evidente ni un drama mayúsculo: cargan, sobre todo, con la sensación de no haber estado a la altura de lo que sus padres esperaban de ellos. Es una culpa silenciosa, heredada muchas veces sin palabras hirientes, apenas esbozada con un gesto o con ese pedido amable que, en el fondo, no admite negativa. De eso se ocupa la psicóloga en La culpa, su ensayo reciente publicado por Paidós, donde propone algo tan sencillo como revolucionario: aprender a distinguir la responsabilidad por los propios actos del reproche permanente que muchos cargan como una segunda piel.

Mandatos con forma de caricia

Wila lo dice con la calma de quien escuchó decenas de historias parecidas: las expectativas familiares no necesitan gritos ni reproches explícitos para hacer daño. A veces bastan un tono de voz contenido, una pregunta inocente sobre los estudios o el futuro, una comparación sutil con el hermano que sí terminó la carrera. Desde su lectura, esas formas suaves de transmitir exigencias resultan igual de efectivas que un sermón, porque dejan al hijo en la incertidumbre permanente de no saber qué será suficiente para ganar el visto bueno de los suyos.

“Cumplir con los deseos pendientes de otra persona resulta una demanda imposible de satisfacer. Muchas veces la exigencia ni siquiera se dice: se adivina en un gesto, en un silencio, en un pedido amable que en el fondo no es una invitación sino una orden.”Cynthia Wila, psicóloga y autora de La culpa

La voz que sigue sonando en la adultez

Quizás lo más difícil de aceptar, según describe la especialista, es que esas voces no se apagan cuando uno cumple años. Los juicios que recibimos de chicos tienden a instalarse como una especie de jurado interno, y aunque ya no haya nadie enfrente repitiendo la exigencia, el reproche se retroalimenta desde adentro. La autora lo resume con una imagen potente: crecemos, nos mudamos, armamos nuestra propia familia, y sin embargo seguimos rindiendo un examen ante un tribunal imaginario que dicta sentencia en función de parámetros ajenos.

  • Repasar qué se reprocha cada uno: distinguir el error concreto del cuestionamiento global sobre la propia persona.
  • Identificar el origen de la exigencia: ¿viene de un mandato familiar, de un deseo no cumplido de los padres, de un miedo propio a perder el afecto?
  • Separar las normas que ayudan a convivir de los mandatos que restringen elecciones personales.
  • Reconocer que la búsqueda constante de aprobación puede alimentar la culpa y la angustia.
  • Entender que cada recorrido es singular: no todas las familias ni todas las crianzas pesan del mismo modo.

En el tramo final de la conversación, Wila se detiene en una idea que, según cuenta, cambia la perspectiva de muchos de sus pacientes: no se trata de dejar de sentirse responsables, sino de revisar concretamente de qué se acusa uno. Hay una diferencia enorme, explica, entre hacerse cargo de un acto y vivir bajo la sombra de un cuestionamiento permanente sobre la propia valía. Esa distinción, trabajada con paciencia, suele abrir el camino para que la culpa deje de ser un peso cotidiano y empiece a convertirse, cuando corresponde, en una brújula útil. Para la psicóloga, ahí comienza el verdadero trabajo: entender que la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía según cada biografía, y que nadie está obligado a cumplir con los sueños que otros no pudieron realizar.

EB

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