Caminar por las entrañas del Malacara: una invitación a leer los colores que dejó el fuego en Mendoza
El viento corre entre las grietas y arrastra un olor húmedo, casi mineral, que se mezcla con el calor de la piedra. En el paraje La Batra, al sur de Mendoza y muy cerca de Malargüe, el volcán Malacara espera a los visitantes con una propuesta que parece de otro planeta: caminar por su interior, entre paredes onduladas, rocas amarillas y depósitos oscuros que se desgranan apenas se los roza. La familia Quezada administra desde hace años el acceso a un campo que durante décadas fue escenario de la actividad de los Quezada y que hoy se transformó en un circuito donde la geología se recorre paso a paso.
El recorrido atraviesa dos de las tres crávavas que tiene el volcán en su parte alta y culmina en un mirador natural desde el cual se distingue, a lo lejos, la laguna de Llancanelo. Los tres cráteres quedan prácticamente ocultos para quien camina por abajo, ocultos por la forma del terreno y por la vegetación que se aferra al paisaje. La luz entra por las aberturas superiores y dibuja manchas sobre las paredes; el aire frío circula entre las grietas y obliga a abrigarse aunque afuera haga sol.
Una historia escrita en colores
Para entender por qué el Malacara muestra esas tonalidades amarillas, negras y rojizas, hay que retroceder miles de años. Corina Risso, geóloga, investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires, explica que el volcán se formó por la interacción del magma con el agua, probablemente de una laguna que ya no existe. Aquel encuentro fragmentó la lava y alteró los materiales, lo que produjo buena parte de las superficies amarillas que hoy se ven en las paredes.
“Cuando el agua dejó de intervenir, la erupción continuó y se acumularon materiales oscuros sobre los anteriores. Mucho después, la erosión provocada por el agua y el viento abrió los corredores que hoy se recorren durante la visita. Son depósitos frágiles: pueden desgranarse al tocarlos.”Corina Risso, geloga e investigadora
Del campo ganadero al turismo
La apertura del circuito cambió el uso de un sector del campo donde los Quezada criaban animales. En 2000, Risso llegó al lugar con la ayuda de Alberto Beto Quezada, el integrante de la familia que conoce cada rincón del predio. Dos años más tarde, la investigadora presentó sus trabajos en Malargüe y la familia comenzó a trabajar con guías de la zona para recibir visitantes.
- Las primeras salidas se hacan a caballo, por senderos internos del campo de los Quezada.
- En 2006, una antigua huella petrolera permiti ingresar con una camioneta al predio.
- Luego se usi maquinaria para acondicionar el camino y facilitar el acceso de los visitantes.
- La propuesta combina caminata, observacion de las formaciones y vista del paisaje desde el mirador.
Volver a la entrada del Malacara, ya con el sol bajo y la tierra todavia tibias bajo las botas, deja una sensacion extraa: la de haber caminado por dentro de un relato geologico que se lee con los ojos, con las manos y con el olfato. En el sur mendocino, la familia Quezada y la geologa Corina Risso convirtieron un campo de crianza en una escuela al aire libre, donde cada color de las paredes cuenta un captulo distinto de un mismo volcan.
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