Stalingrado, el infierno blanco que el cine alemán reconstruyó pieza por pieza
A treinta años de su estreno, la película de Joseph Vilsmaier sigue siendo una de las reconstrucciones bélicas más descomunales que se hayan filmado: doce mil extras, treinta grados bajo cero y una ciudad que tuvo que inventarse de cero porque la original ya no existía.
Me acuerdo de la primera vez que vi Stalingrado, la película alemana de 1993, en un canal de cable una madrugada de domingo. Era una de esas cintas que te encontraban de chico, sin buscarla, y te dejaban pegado al sillón con la mandíbula tensa. Hoy, treinta años después de su estreno, la recupero en streaming y me sigue pareciendo igual de devastadora, y eso que ya no es ni por asomo la producción bélica más escalofriante que existe. Tiene otra cosa: el mérito artesanal de haber sido ensamblada a fuerza de paciencia, frío y cientos de miles de horas de trabajo manual, en una época en la que casi todo lo que ves en pantalla era de verdad.
El contexto ayuda a entender la magnitud del asunto. La Batalla de Stalingrado arrancó en agosto de 1942 y se extendió durante meses, hasta la histórica rendición del Sexto Ejército alemán. Se calcula que dejó cerca de dos millones de muertos entre ambos bandos y está catalogada entre las más sangrientas de toda la Segunda Guerra Mundial. En su diario, Joseph Goebbels recogió que Adolf Hitler consideraba la toma de Stalingrado una necesidad psicológica urgente, por el valor simbólico que la ciudad tenía para el régimen soviético. La orden fue tajante: las tropas no debían rendirse bajo ninguna circunstancia.
Una novela de 1945 recién convertida en película en los noventa
Llevar ese episodio al cine tomó décadas. La novela del escritor alemán Theodor Plievier se publicó en 1945, apenas terminado el conflicto, y hubo que esperar casi cincuenta años para que alguien se animara a adaptarla. El director Joseph Vilsmaier, que ya había probado mano firme en títulos como Stalingrado (que en alemán se titula literalmente igual que la batalla, Stalingrad) y más tarde se haría conocido también por, contó con un presupuesto de 20 millones de marcos alemanes, equivalentes por entonces a unos 14 millones de dólares, para una producción que se propuso retratar sin atenuantes el horror y el agotamiento de la batalla.
Con los años, la película fue ganando reconocimiento como una referencia del cine bélico europeo, aunque su proyección internacional quedó en parte eclipsada por el estreno posterior de Enemigo a las puertas, la superproducción franco-estadounidense de 2001 con Jude Law, que contó con otro tipo de resonancia comercial. Stalingrado, la de Vilsmaier, funciona como una rareza: un monstruo de torso enorme hecho con medios relativamente modestos, casi artesanos si se la compara con superproducciones posteriores. Esa desproporción entre ambición y recursos es, en buena medida, la explicación de por qué hoy se la sigue mirando con fascinación.
Una pequeña licencia del autor: en guaraní, la palabra ñeheñói sirve para nombrar a esos recuerdos que aparecen solos, sin que uno los convoque, como aquella madrugada de domingo en que la cinta me encontró. Treinta años después de su estreno, Stalingrado sigue mereciendo esa clase de encuentro. Si todavía no la vieron, está disponible en Amazon Prime Video, y honestamente les digo: vale la pena dejarse atravesar por ella, aunque duela. A mí, que ya la vi dos veces, me sigue dejando la misma sensación de frío en los huesos, y al mismo tiempo una admiración enorme por el oficio de quienes la hicieron posible bajo temperaturas que hoy serían impensadas en cualquier rodaje.
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