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VIE, 25 SEPT 2026
Vida

Cuando la mochila pesa más afuera del aula: cómo leer el estrés escolar antes de que pase factura

La psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, sostiene que la presión por las tareas y las calificaciones puede perseguir a los estudiantes hasta la mesa familiar y traducirse en cambios de humor, conductas difíciles o malestares corporales. Acompañar desde la calma, ordenar las obligaciones y proteger el descanso y los vínculos presenciales aparecen como claves para atravesar el ciclo lectivo sin que la exigencia se vuelva crónica.

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Elena BianchiSociedad · 25 DE SEPT DE 2026 · lectura 5 min

Son las siete y cuarto de la tarde en una cocina cualquiera de Buenos Aires y todavía hay un cuaderno abierto sobre la mesa, una señora sirviendo un mate que nadie toma y un pibe de doce años que mira el techo como si allí estuviera escrita la respuesta que no le sale. La escena, multiplicada por miles de hogares argentinos, es el punto de partida de una advertencia que la psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, repite con una calma que a esta altura parece casi una receta: la mochila del colegio no se queda en la escuela, y cuando los chicos llegan a casa la traen cargada de tareas, expectativas y comparaciones que pesan tanto como los libros.

Acompañar empieza por los adultos

Para Albers, la forma en que reaccionan quienes rodean a un estudiante define buena parte de cómo ese estudiante procesa la tensión. Antes de saltar con un sermón, un reto o una pregunta fuera de lugar, la especialista propone hacer una pausa: respirar, registrar lo que uno siente y mostrar, con el ejemplo, que pedir ayuda no es un signo de debilidad sino una herramienta concreta. Esa actitud, dice, puede extenderse más allá de la familia inmediata y sumar a otros adultos de confianza —un tío, una vecina, un entrenador— que sean capaces de manejar sus propias emociones y sostener al joven cuando la acumulación de obligaciones lo sobrepasa. Si quien cuida también está estresado, no hace falta disimularlo: alcanza con mostrar cómo se trabaja sobre esa dificultad y cómo se busca acompañamiento, porque ese gesto funciona como un mapa silencioso.

La especialista, de todas formas, aclara que la necesidad de apoyo no siempre aparece enunciada en palabras. Muchas veces se filtra en variaciones del ánimo, en disputas que parecen no tener motivo o en síntomas físicos que el cuerpo insiste en mostrar cuando la cabeza se empecina en callar. Dolores de panza recurrentes,contracturas, irritabilidad o un retiro brusco de la conversación son, en ese sentido, señales de alerta que conviene leer como lo que probablemente son: la manera que tiene el cuerpo de decir que la carga excedió el aguante.

Lo que el estrés le roba a la memoria

En la charla, Albers marca una distinción que a esta altura del año lectivo resulta clave: existe una exigencia que puede funcionar como motor y existe una respuesta de estrés demasiado frecuente o demasiado prolongada, que termina pasando factura. Cuando la segunda se vuelve crónica, el organismo dispone de menos oportunidades para recuperarse y, lo que es peor para el rendimiento escolar, la preocupación intensa ocupa recursos de la memoria de trabajo, esa que se necesita en el momento para manejar información y resolver un problema. Dicho de otro modo: un chico desbordado literalmente tiene menos ancho de banda mental para aprender, y por eso explicarle esa relación puede ayudarlo a entender por qué cuidar el bienestar no es un capricho sino una condición para rendir. Es la misma lógica que aplica a los adultos en una oficina, traducida a la edad de las pruebas escritas y los libros de texto.

Ordenar la jornada en pasos chicos

Frente a una jornada que parece no alcanzar, la psicóloga propone un ejercicio casi doméstico: revisar qué obligaciones requieren resolución inmediata, cuáles admiten una espera razonable y cuáles, sin drama, pueden delegarse o directamente quitarse del listado. Una vez identificado lo prioritario, conviene separarlo en acciones más pequeñas y concretas, de modo que esa demanda que parecía imposible de abordar se transforme en una serie de pasos manejables. No se trata de un truco mágico sino de una estrategia que devuelve sensación de control en contextos donde la autonomía del estudiante suele quedar en offside.

  • Revisar la lista de pendientes y separar lo urgente de lo postergable y de lo que se puede delegar.
  • Dividir la obligación principal en pasos chicos y concretos, en lugar de enfrentar el bloque entero.
  • Sustituir parte del scroll en redes por actividades artísticas o breves prácticas de meditación que vuelvan la atención al presente.
  • Reservar espacios de descanso y de vínculo presencial, lejos de pantallas y notificaciones, como parte de la rutina diaria.
  • Pedir ayuda a tiempo: modelar esa conducta desde los adultos también enseña que no hace falta cargar solos.

El capítulo de las redes, en particular, merece un párrafo aparte. Albers advierte que el desplazamiento continuo por publicaciones puede prolongar la sensación de estar bajo evaluación permanente: cada foto, cada ajeno, cada mensaje comparativo se suma al ruido que el estudiante ya trae del aula. Como alternativa, sugiere actividades artísticas o instancias de meditación que permitan concentrarse en el presente y cortar, aunque sea por un rato, la conexión con la demanda escolar. Es, en definitiva, recuperar la idea de que el tiempo libre también se elige y no se deja en piloto automático.

Volvemos a la cocina del principio, al mate que se enfría y al cuaderno que sigue abierto. La diferencia es que, después de esta conversación con Susan Albers, mirar al pibe que observa el techo puede dejar de ser un problema a resolver y empezar a ser una señal a leer: un llamado a pausar, a ordenar la mochila entre todos y a recordar que el descanso y los vínculos presenciales no compiten con el rendimiento, sino que suelen ser su mejor aliado. Acompañar desde la calma, dice la especialista, no es bajar los requisitos sino cambiar la manera de transitarlos para que la exigencia no se convierta en un peso que se carga a solas y se arrastra hasta el comedor, hasta el living y hasta la almohada.

EB

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