Cuando el chat se vuelve un campo minado: por qué sobreinterpretar los mensajes de la pareja erosiona la confianza
Las psicólogas Marina Mammoliti y Karina Carreño detallan cómo los silencios, las respuestas cortas o una demora activan un circuito de conjeturas que termina en discusiones por hechos que nunca ocurrieron. Reconocer la propia emoción, preguntar de frente y distinguir lo que pasó de lo que imaginamos son las llaves para salir de esa trampa cotidiana.
El teléfono vibra sobre la mesa de luz, la pantalla se enciende con un mensaje que llega a las once de la noche. "Ya llegué." Dos palabras, punto final, nada más. Del otro lado de la cama, alguien abre los ojos, lee y empieza a recorrer con el pulgar las frases anteriores, los horarios, los tonos. Lo que hace un instante era una respuesta empieza a transformarse, casi sin aviso, en una conversación interna donde la cabeza completa lo que el otro no escribió. Esa escena, repetida millones de veces en los living de Buenos Aires, en los colectivos de la línea 39, en las oficinas del microcentro, es el punto de partida de una de las fuentes más comunes de conflicto en las parejas actuales: la sobreinterpretación de mensajes.
Para entender por qué una respuesta breve se convierte en motivo de pelea, alcanza con escuchar lo que explican dos psicólogas que trabajan a diario con parejas y familias. Marina Mammoliti y Karina Carreño coinciden en algo sencillo de decir y difícil de aplicar: antes de contestar, conviene distinguir qué pasó de qué significado le estamos dando. La otra persona respondió con pocas palabras, eso es un hecho. Que esté enojada, distante o perdiendo interés es, en cambio, una interpretación.
Lo que hace el cerebro cuando falta información
Carreño, que es neuropsicóloga, lo describe con una claridad que desarma: cuando no tenemos datos sobre lo que siente o piensa el otro, la cabeza intenta anticiparlos. Y para completar ese hueco recurre a lo que tiene guardado: experiencias anteriores, viejos miedos, inseguridades que quedaron archivadas. Así, una demora de veinte minutos termina asociada con una pérdida de interés, aunque no haya un solo elemento concreto que sostenga esa conclusión.
Mammoliti, por su parte, pone el foco en la mochila que cada uno carga. Si hubo una traición, un abandono, un duelo mal cerrado, esos fantasmas se filtran en la lectura. Una necesidad genuina de estar a solas puede leerse como indiferencia cuando existe miedo al rechazo. La baja autoestima o los antecedentes de infidelidad funcionan como combustible para la búsqueda de confirmaciones, y muchas veces derivan en intentos de controlar al otro: pedir capturas, preguntar dónde está cada cinco minutos, exigir explicaciones que el otro no tiene por qué dar.
- Distinguir el hecho de la interpretación: que la pareja haya contestado con pocas palabras es comprobable; que esté molesta es una conjetura.
- Regular la ansiedad antes de responder: una pausa ayuda a evitar que el malestar se descargue en el chat.
- Reconocer la propia emoción: en lugar de descifrar al otro, preguntarse qué nos está pasando frente a ese silencio.
- Preguntar de manera directa: la comunicación cara a cara ofrece datos que la pantalla no puede dar.
- Aprender a convivir con la incertidumbre: no siempre habrá una explicación disponible en el momento exacto en que aparece la inquietud.
El precio de discutir por lo que imaginamos
"Cuando las conjeturas empiezan a dirigir las respuestas, aparece el desgaste", señala Carreño. Discusiones enteras sostenidas sobre situaciones que nunca ocurrieron. Pedidos reiterados de seguridad que, lejos de calmar, van erosionando la confianza. La especialista describe un circuito que se retroalimenta: cuanto más se interpreta, más se pregunta, más se exige, más se aleja al otro, más se interpreta. Mammoliti coincide y agrega que ese circuito suele desembocar en un patrón de control que termina dañando lo que pretendía cuidar.
Ambas coinciden en que la salida no es dejar de hablar, sino cambiar la manera de hablar. Volver a los hechos, abrir el diálogo antes de que la ansiedad se transforme en acusación, preguntar qué le pasa al otro en lugar de afirmar lo que le pasa. Y, sobre todo, aceitar un acuerdo que muchas parejas dan por sentado y que en la práctica casi nunca funciona: que no hace falta responder de inmediato para demostrar que se está presente. Aceptar que cada uno tiene su ritmo, que un silencio no es un castigo, que una respuesta corta puede ser simplemente una respuesta corta.
Vuelvo al living de aquella noche. El teléfono sigue vibrando sobre la mesa de luz, la pantalla ya apagada. Lo que decida hacer quien lee ese mensaje -preguntar, esperar, inventar una historia, abrir una conversación- marcará el resto de la jornada. Mammoliti y Carreño insisten en lo mismo, con la paciencia de quien repite lo importante: la confianza no se construye adivinando, se construye preguntando. Y a veces, la pregunta más sana es la que uno se hace a sí mismo antes de mandar el primer audio.
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