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DOM, 11 OCT 2026
Vida

Comer no es solo un cálculo: por qué el acompañamiento psicológico se volvió clave para sostener cualquier tratamiento de descenso de peso

La evidencia clínica y los consensos internacionales insisten en abordar laobesidad como un fenómeno biopsicosocial: lo que comemos está atravesado por el sueño, el ánimo, la genética y el contexto, y ahí es donde la terapia marca la diferencia en los resultados a largo plazo.

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Elena BianchiSociedad · · lectura 4 min
Comer no es solo un cálculo: por qué el acompañamiento psicológico se volvió clave para sostener cualquier tratamiento de descenso de peso

En el consultorio de Mariana, psicóloga especializada en trastornos de la alimentación, la escena se repite casi cada lunes. Una mujer llega con la lista del día perfecto escrita en el celular, pero también con los ojos húmedos: el fin de semana se torció, una cena con amigos, un disgusto con el jefe, y ahora siente que fracasó otra vez. Ella la mira, le alcanza un vaso con agua y le pregunta cómo durmió. A veces, me dice Mariana, empezar por ahí cambia todo. Porque bajar de peso, insiste, no es solo una cuestión de comer menos y moverse más: es un asunto que tiene tanto de biología como de historia personal, de estrés acumulado y de noches mal dormidas.

Esa intuición clínica hoy la respalda un cuerpo creciente de evidencia. La Organización Mundial de la Salud viene planteando que laobesidad no es simplemente una decisión equivocada de la balanza, sino el resultado de la interacción entre una susceptibilidad biológica propia de cada cuerpo y una serie de influencias ambientales y psicosociales que moldean la relación cotidiana con la comida. Por eso, el organismo recomienda desde hace tiempo una atención multimodal, una atención que integre intervenciones conductuales, nutricionales, psicológicas y médicas, y que por sobre todas las cosas esté adaptada a las necesidades reales y al momento vital de cada persona que consulta.

Qué dice la evidencia reunida hasta ahora

Un metaanálisis que revisó 37 estudios, entre ellos 21 ensayos clínicos aleatorizados, encontró resultados favorables para las intervenciones psicológicas cuando se las comparó con abordajes mínimos o con la atención habitual. La diferencia no es menor: en el seguimiento posterior a los dieciocho meses, la terapia de aceptación y compromiso fue la que presentó la evidencia más consistente de eficacia, según publicó Obesity Reviews. En otras palabras, cuando el tratamiento incluye un espacio para pensar lo que se siente mientras se come, los resultados tienden a sostenerse más en el tiempo.

  • Factores genéticos que regulan el hambre, la saciedad y el metabolismo, y que explican por qué dos personas con planes similares pueden tener resultados distintos.
  • Estado emocional y nivel de cansancio, que afectan de manera directa la capacidad de sostener decisiones vinculadas con la alimentación.
  • Entorno alimentario, publicidad, disponibilidad de ciertos productos y hábitos sociales, que condicionan qué se come y cuándo.
  • Respuesta rígida versus respuesta flexible frente a un traspié: la primera puede instalar la sensación de fracaso total; la segunda permite seguir adelante sin dramatizar.
  • Necesidad de un abordaje prolongado, como plantea la Sociedad Europea de Cardiología, que combine alimentación, actividad física y trabajo psicológico de forma sostenida.

El punto sobre la genética merece una pausa. Hay variantes que influyen en los mecanismos cerebrales que regulan el hambre y la saciedad, es decir, en las señales que le dicen al cuerpo cuándo necesita comer y cuándo ya es suficiente. Otras variantes, en cambio, intervienen en el metabolismo, en la forma en que el organismo usa y almacena la energía que recibe de los alimentos. Estas diferencias ayudan a entender, sin convertirlo en una excusa, por qué una misma dieta puede funcionar de manera muy desigual entre dos personas que parecen estar haciendo exactamente lo mismo.

Cuando se sale del plan, el problema no es el plato

La escena vuelve al consultorio de Mariana. Una paciente le cuenta, con culpa, que se comió una porción de torta en una reunión familiar. La psicóloga no le pregunta cuántas calorías tiene la torta, le pregunta qué estaba sintiendo antes de servirse el primer trozo. Ahí, dice ella, suele aparecer el verdadero punto de inflexión. Ante un episodio así, una respuesta rígida, del tipo todo se arruinó, ya no tiene sentido seguir, puede derivar en una conducta de atracón, en comer de forma desinhibida, como si el daño ya estuviera hecho y no quedara más que dejarlo hasta el final. Una respuesta más flexible, en cambio, permite reconocer el traspié sin convertirlo en una sentencia: una torta no borra el proceso, es solo un dato para mirar con más cuidado qué lo disparó.

Es ahí, justamente, donde el acompañamiento psicológico deja de ser un accesorio y se vuelve un eje del tratamiento. No para convertir la comida en un campo de análisis permanente, sino para devolverle a cada persona la posibilidad de decidir con más información y menos culpa. El hambre, el descanso, el estrés, el estado de ánimo, la carga genética y el entorno no son factores secundarios: son parte constitutiva de cualquier plan serio que se proponga no solo bajar de peso, sino sobre todo sostener ese descenso, algo que, como muestra la evidencia, depende tanto de la cabeza como del plato.

EB

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