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LUN, 19 OCT 2026
Vida

Roblox cumple veinte años y las familias siguen sin entender qué hacen sus hijos ahí adentro

La divulgadora Julieta Schulkin investigó la plataforma durante meses y asegura que prohibir sin comprender solo empuja a los chicos hacia otros rincones digitales igual de opacos. Una guía para mirar de cerca la economía interna, las lógicas sociales y los controles que existen, sin pánico pero tampoco con ingenuidad.

EB
Elena BianchiSociedad · · lectura 4 min
Roblox cumple veinte años y las familias siguen sin entender qué hacen sus hijos ahí adentro

Son las siete de la tarde y en cualquier casa de Buenos Aires donde haya un adolescente enchufado a una compu empieza el ruido familiar: el parlante del equipo que escupe una música electrónica machacante, las voces agudas que se cruzan entre jugadores desconocidos, el tecleo furioso sobre el teclado. No es Fortnite, no es Minecraft, no es un videojuego clásico. Es otra cosa. Se llama Roblox y este año cumplió veinte años, y sin embargo la mayoría de los padres argentinos sigue sin tener la más pálida idea de lo que sus hijos hacen ahí adentro durante horas.

La periodista y divulgadora Julieta Schulkin publicó una investigación extensa sobre esa plataforma y la conclusión que sacó después de meses de trabajo es bastante incómoda para los adultos: la mayoría de las familias tomó decisiones, a favor o en contra, sin haber entendido realmente cómo funciona. Hubo una ola de prohibiciones exprés, una sensación creciente de alarma, y al mismo tiempo una negativa a mirar el fenómeno de cerca. Prohibir sin entender, advierte, no resuelve nada: solo cambia de lugar el problema.

No es un juego, es un mundo con su propia economía

Lo primero que Schulkin se cansa de repetir es que Roblox no es un juego en el sentido clásico. Es una plataforma que aloja más de seis millones de experiencias creadas por usuarios y empresas. Los chicos no entran solo a jugar, sino también a encontrarse con otros, a pasar el rato, y muchas veces a reemplazar el espacio físico del barrio o de la plaza. Esa diferencia importa muchísimo a la hora de pensar el acompañamiento, porque uno no encara del mismo modo el uso de un videojuego que la vida social de un pibe.

Uno de los aspectos más opacos para los adultos es la economía interna. Roblox tiene su propia moneda, los Robux, que se compran con dinero real. Con esos Robux se acceden a elementos visuales para el avatar, mascotas virtuales y servidores privados. Se puede jugar perfectamente sin gastar un peso, pero quienes invierten plata o acumulan muchas horas dentro del sistema acceden a beneficios que los demás no tienen. Schulkin lo describe con crudeza: es una reproducción casi perfecta de la estructura de clases sociales del mundo físico. Igual que en la cuadra del barrio, adentro del juego se nota quién tiene Robux y quién no, y eso genera jerarquías, chicos populares y chicos marginados, exactamente como en el patio de la escuela.

Una red social disfrazada de juego

Hay otro punto que las familias suelen pasar por alto y que a Schulkin le parece clave. Los usuarios de Roblox pueden seguir a otros, acumular seguidores, armar grupos de amigos. La plataforma incluso recomienda juegos según lo que juegan los contactos de cada chico. Eso la convierte en un ecosistema con lógicas muy parecidas a las de las redes sociales, aunque sus responsables insistan en diferenciarla del resto. Para una pibada que todavía no tiene quince años, el principal no es siempre el entretenimiento: es la pertenencia, es el grupo, es esa sensación de ser vistos por pares en un territorio propio.

Los controles que existen y que casi nadie activa

Entre los riesgos más serios está el grooming, la posibilidad de que adultos contacten a menores dentro de la plataforma. Es un riesgo real, documentado, y Schulkin no propone hacerse el distraído. Pero tampoco propone el rechazo automático ni la prohibición a ultranza. Lo que propone, con el mismo tono con el que habla a una madre en una reunión de cooperadora, es la configuración activa: ajustar los controles de privacidad, revisar uno por uno quién puede chatear con el menor, habilitar las restricciones para que desconocidos no puedan escribirle, y sentarse al lado del pibe las primeras veces para entender qué hace y con quién se cruza.

“Hubo una ola de familias que empezaron a prohibir Roblox y la sensación era que estábamos prohibiendo algo que no entendíamos bien.”Julieta Schulkin

Mientras tanto, en la cocina de cualquier casa de clase media porteña, el ruido de los parlantes sigue. Los Robux se compran con tarjeta de crédito de los padres, los grupos de amigos se arman solos y los pibes siguen entrando a un mundo enorme que la mayoría de los adultos ni siquiera sabe nombrar bien. Entenderlo, sentarse a mirarlo, configurar lo que hay que configurar: para Schulkin es la única manera razonable de acompañar a los chicos en este cumpleaños veinte de un lugar al que van a seguir yendo, les guste o no a sus familias.

EB

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