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Berlín bajo polvo y sangre: dos hermanas se reencuentran en una ciudad donde los vampiros hacen política

La nueva serie de Disney+ reimagina un futuro alemán devastado por una pandemia y el calor extremo, con el tráfico de sangre como motor de poder y el vínculo fraternal como ancla emocional.

VC
Verónica CardozoCultura y espectáculos · 16 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Me la imagino y casi la siento: una calle ancha, vacía, con el asfalto brillando de calor y una capa de polvo amarillo que se levanta con el viento. No hay árboles. No hay sombra. Y en algún rincón, alguien esconde una botella con un líquido rojo que vale más que el agua. Así empieza, en mi cabeza, esta serie que me tuvo mirando la pantalla con esa mezcla de incomodidad y fascinación que solo producen las distopías bien armadas.

Se trata de City of Blood, una producción de ocho episodios que acaba de sumarse al catálogo de Disney+ y que adapta la novela gráfica de Reinhard Kleist y Tobias O. Meißner. El punto de partida es tan clásico como efectivo: dos hermanas separadas de chicas que vuelven a cruzarse cuando ya son grandes, en un Berlín futuro donde Alemania se partió en pedazos después de una pandemia devastadora.

Una ciudad partida por la escasez

Berlín, en esta ficción, es un organismo enfermo. El cambio climático hizo lo suyo: temperaturas extremas, calor que no da tregua, polvo por todos lados. A eso se le suma lo que dejó la pandemia: una población diezmada, servicios colapsados, agua y electricidad como lujos. Los que más tienen se refugian bajo enormes cúpulas climatizadas, mundos paralelos dentro de la misma ciudad. Los que menos, sobreviven como pueden en los barrios descuidados, esos que la cámara recorre con una lentitud que se siente en la piel.

Y en ese paisaje devastado aparecen los vampiros, que no son criaturas de novela gótica sino operadores de las redes delictivas. Necesitan sangre para vivir, el sol los mata, y encontraron en ese necesidad fisiológica un negocio redondo: el tráfico de sangre se volvió una de las actividades más rentables y un eje de las disputas de poder. Desde ahí, los vampiros empujan para meterse en la política y ampliar su cuota de influencia.

Bea y Phoebe, dos caras de la misma moneda

Las protagonistas son Bea y Phoebe. Las separaron cuando eran chicas y cada una creció en un mundo completamente distinto. Bea tuvo una infancia con comodidades, de la mano de su madre adoptiva, sin pasar penurias. Phoebe, en cambio, aprendió a arreglárselas sola en una ciudad que te empuja a buscar comida, agua y un techo como puedas. Cuando se reencuentran, la serie usa ese contraste para mostrar las dos Alemanias que conviven dentro de un mismo Berlín: la del vidrio y el aire acondicionado, y la del polvo y la calle.

Los primeros capítulos se toman su tiempo, hay que decirlo. No hay apuro por conectar las tramas, y eso puede generar algo de impaciencia en quien busque acción desde el primer minuto. Pero el ritmo pausado cumple una función: te deja conocer el universo, respirar el ambiente y entender las reglas de juego antes de que se empiecen a cruzar los destinos.

  • Una pandemia fragmentó Alemania en estados independientes y dejó a Berlín con recursos escasos.
  • El tráfico de sangre es el gran negocio ilegal y el motor de las disputas de poder entre los vampiros.
  • Los sectores más acomodados viven bajo cúpulas climatizadas, aislados del exterior hostil.
  • La historia alterna el reencuentro de las hermanas Bea y Phoebe con conflictos de poder y supervivencia.

Un clásico con ropa nueva

City of Blood no inventa la rueda: la historia de hermanas separadas que se reencuentran en un mundo hostil tiene ADN de cuento clásico, casi de folletín. Lo interesante es el envoltorio: una distopía con sabor centroeuropeo, vampiros metidos en política y un escenario donde lo que escasea no es la fantasía sino lo más básico, el agua y la sombra. Hay algo de esas novelas gráficas alemanas que mezclan lo político con lo sobrenatural, como hacía Mignola con Hellboy pero con el ADN más áspero, más berlinés.

Reconozco que me enganchó más de lo que esperaba. No tanto por los vampiros, que están bien usados pero no sorprenden, sino por esa Berlín polvorienta y caliente que parece salida de un sueño feo. Me dejó pensando en cómo contamos las crisis: a veces necesitamos que aparezcan colmillos y sangre en pantalla para poder mirar de frente lo que ya nos cuesta ver en el noticiero. Y eso, aunque duela, también es parte del trabajo de una buena serie.

VC
Verónica CardozoCultura y espectáculos

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