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MAR, 13 OCT 2026
Vida

El organismo atesora huellas de cada vez que uno se mueve: por qué volver a entrenar no es empezar de cero

Un equipo de la Universidad de Illinois Urbana-Champaign comprobó que músculos e hígado conservan marcas invisibles del ejercicio previo, incluso después de semanas o meses de inactividad. El hallazgo ayuda a entender por qué el cuerpo responde más rápido al retomar la actividad, aunque los especialistas insisten en que moverse con regularidad sigue siendo la mejor receta.

EB
Elena BianchiSociedad · · lectura 5 min
El organismo atesora huellas de cada vez que uno se mueve: por qué volver a entrenar no es empezar de cero

Son las siete de la mañana y el Parque Centenario todavía tiene esa humedad fresca que se pega en la cara después de una noche de tormenta. María, contadora, se acomoda la vincha, mira la pista de atletismo y respira hondo antes de empezar a trotar. Hace un año y medio corría cinco kilómetros tres veces por semana. Después vinieron la operación de menisco, dos meses y medio enyesada y, cuando por fin le dieron el alta, la sensación demoledora de tener que aprender de nuevo algo que ya sabía hacer. Esa sensación es la que muchos pacientes describen en los consultorios cuando retoman la actividad tras una pausa larga, y es también la que motivó una línea de investigación reciente en Estados Unidos que ahora empieza a cambiar cómo se entiende la relación del cuerpo con el movimiento.

En la Universidad de Illinois Urbana-Champaign, Diego Hernandez-Saavedra y Yi-Heng Huang se dedicaron durante los últimos años a preguntarse qué pasa exactamente adentro de las células cuando alguien deja de entrenar y después vuelve. La respuesta que encontraron, publicada en 2025 en la revista American Journal of Physiology-Cell Physiology, tiene una raíz casi filosófica: el cuerpo, dicen los investigadores, guarda memoria del ejercicio aunque uno haya dejado de hacerlo. Las fibras musculares no vuelven al mismo punto del que partieron la primera vez, y lo mismo ocurre con el hígado. Esa continuidad silenciosa, que ocurre mientras uno mira Netflix o está sentado ocho horas frente a la compu, es la que explica que la segunda vuelta sea más corta y menos agotadora de lo esperado.

Qué vieron los investigadores en el laboratorio

El equipo trabajó con ratones que fueron entrenados entre cuatro y ocho semanas, luego dejaron de hacer actividad durante un tiempo y, más adelante, retomaron el plan. Cuando compararon lo que ocurría en sus músculos e hígado con lo que pasaba en animales que nunca habían hecho ejercicio, las diferencias aparecieron con claridad. Los ratones con historia previa desarrollaron fibras musculares más grandes al volver a moverse y aprovecharon mejor la energía disponible frente al esfuerzo. Esa ventaja metabólica se sostuvo incluso en el período en que estaban parados, lo que sugiere que algunas adaptaciones no se borran del todo con la inactividad.

“Las células musculares, hepáticas, de la piel y del tejido adiposo también parecen guardar registros de experiencias pasadas, aunque todavía no se sabe con precisión cuánto tiempo dura esa información ni cómo se conserva.”Diego Hernandez-Saavedra, investigador de la Universidad de Illinois Urbana-Champaign
  • El músculo retiene fibras más grandes y mejor aprovechamiento energético tras retomar la actividad.
  • El hígado mantiene elevada una enzima clave para procesar grasas y coordinar el combustible con el músculo.
  • La memoria celular no es exclusiva del sistema nervioso ni del inmune: también está en tejidos vinculados al metabolismo.
  • La pausa prolongada sí reduce la capacidad cardiovascular, la fuerza y la respuesta a la insulina.

Un segundo trabajo del mismo grupo, publicado en 2026 en Molecular Metabolism, completó el cuadro al mirar el hígado con más detalle. Ahí detectaron una mayor presencia de carboxilesterasas hepáticas, unas enzimas encargadas de descomponer las grasas en sangre para que el músculo pueda usarlas como combustible, tanto en ratones como en personas que habían retomado el entrenamiento después de una pausa. Esa especie de memoria hepática mejora la coordinación energética entre los dos órganos al volver a moverse y ayuda a entender por qué el motor del cuerpo parece aceitar aceite tan rápido cuando uno regresa al gimnasio, a la cancha o a la plaza.

Hernandez-Saavedra aclara que la idea de memoria celular no es nueva en biología: las neuronas almacenan información a través de sus conexiones y el sistema inmunitario reconoce agentes que ya enfrentó, como cuando uno se vacuna o pasa una enfermedad. Lo realmente nuevo es que esa capacidad parece extenderse a las células musculares, hepáticas, de la piel y del tejido adiposo, aunque todavía no se sabe con precisión cuánto dura esa información ni de qué manera se conserva en el interior de cada célula. Esa zona gris, reconoce el científico, es la que mantiene vivo al equipo en el laboratorio.

Volver siempre es más fácil, pero moverse siempre es necesario

Los especialistas son cuidadosos a la hora de sacar conclusiones para la vida cotidiana. Sí, el cuerpo recuerda. Sí, retomar es más amable que empezar desde cero. Pero nadie debería interpretar estos hallazgos como una invitación a abandonar la rutina ni a pensar que una pausa prolongada no pasa factura. Tras varias semanas sin actividad, caen la capacidad cardiovascular, la fuerza y la sensibilidad del organismo a la insulina, y esos retrocesos se sienten en el consultorio, en la escalera del edificio y en el aire que falta después de subir dos pisos. La memoria celular es, en todo caso, un colchón invisible que amortigua la caída, no un reemplazo del movimiento cotidiano.

En el Parque Centenario, María termina su segunda vuelta a paso de trote y se detiene a tomar agua. Nota que las piernas responden mejor de lo que imaginaba, que la respiración se ordena antes y que el cuerpo, de alguna manera que no se ve, parece acordarse del camino. Del otro lado de la reja, una mujer de unos cincuenta y tantos se estira con calma antes de empezar a caminar; un muchacho con auriculares ajusta la campera y se calza los guantes para arrancar en bici. Todos comparten, sin saberlo, esa misma conversación química que Hernandez-Saavedra y Huang miran por microscopio: la del cuerpo que guarda memoria del ejercicio aunque uno haya dejado de entrenar. La recomendación, por ahora, sigue siendo la de siempre: moverse con regularidad. Pero cuando la vida empuje a una pausa, hay una buena noticia escondida en los músculos y en el hígado: el punto de partida no es el mismo que el de alguien que nunca se movió.

EB

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