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MAR, 29 SEPT 2026
Entretenimiento

Una cita con el tiempo: vuelve a las salas la chica que aprendió a saltar sus propios días

Los Cines Verdi de Madrid y Barcelona programaron una función única de la película animada de Mamoru Hosoda, en versión original con subtítulos, como parte del ciclo Anime Day y a 20 años de su estreno en Japón.

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Verónica CardozoCultura y espectáculos · 29 DE SEPT DE 2026 · lectura 5 min

Le cuento, estimado lector, porque a mí todavía se me eriza la piel cuando lo recuerdo: había una sala a oscuras, una butaca de paño rojo, y una chica en la pantalla que corría por la calle, tropezaba con su propia sombra y, de pronto, el día volvía a empezar. Era 2006 y La chica que saltaba a través del tiempo aterrizó en Japón como una pequeña bala de ciencia ficción adolescente, romántica y filosófica, casi sin hacer ruido. Dos décadas después, esa misma bala vuelve a la pantalla grande y me parece una de esas noticias que uno recibe con la sonrisa medio pícara, porque nos permite reencontrarnos con una historia que hablaba, sin solemnidades, de lo difícil que es crecer.

Una función para noctámbulos

  • Cuándo: viernes 2 de octubre de 2026, a las 22:30.
  • Dónde: Cines Verdi de Madrid y Barcelona.
  • En qué formato: versión original con subtítulos en castellano.
  • En qué marco: ciclo Anime Day que esas salas sostienen desde 2026.
  • Entradas: disponibles en la web de los Cines Verdi.

La distribuidora Selecta Visión vuelve a empujar la película hacia la pantalla grande con un motivo redondo: se cumplen veinte años de su estreno japonés. Esas dos décadas no son un dato decorativo, porque la película dirigida por Mamoru Hosoda y animada por el estudio Madhouse se sostiene justamente en esa idea del paso del tiempo, del volver atrás y de entender, tarde o temprano, que no se puede repetir todo lo que uno quisiera repetir.

La historia: un don con fecha de vencimiento

El punto de partida es de esos que atrapan a cualquiera que haya tenido quince años: la protagonista descubre, casi por accidente, que puede retroceder en el tiempo y repetir escenas de su vida cotidiana. Al principio la tentación es la más terrenal del mundo: rehacer un examen, evitar un papelón, contestar mejor en una discusión, robarle unos minutos extra a la mañana. La película se divierte con esas pequeñas trampas al destino, y uno como espectador se ríe porque reconoce, en esa chica, la misma fantasía que todos tuvimos alguna vez: la de poder borrar un mal día con un botón invisible.

“Los saltos temporales no son infinitos, y cuando ella lo descubre, la historia cambia de tono: deja de ser un juego y se convierte en una pregunta sobre la responsabilidad, los afectos y las consecuencias de querer arreglarles la vida a los demás.”Verónica Cardozo

A mí, se lo confieso, eso es lo que más me conmueve del relato de Hosoda: que el súper poder no resuelve nada por sí solo, sino que obliga a la protagonista a preguntarse qué le debe a sus amigos, qué le debe a la persona que quiere y, sobre todo, qué se debe a sí misma. Es un argumento sobre la madurez, pero contado con la liviandad del mejor anime, sin moralejas en mayúsculas y con una sensibilidad que todavía, dos décadas después, se siente fresca.

Hosoda antes de la chica que saltaba

Para entender por qué esta película pesa tanto en su carrera, vale la pena repasar de dónde venía Hosoda cuando se sentó a dirigirla. Antes de este salto al cine, había trabajado en series y largometrajes ligados a gigantes de la animación japonesa como Digimon, One Piece y Samurai Champloo, títulos que muestran una formación en el ritmo, la acción y el dibujo de personajes adolescents. La chica que saltaba a través del tiempo fue, en buena medida, la película en la que ese oficio se encontró con un relato propio, íntimo, y se notó: la película tiene la precisión de quien sabe animar una pelea y, al mismo tiempo, la delicadeza de quien sabe filmar una mirada.

Por qué vale la pena ir al cine a verla

Seamos honestos, querido lector: uno puede verla en el sillón, con el control remoto a mano y una taza de té. Pero hay algo en este tipo de historias, cargadas de silencios y de suspenso (perdón, se me fue el chanfle: me refiero a esa tensión que se acumula antes de cada salto), que pide una sala a oscuras. Verla con otros, escuchar las risas cómplices del público cuando la protagonista hace trampa con el reloj, es parte de la experiencia. Además, son apenas cuarenta años de público bien entrado en los cuarenta y los cincuenta, los que más disfrutarán este cruce entre la nostalgia del anime que marcó a una generación y la vigencia de una historia que habla, en el fondo, de lo caro que sale no aprender a soltar.

Mi postura, sin vueltas

Yo, si me preguntan, voy. Voy porque la vi cuando era más joven y me hizo llorar de una manera que todavía me cuesta explicar, esa lágrima que no es de tristeza sino de reconocimiento, como cuando uno entiende de golpe que ya no puede volver atrás en ciertos momentos. Voy porque este tipo de funciones únicas, a las 22:30, en versión original, en una sala independiente como los Verdi, tienen algo de ritual urbano: son una manera de cuidarnos, de regalarnos una noche distinta en medio del ruido cotidiano. Y voy, sobre todo, porque me gusta pensar que una chica que aprendía a saltar a través del tiempo nos termina enseñando, veinte años después, que la única forma honesta de habitar el presente es haciéndose cargo de él. Tendía, en guaraní, le decimos a ese gesto de hacerse cargo de los afectos. Y eso, justamente, es lo que Hosoda puso en pantalla con la elegancia de los que saben que las mejores historias no necesitan explicar lo importante: basta con mostrarlo.

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Verónica CardozoCultura y espectáculos

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