Clint Eastwood mira hacia atrás y señala a «El fuera de la ley» como la película que el público nunca le soltó
El actor y director repasa el film de 1976 que él mismo dirigió y protagonizó, rescata su lectura alegórica en la posguerra de Vietnam y revela por qué, a casi medio siglo de su estreno, sigue siendo la obra que más le nombran en la calle.
Me imagino la escena y casi la siento: un hombre grande, de mirada todavía más grande, sentado en una reposera de algún set en Hollywood, hojeando una revista mientras le preguntan por sus películas. Clint Eastwood tiene más de noventa años y, sin embargo, cada vez que alguien lo cruza en la vereda o le estira la mano en un aeropuerto, el nombre que vuelve como un eco es el mismo: «El fuera de la ley», ese western de 1976 que él mismo dirigió y protagonizó, aquel que le cambió el destino creativo después de los spaghetti westerns que lo habían hecho famoso del otro lado del mundo.
La historia es de las que se clavan en la memoria: Josey Wales es un granjero del Oeste que pierde a su familia durante la Guerra Civil estadounidense y, cuando la guerra termina, descubre que la paz tampoco lo quiere de vuelta. El gobierno lo sigue persiguiendo, las bandas de forajidos lo acosan y él empieza a caminar hacia el Oeste, siempre hacia el Oeste, juntando una troupe de personajes descolocados que, sin querer, terminan siendo la familia que la guerra le arrancó. Eastwood la revisó hace poco y, según le contó a la revista Empire, llegó a una conclusión que a mí, como espectadora, me llena de alegría: «todavía se mantiene muy bien».
Un éxito que rompió la calculadora
Los números, en este caso, cuentan una parte importante del cuento. La película costó tres millones de dólares y, nada menos que en el mercado norteamericano, recaudó más de treinta y uno. Para ponerlo en perspectiva con el bolsillo de la época, estamos hablando de un negocio redondo: multiplicó la inversión por más de diez en la taquilla local, algo que en los años setenta significaba que la cinta había pegado muy fuerte en la cultura popular. Después, una década más tarde, se hizo una secuela sin Eastwood, que pasó casi sin pena ni gloria, prueba de que, como tantas veces pasa en el cine, la huella del protagonista es irreemplazable.
“La volví a ver hace poco y todavía se mantiene muy bien.”Clint Eastwood, en declaraciones a la revista Empire
Lo que vuelve a «El fuera de la ley» especialmente interesante es la lectura que Eastwood hace de su propio trabajo. Cuenta que, cuando la película llegó a los cines, Estados Unidos todavía estaba digiriendo la derrota en Vietnam, y que esa coincidencia histórica no fue casual: él la pensó como una alegoría. «Trata tanto sobre la Guerra Civil, una de las más sangrientas e impactantes de la historia estadounidense porque enfrentó a estadounidenses contra estadounidenses —dijo—. Trataba sobre un hombre decepcionado por eso.» La frase me golpea, y creo que le va a pegar a cualquiera que se haya criado escuchando hablar de la Guerra Civil en las películas yanquis: esa sensación de que el enemigo no siempre viene de afuera, a veces vive en la casa de al lado y usa la misma bandera.
El punto de inflexión después de los spaghetti westerns
Hay un detalle que Eastwood subraya y que a mí me parece clave para entender por qué esta película pesa tanto en su carrera. Antes de «El fuera de la ley», su nombre estaba asociado a los spaghetti westerns de Sergio Leone, ese cine de polvo, pistones y planos cerrados que lo volvió una estrella internacional. «Los spaghetti westerns tenían un estilo muy particular, llamaron la atención y sin duda me impulsaron, pero «El fuera de la ley» fue el primer guion que realmente me gustó», confesó. Es, en criollo, el momento en que el actor deja de ser la cara del género y se convierte en autor: pasa de disparar a cámara lenta a decidir dónde poner la cámara. Y eso se nota en la pantalla, porque el tono tiene una tensión particular, esa «sensación de que cualquier cosa podía pasar», como él mismo la describe.
Y aquí aparece Morgan Freeman, otra voz enorme del cine estadounidense, que conoce a Eastwood de adentro porque compartieron set en «Sin perdón». «Me gustan todas las películas con Clint, pero «El fuera de la ley» es la que no puedo dejar pasar», dijo. Lo lindo de esa frase es que la elige alguien que vio a Eastwood mutar de actor a director de los más importantes de Hollywood, y aun así se queda con el western del 76. Eso, para mí, vale más que cualquier crítica de la época.
A casi cincuenta años de su estreno, la película sigue dando vueltas en el debate sobre el western clásico, sobre qué cuenta ese género y por qué sigue hablándonos. Si me preguntan a mí, les digo que la veo como una carta de amor disfrazada de película de pistoleros: un hombre que perdió todo y que, en el camino, va encontrando razones para volver a confiar en los demás. Tiene algo de esa sabiduría que los guaraníes llaman ñemity, que en criollo significa, más o menos, «palabra dulce»: decir las cosas con una suavidad que desarma. Eastwood no lo diría así, claro, pero su Josey Wales termina construyendo una pequeña familia de marginales en medio del caos, y eso, en pleno siglo XXI, sigue siendo un mensaje que se sostiene.
Les tiro, entonces, la pregunta que me quedó dando vueltas mientras escribía esta nota: de todo el universo del western, ¿cuál es la película que ustedes no pueden dejar pasar? Yo ya tengo la mía, pero eso es materia de otra sobremesa.
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