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VIE, 02 OCT 2026
Entretenimiento

Los Davenport y sus enredos de mantilla y tacones: llega a la pantalla una sática de las novelas británicas

«Un muerto a la hora del té» mezcla casamientos arreglados, romances imposibles y un detective con aires de Poirot en una comedia de 97 minutos que se ríe de las solemnidades de la aristocracia inglesa.

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Verónica CardozoCultura y espectáculos · · lectura 4 min
Los Davenport y sus enredos de mantilla y tacones: llega a la pantalla una sática de las novelas británicas

Imaginate el salón de una casona inglesa, con las paredes tapizadas, una bandeja de plata servida por un mayordomo impecable y el repiqueteo de una cucharita contra la porcelana. En esa atmósfera, propia de un capítulo de cualquier drama de época, irrumpe un cadáver a la hora del té y, con él, un desfile de situaciones que parecen sacadas de un guion que se ríe de sí mismo. Así arranca Un muerto a la hora del té, la comedia británica que propone una mirada burlona sobre los arreglos matrimoniales, las jerarquías del servicio y los misterios de biblioteca con estanterías de caoba.

La película, cuyo título original es Fackham Hall, fue dirigida por Jim O'Hanlon, el mismo realizador que estuvo al mando de la adaptación de Emma de 2009, una referencia inevitable a la hora de pensar en escenarios victorianos y amores cruzados. El guion lleva la firma, entre otros, del humorista Jimmy Carr, conocido por su humor ácido en la televisión británica. El resultado es un filme de 97 minutos donde conviven los juegos de palabras, la comedia de gag físico y una parodia fina de las costumbres de la aristocracia de las islas.

Una boda que no fue y dos hermanas en danza

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Todo se desmorona —y a la vez se arma— cuando los Davenport, una familia de abolengo, ven frustrado un casamiento clave para su futuro económico. Poppy, la mayor, interpretada por Emma Laird, estaba a punto de pasar por el altar con su primo Archibald, al que da vida Tom Felton. El problema es que Poppy ama a otro hombre, alguien de una posición social bastante inferior a la suya. Cuando la boda se cae, las expectativas familiares se vuelcan sobre la pequeña de las hermanas: Rose, a quien Thomasin McKenzie le pone rostro y algo de melancolía.

Porque Rose también tiene lo suyo. Se enamora de Eric Noone, un carterista interpretado por Ben Radcliffe, que llega a la mansión con la misión de entregar una carta y termina, por una de esas vueltas del destino, trabajando dentro del servicio. El mensaje nunca se entrega, pero Eric consigue un puesto y, de yapa, un romance que rompe las barreras que la familia Davenport considera infranqueables. Ese cruce entre patrones y empleados es uno de los motores cómicos centrales.

  • Patrones y empleados cruzados por romances que no deberían existir.
  • Un casamiento entre primos como solución para conservar el patrimonio.
  • Un detective que exagera cada gesto, a la manera de Hércules Poirot, de Agatha Christie.
  • Referencias visuales y de tono que miran de reojo a Downton Abbey.

El detective Watt y el humor de sillón

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Para resolver el entuerto aparece Watt, un investigador encarnado por Tom Goodman-Hill que vuelve deliberadamente los rasgos del célebre Poirot, con bigotito ajustado y modales afectados. La pesquisa avanza entre las paredes empapeladas, los pasillos largos y las reglas de convivencia de la casa, mientras las familias y los criados se cruzan enredos que van del amorío al robo, del secreto familiar a la copita de oporto.

La ambientación conserva los clisés de los dramas históricos: vajilla fina, uniformes con guantes blancos, jardines prolijos y diálogos que suenan a obra de teatro. Lo que cambia es el tratamiento: los chists explotan justo cuando la solemnidad parece más acartonada. Entre los blancos de la parodia están, claro, los casamientos entre parientes y la mania de mantener el apellido y la fortuna dentro de un mismo arbol familiar, algo que en la serie Downton Abbey funcionaba como motor dramático y acá se lleva al ridiculo con una sonrisa torcida.

Una comedia con pedigree

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El reparto completa el cuadro: Thomasin McKenzie, Ben Radcliffe, Emma Laird y Tom Felton —al que muchos recordarán por su paso por la saga de Harry Potter— encabezan una comedia de origen inglés que toma las convenciones del género de época y las hace tropezar a propósito. Es, en el fondo, una carta de amor traviesa a esas ficciones solemnes de la televisión y el cine britanicos.

Como periodista y espectadora, confieso que uno sale de la sala con una sonrisa cómplice, de esas que se comparten al llegar a casa, cuando todavia dura el eco de las risas. Y aunque no es una pelicula para tomarla demasiado en serio, deja pensando sobre algo que, a esta altura, ya parece un mandato cultural: la idea de que ciertos apellidos pesan más que las propias vidas. Los Davenport, con sus tacones altos y sus tés perfectos, nos invitan a reirnos de eso mismo. Y uno, modestamente, acepta la invitación con la taza en la mano, como si fuera un guarani de sobremesa, ese termino que usamos para nombrar a la merienda larga de la tarde, esa costumbre que en las casas inglesas seria, basicamente, la hora del té.

VC
Verónica CardozoCultura y espectáculos

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