Las huellas que vuelven: cómo la historia propia se cuela en la crianza
Un psicólogo especialista en trauma explica por qué cuesta tanto salir de los patrones de la infancia y qué marcas son las más difíciles de soltar a la hora de criar a los hijos.
Son las siete de la tarde y el living de una casa en el conurbano bonaerense todavía tiene ese rumor de sobremesa que se estira, el ruido del ventilador de pie y ese runrún que dejan los platos apilados después de una jornada larga. En ese clima doméstico, una mamá le dice a su nene de seis años que ya no haga ruido, que se quede quieto, y se escucha a sí misma decir exactamente la frase que detestaba de chica, la misma que su propia madre usaba para pedir silencio. Se queda paralizada, con la palabra todavía vibrando en el aire, y entiende que algo de su historia acaba de filtrarse en la crianza sin pedir permiso. Lo que sintió esa mujer en ese instante es, según el psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey, una de las experiencias más comunes y menos advertidas de la maternidad y la paternidad.
Porque nadie empieza a criar desde cero, ni siquiera cuando juramos que vamos a hacer todo distinto a lo que hicieron nuestros padres. Las experiencias de la infancia dejan marcas que reaparecen cuando uno tiene hijos, a veces como repetición del patrón conocido y otras, paradójicamente, como reacción opuesta. Y ahí es donde se vuelve más complicado, porque la reacción opuesta también puede ser un problema.
Lo que se hereda sin querer
McCoubrey lo dice con una frase que sirve de mapa para entender el fenómeno: "Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos". Esa historia no se queda guardada en un cajón, sale a la superficie en la forma de hablar, en el modo de poner límites, en cómo se reacciona ante un berrinche o un conflicto, y hasta en las ideas que circulan en la mesa familiar sobre el éxito, el dinero y el afecto.
El especialista aclara que el problema no está en repetir, porque algo siempre se repite. Lo que hace falta interrumpir, según sus palabras, es "aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida". Es decir, el punto no es borrar la herencia, sino distinguir qué parte de esa herencia lastima.
Las marcas más difíciles de soltar
Las huellas que más cuesta cambiar no siempre son las más visibles. Muchas están tan incorporadas al funcionamiento cotidiano que no se cuestionan durante años y se transmiten casi sin que nadie las advierta. Entre las que el especialista enumera como las más frecuentes están:
- Pérdidas silenciadas: muertes, mudanzas, separaciones que en la familia de origen no se pudieron nombrar ni elaborar, y que reaparecen como malestar difuso en la adultez.
- Violencias naturalesificadas: gritos, castigos físicos o humillaciones que en la casa de los padres se vivían como "normales" y que uno repite sin darse cuenta.
- Vergüenzas heredadas: la sensación de que ciertas emociones, deseos o cuerpos eran algo de lo que había que avergonzarse.
- Mandatos que pasan de generación en generación: frases como "en esta familia no se llora", "hay que trabajar sí o sí" o "el estudio es lo único que importa" se transmiten como reglas de oro sin fecha de vencimiento.
El hilo conductor de estas marcas suele ser la rigidez: la dificultad para tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo distinto de lo que uno tenía previsto. Y ahí aparece el primer riesgo, que es no ver al hijo real que se tiene enfrente, sino al hijo imaginario que uno armó con los restos de la propia historia.
Hacer lo contrario tampoco alcanza
Muchos padres y madres, sobre todo los que atravesaron crianzas duras, llegan a la paternidad jurando que van a hacer todo lo opuesto. Y eso, advierte McCoubrey, puede ser una trampa con forma de solución. "Criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres". Quien se crió en un hogar rígido puede terminar creyendo que cualquier frustración es traumática y caer en una sobreprotección que también deja marcas, porque un chico que nunca aprende a tolerar un límite razonable queda tan desarmado como el que nunca recibió un abrazo.
Mirar al hijo concreto, no a la propia historia
Para el psicólogo, el criterio central no es buscar un punto medio matemático entre lo que se vivió y lo que se sueña, sino mirar al hijo concreto que se tiene enfrente. "Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla. Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver", resume. La diferencia, insiste, no está en la teoría sino en la sensibilidad con la que se aplica.
Las señales de que la propia historia se está metiendo
Una de las pistas más claras, según el especialista, es la desmedida de la reacción frente a una situación cotidiana. Una desproporcionada porque el nene se demoró en vestirse, un ataque de ansiedad porque no se sacó la nota esperada, una necesidad imperiosa de tener todo bajo control en la merienda: todos esos desbordes suelen hablar menos del hijo y más de la historia del padre o de la madre. Cuando la intensidad no se corresponde con el hecho, conviene preguntarse de dónde viene esa carga.
“A veces el primer cambio no es no gritar nunca; es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma
La escena del principio se repite en miles de casas del país, en más livings con ventilador de pie y olor a café recalentado. La mamá que escucha su propia voz en la boca y se angustia, el papá que se promete no repetir a su padre y termina repitiéndolo sin querer, la abuela que reconoce en el nieto la misma tristeza que ella tuvo que esconder. Romper el ciclo no requiere grandes gestos ni terapias eternas, según el especialista, sino algo mucho más modesto y a la vez más difícil: la disposición de mirarse uno mismo mientras se mira al hijo. Y ahí, en esa mirada doble, empieza a escribirse una crianza distinta.
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