La vuelta al mundo en silla de ruedas: dos amigos australianos que se negaron a quedarse en casa
Fletcher Crowley y Lachie Bennett recorrieron cuatro continentes en tres meses, desafiando cada barrera arquitectónica con un lema que los define: el mundo no es accesible, ellos sí.
Son casi las once de la noche en Hong Kong y Lachie Bennett tiene la camiseta empapada. Carga a Fletcher Crowley sobre la espalda, ajusta el agarre y empieza a subir, escalón por escalón, los 268 peldaños que separan la base del teleférico de la explanada donde se levanta el Gran Buda. Arriba los espera una estatua de bronce de más de veinte metros, pero también algo que ninguno de los dos va a poder nombrar en mucho tiempo: la certeza de que, cuando uno se propone algo de verdad, casi siempre aparece la manera de hacerlo. Lo cuentan todavía con la voz un poco temblorosa, como si acabaran de bajarlo.
Fletcher tenía diecisiete años cuando un accidente en bicicleta de montaña le fracturó dos vértebras y lo dejó parapléjico. Puede ponerse de pie y caminar algunos pasos con esfuerzo, pero el cuerpo se le agota rápido y la silla se vuelve, en la práctica, su modo habitual de moverse. Lo que pasó después fue, según reconstruye hoy, una decisión consciente de no dejar que esa silla se convirtiera en una frontera. Años más tarde, ya instalado en Sídney como terapeuta en un centro de recuperación para personas con lesiones medulares, se reencontró con alguien que conocía de toda la vida: Lachie, su amigo del colegio, que trabajaba en el mismo lugar. La amistad, que había quedado en stand by durante la adolescencia, se rearmó en una cena de turno nocturno.
Una cena, dos ansiedades y un destino en común
En esa mesa de hospital, charlando entre turno y turno, descubrieron que compartían más que los recuerdos del secundario: a los dos les gustaba la música, la moda, conocer gente nueva y, sobre todo, lanzarse a experiencias que a la mayoría le parecen razonablemente evitables. Pero lo que terminó de sellar el vínculo fue algo más íntimo que no suele aparecer en una primera conversación. Los dos habían pasado por episodios de ansiedad y habían aprendido, cada uno a su manera, a manejarlos. Esa coincidencia, dicen, les permite entenderse con una mirada y ahorrarse las explicaciones que a veces cuesta dar.
El viaje grande empezó casi sin querer. Iban a comprar una escapada de dos semanas cuando apareció, como suele aparecer, una oferta de vuelta al mundo con varias escalas. La compraron sin deliberar demasiado, con la calma de los que ya saben que el tiempo pasa. El itinerario terminó incluyendo Hong Kong, Italia, Austria, Suiza, Países Bajos, Francia, España, Brasil y Sudáfrica, todo en tres meses, con la silla plegada en la bodega de cada avión y un bolso de mano cargado de paciencia.
Lo que hicieron en cada continente (y cómo lo hicieron)
- En Hong Kong, Lachie cargó a Fletcher en la espalda para subir los 268 escalones del Gran Buda; definieron la llegada arriba como un momento surrealista.
- En Italia, Austria, Suiza, Países Bajos, Francia y España recorrieron ciudades, se cruzaron con gente que los seguía por redes y hasta durmieron una noche en una capilla del siglo X cerca de Niza, invitados por una familia suiza que los alojó en su casa.
- En Brasil se metieron en la selva en cuatriciclo y aceptaron cada sugerencia que les hicieron los locales.
- En Sudáfrica hicieron safari, bucearon con tiburones y volaron en parapente, tres actividades que concentran buena parte de los miedos universales en una sola tarde.
La logística, claro, no siempre fue amable. Algunos lugares resultaron directamente inaccesibles para la silla y entonces aparecieron dos opciones: buscar una ruta alternativa o resignarse a que Lachie terminara cargando a Fletcher a cuestas, algo que en distintas etapas del viaje se repitió más de lo que ambos hubieran querido. Puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione, reconocieron al repasar la experiencia. La frase suena a manual de viajes, pero también a una forma de vivir que ellos sostienen desde hace rato.
Cómo se financia una aventura así
El arranque fue con ahorros propios, los de dos pibes trabajadores con proyectos medianos. Cuando empezaron a subir videos a las redes, la respuesta los sorprendió: la audiencia creció rápido, les llegaron mensajes de gente que seguía sus pasos y, sobre todo, se abrió una campaña de micromecenazgo que les dio el margen para decidir sobre la marcha. Gran parte del alojamiento se resolvió también por esa vía, gracias a la hospitalidad de desconocidos que se convirtieron en anfitriones, y de amigos que les ofrecieron sus casas. El resto se fue armando con combinaciones de bajo costo, paciencia y algo de improvisación.
Volvemos a Hong Kong, al pie del Gran Buda, donde la noche empieza a caer y todavía se escucha, arriba del todo, el murmullo de los visitantes que se sacan fotos. Lachie seca el sudor de la frente con el dorso de la mano y mira a Fletcher, que está sentado sobre un banco de piedra, acomodándose la ropa. No hacen falta grandes declaraciones para entender lo que acaba de pasar: llegaron. Y eso, en un mundo que todavía no está diseñado para todos, ya es una manera de moverse. Su lema, el que repiten cada vez que alguien les pregunta por qué, sigue sonando simple y un poco desafiante a la vez: el mundo no es accesible, nosotros lo somos.
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