Treinta y un años entre las cunitas del Heller: Marcelo Sotomayor, el pediatra que se jubila sin soltar la guardia
Llegó al Hospital Heller de Neuquén cuando la institución todavía no terminaba de armarse, atendió al primer bebé nacido allí y se convirtió en uno de los referentes locales de la pediatría. A meses de jubilarse, repasa qué cambió en la salud de los chicos y cuáles siguen siendo, según él, los mandamientos de toda crianza: leche materna hasta los seis meses, casa sin accidentes y pantallas a raya.
El pasillo de Pediatría del Hospital Heller de Neuquén huele a café recién hecho y a limpiador de pisos cuando Marcelo Sotomayor aparece con la campera colgada del hombro. Tiene 58 años, cara de no haber dormido del todo bien y una carpeta con historietas debajo del brazo, porque entre una guardia y otra todavía se da tiempo para repartirle dibujitos a los chicos que pasan por el consultorio. A los pocos minutos uno entiende por qué lo buscan tantas familias de la zona: este pediatra neuquino llegó al Heller en sus primeros días de funcionamiento, en 1995, y nunca más se fue. Hoy, con la jubilación finalmente a la vuelta de la esquina, sigue atendiendo como si nada.
Lo cierto es que la decisión de jubilarse no salió como estaba prevista. La fecha original era julio de este año, pero él mismo pidió estirarla hasta enero, porque soltar el consultorio después de 31 años de especialidad le cuesta más de lo que imaginaba. Y lo dice mientras mira hacia la sala de espera, donde una mamá con un nene en brazos le hace una seña de saludo desde lejos. Yo no me imaginaba terminando la carrera en un lugar y pasando tres décadas ahí, me cuenta sentado en un sillón del hospital, con la voz pausada que tienen los médicos que escuchan antes de hablar. Pero aclara que somos buenos, y lo somos de algún modo.
Lo que no cambió en 31 años de pediatría
- La lactancia materna exclusiva hasta los seis meses sigue siendo una de las principales recomendaciones que repite en cada consulta.
- La prevención de accidentes domésticos, sobre todo quemaduras y caídas, continúa encabezando los motivos de consulta de urgencia en los más chicos.
- Antes de los cuatro años las pantallas no deberían usarse, y después de esa edad hay que ponerles tiempos limitados y supervisión constante.
El tema de los dispositivos, dice Sotomayor, ocupa cada vez más espacio en el consultorio. Las familias llegan con dudas sobre cuándo darles un celular, cuánto tiempo dejarlos frente a una tablet o cómo evitar que el televisor termine siendo una niñera electrónica. Hay que establecer tiempos limitados, insiste, y lo dice con la misma calma con la que repite una fórmula que ya sabe de memoria.
Qué cambió en la salud de los chicos
El panorama, aclara el pediatra, dio un giro fuerte en estas tres décadas. Cuando empecé, la preocupación no era de las que tenemos hoy, señala. En los primeros años de trabajo la desnutrición estaba primera en la lista de problemas; hoy ese lugar lo ocupa la obesidad, junto con situaciones vinculadas al consumo de sustancias durante la infancia y la adolescencia. El contexto social cambió, las familias cambiaron, y la pediatría cambió con todo eso.
“La pediatría empieza mucho antes de que aparezca una enfermedad.”Marcelo Sotomayor
Sotomayor nació prematuro en 1966, con apenas 1,1 kilo de peso. Esa experiencia, repite, explica mucho de quién terminó siendo. Estudió medicina en la Universidad de La Plata, hizo la residencia de pediatría en el Hospital Castro Rendón de Neuquén y se incorporó al Heller cuando el edificio todavía estaba terminándose de armar. Participó de las primeras semanas operativas, cuando el equipo resolvía problemas de infraestructura básica antes de recibir al primer paciente, y fue parte del grupo que atendió al primer bebé nacido en ese hospital.
Con el tiempo sumó la docencia: hoy es instructor de residencias y profesor en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional del Comahue. Muchos de quienes fueron sus alumnos ya son sus colegas en el mismo servicio, una situación que lo llena de orgullo y que también describe como una de las mejores cosas que le dejó el oficio. Cuando se le pregunta por el afuera, contesta sin pensarlo: el jazz y el montañismo. La actividad al aire libre compensa, resume, y enseguida vuelve a mirar hacia el pasillo, donde la mamá del principio ya se fue y quedó el eco de un nene que se ríe a lo lejos, en una sala de espera que él conoce de memoria y que, por un par de meses más, sigue siendo su lugar en el mundo.
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