Saltar al contenido
Alerta LitoralAlerta Litoral ⌕ Buscar
Dólar oficial $1.540,00 0,00%Dólar blue $1.560,00 0,00%Dólar MEP $1.551,90 0,00%Riesgo país 655 pb +2,99%
DOM, 04 OCT 2026
Entretenimiento

Memorias del subdesarrollo: cuando quedarse es un acto y la cámara lo cuenta con archivos

La película de Tomás Gutiérrez Alea sigue a Sergio, un escritor que se queda en Cuba mientras su familia parte a Miami, y cruza su vida íntima con la Crisis de los Misiles y los coletazos de la Revolución. Un retrato donde lo personal y lo colectivo se dan la mano.

VC
Verónica CardozoCultura y espectáculos · · lectura 4 min
Memorias del subdesarrollo: cuando quedarse es un acto y la cámara lo cuenta con archivos

La pantalla arranca con un hombre mirando por la ventana de un balcón habanero, con el mar de fondo y un país que se le va de las manos mientras la Revolución Cubana se asienta. Ese es Sergio, un escritor acostumbrado a la buena vida que ve cómo su familia se sube a un avión rumbo a Miami y él, en cambio, decide quedarse. No por convicción política, aclaremos, sino por algo más mundano: el aburrimiento, el hartazgo, esa pereza de armar valijas cuando ya ni siquiera te interesa el lugar donde vivís. Esa decisión, tan íntima y tan poco heroica, es la que pone en marcha la maquinaria de Memorias del subdesarrollo, la película que el cubano Tomás Gutiérrez Alea escribió y dirigió en 1968, y que sigue siendo una de las cumbres del cine latinoamericano.

Para entender la película hay que mirar al mismo tiempo hacia dos lados: hacia adentro de Sergio y hacia afuera de su departamento. Hacia adentro, porque el personaje se la pasa intentando moldear a las mujeres que se le cruzan, desde una estudiante de literatura hasta una modelo más joven, como si quisiera reescribirlas a su imagen y semejanza, corregirles la forma de pensar, la manera de vestirse, el peinado. Hacia afuera, porque mientras él pierde el tiempo con esos juegos de seducción y de poder doméstico, en las calles de Cuba pasan cosas enormes: la nacionalización de empresas, las marchas, la tensión con Estados Unidos que desemboca en la Crisis de los Misiles de 1962. Alea tiene la inteligencia de no contar una sola historia, sino dos, y de ir saltando entre una y otra con una estructura que se permite ir y volver en el tiempo, mezclar recuerdos con presente, meter la voz en off del propio Sergio leyendo fragmentos de un diario íntimo.

Y acá viene uno de los hallazgos más potentes de la película: la irrupción del material de archivo. Alea intercala imágenes de noticiarios reales que muestran la entrada de Fidel Castro a La Habana, la llegada al poder de los revolucionarios, los discursos, la instalación de los misiles soviéticos, el bloqueo. Esos planos documentales, que hoy podemos rastrear en cualquier archivo digital, en aquel momento funcionaban como un espejo que le devolvía al espectador el tamaño de los cambios que Sergio, encerrado en su mundo, apenas registraba. La ficción se cruza con la historia, el living del escritor con la plaza pública, y esa combinación le da a la película una densidad que pocas veces se vio en el cine de la época.

Un escritor que se queda por aburrimiento

Lo que vuelve tan moderno a Memorias del subdesarrollo es justamente eso: que no idealiza a su protagonista. Sergio no es un héroe revolucionario ni un disidente heroico, es un tipo común, un intelectual pequeño-burgués que se queda más por inercia que por coraje. De hecho, Alea venía de films como Muerte de un burócrata (1966) y La aventura de la juventud perdida, y tenía una mirada muy crítica sobre la burocracia, así que en Sergio no hay épica, hay retrato. Esa mirada incómoda sobre la propia clase es parte de lo que vuelve a la película tan vigente.

Esa incomodidad no es casual. La película se inscribe en lo que se llamó el Tercer Cine, un movimiento que recorrió América Latina con propuestas que rechazaban tanto el modelo comercial de Hollywood como el cine de autor europeo, demasiado concentrado en las peripecias individuales. El Tercer Cine proponía otra cosa: unir la experimentación formal con los problemas sociales y políticos de cada país, producir con bajos presupuestos, con cámaras y celuloide más accesibles, y meterle al relato una preocupación colectiva. Cuba fue uno de los epicentros de ese movimiento, y Alea fue uno de sus nombres centrales.

  • La historia sigue a Sergio, un escritor que permanece en Cuba cuando su familia emigra a Miami, y muestra su vínculo con las transformaciones de la Revolución.
  • El relato alterna la vida íntima del protagonista con imágenes de archivo que documentan la Crisis de los Misiles, los discursos de Fidel Castro y los cambios sociales.
  • La estructura combina flashbacks, voz en off y material de noticiarios para cruzar lo personal con lo histórico.
  • La película forma parte del Tercer Cine latinoamericano, un movimiento que vinculó experimentación estética con compromiso político y producción independiente.
  • El protagonista intenta moldear a sus parejas sentimentales, lo que funciona como una metáfora de su relación con la sociedad que lo rodea.

Para mí, y esto lo digo desde la butaca, Memorias del subdesarrollo es de esas películas que te dejan una pregunta dando vueltas mucho después de que termina: hasta qué punto alguien puede mantenerse al margen de lo que pasa a su alrededor, y qué dice de nosotros esa negativa a involucrarnos. Che, en criollo: a veces quedarse quieto también es una forma de tomar partido, y la cámara de Alea lo muestra sin necesidad de gritárnoslo. Mientras el mundo cambia, Sergio se prueba corbatas, y esa imagen, la de un tipo ajustándose el nudo frente al espejo mientras afuera suena el ruido de una revolución, resume mejor que cualquier discurso qué fue para muchos esa época en Cuba.

VC
Verónica CardozoCultura y espectáculos

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo

Viajar en el tiempo