La cámara como trincheras: cuando Patricio Guzmán se plantó frente al golpe
La trilogía «La batalla de Chile» vuelve a circular como una pieza clave del Tercer Cine, y sirve de puerta de entrada para entender el gobierno de Allende y el golpe que cambió al país vecino. Un recorrido por sus tres partes, sus espacios —el Parlamento y las fábricas— y la corriente cinematográfica a la que pertenece.
Hay una imagen que se me quedó pegada desde la primera vez que vi este material: una cámara que parece caminar entre los bancos del Parlamento chileno y, segundos después, meterse en una asamblea obrera donde se vota qué hacer al día siguiente. Esa sensación de estar adentro, de que el ojo pertenece al mismo lugar que los protagonistas, es la marca registrada de Patricio Guzmán en «La batalla de Chile», una trilogía documental que sigue siendo, a casi cinco décadas, una de las cosas más lúcidas que se hicieron en cine para retratar un proceso histórico latinoamericano.
Tres películas, un mismo pulso
Antes de «La batalla de Chile», Guzmán ya había explorado el registro directo de la historia reciente de Chile con «La primera Junta» (1971), un trabajo que le sirvió como banco de pruebas para el proyecto que vendría. La trilogía, filmada entre 1973 y 1976, está dividida en «La insurrección de la burguesía», «El golpe de estado» y «El poder popular», y funciona como una sola obra que sigue el ritmo del conflicto: el avance de los sectores opositores a Salvador Allende, la interrupción violenta de la democracia y la respuesta de un pueblo que, incluso después del derrocamiento, siguió organizándose en fábricas y poblaciones.
La estructura importa porque ordena algo que en la realidad fue caótico: la cámara de Guzmán se planta en dos espacios —el Parlamento y las asambleas obreras— y deja que el espectador vea cómo en ambos lugares se discute, se vota, se duda. Las sesiones donde se debaten las salidas institucionales conviven, plano a plano, con reuniones de trabajadores en las que se decide si se sigue produciendo bajo Allende, si se baja la persiana o si se toman las fábricas. Esa yuxtaposición es la que vuelve al documental tan vigente: no hay moraleja, hay proceso.
El Tercer Cine como hoja de ruta
Para entender por qué «La batalla de Chile» está filmada como está, hay que ubicarla en el Tercer Cine. Se trata de una corriente que, en buena parte de Latinoamérica, se propuso romper con el modelo comercial de Hollywood y usar la cámara como herramienta política. El documental, en ese marco, deja de ser «una película sobre» una historia y pasa a ser «una cámara en» la historia. En la obra de Guzmán, eso se nota en el montaje: recursos cinematográficos combinados con una lógica casi periodística —planos largos de debates, declaraciones cruzadas, escenas de violencia urbana sin música emotiva— y un tono explicativo que nunca se vuelve panfleto, porque justamente describe cómo se piensa la respuesta desde distintos sectores de la izquierda.
Ahí, me parece, está uno de los logros más grandes del proyecto: mostrar las diferencias dentro del propio campo popular. No hay un solo punto de vista sobre qué hacer frente al avance de la derecha; hay discusiones reales, con argumentos que se chocan, y eso vuelve a la trilogía un documento único sobre cómo se vive una crisis cuando no hay un manual de instrucciones.
Una pregunta que sigue abierta
Cuando uno termina de verla, la pregunta que queda dando vueltas —y que el propio documental no intenta responder— es qué buscamos en un documental sobre un proceso histórico: ¿una clase?, ¿un espejo?, ¿una herramienta de memoria? «La batalla de Chile», a mi modo de ver, cumple con las tres sin proponerse ninguna de manera explícita. Y eso, en un contexto donde abundan las ficciones históricas y las reconstrucciones demasiado prolijas, se agradece. Es cine pensado para entender, no para confirmar lo que ya creíamos saber. Eso, en un documental, vale oro.
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