La vez que Hugh Grant estuvo a punto de decir presente en la sitcom más ruidosa de la tele estadounidense
Chuck Lorre reveló en sus memorias que el británico negoció durante semanas para sumarse a "Dos hombres y medio" tras la salida de Charlie Sheen, pero un bloqueo personal lo dejó a un paso del contrato. La silla terminó ocupándola Ashton Kutcher, y la serie siguió su curso hasta 2015.
Me imagino la escena como si la estuviera viendo: una sala de reuniones en Los Angeles, a finales de 2011, con Chuck Lorre y Lee Aronsohn del otro lado de la mesa y un Hugh Grant de traje impecable firmando un contrato que le iba a cambiar la agenda laboral por completo. La oferta estaba sobre el papel: setecientos cincuenta mil dólares por capítulo y una semana laboral de apenas cuatro días. Un sueño americano con acento británico, vaya uno a saber. Pero el final de esa reunión fue bien distinto al que los productores habían imaginado, y el protagonista de esta historia se levantó, se fue y nunca más contestó el teléfono.
La confesión llega ahora de la mano de "Sitcom", el libro de memorias que Chuck Lorre está terminando de escribir y del que se conocieron algunos extractos en las últimas horas. Ahí, el creador de "Dos hombres y medio" repasa uno de los momentos más turbulentos de la producción: la salida de Charlie Sheen en medio de un escándalo público y la urgencia por encontrar a alguien capaz de sostener el rating de uno de los programas más vistos de la televisión norteamericana. Antes de probar con Ashton Kutcher, los productores pusieron los ojos en Grant.
Un actor acostumbrado a otro registro
Hugh Grant viene de un mundo donde el timing se mide en silencios incómodos y en rubores faciales, no en silencios dos segundos más tarde para que el público del estudio pueda soltar la carcajada. Pensemos en sus papeles en comedias románticas como "Notting Hill" o "Cuatro bodas y un funeral": cada gesto está pensado para la cámara, no para un patio de butacas con trescientas personas mirando. Ese fue justamente el punto que frenó la negociación, según el relato de Lorre.
“Grant manifestó que actuar frente a una audiencia en vivo le generaba un temor genuino. Las sitcoms grabadas con público presente son un formato habitual en la televisión norteamericana.”extracto de las memorias de Chuck Lorre
La solución que le propusieron desde la producción tenía lógica: grabar sin público en el plato y sumar las risas después, en la posproducción. Un parche razonable, cómodo, y que muchos elencos aceptan sin chistar. Con esa condición sobre la mesa, Grant volvió a sentarse a negociar. Lorre cuenta que incluso llegaron a escribir un par de escenas de prueba para mostrarle cómo sería su personaje. Pero algo se cortó en el último momento, como cuando uno está por firmar un préstamo y le tiembla el pulso.
El reemplazo que finalmente fue
Con Grant fuera de carrera, la producción se movió rápido y el sillón de coprotagonista terminó ocupado por Ashton Kutcher, que debutó en la novena temporada, estrenada en septiembre de 2011. Kutcher le dio a la serie un perfil más joven, más ligado al universo de la tecnología y las redes sociales, y se mantuvo al frente del programa durante cuatro temporadas más, hasta el capítulo final que se emitió en febrero de 2015.
La frase que más me quedó dando vueltas, y se la robo a Lorre casi sin disimulo, es que Grant estuvo a punto de firmar. A punto. Esa es la palabra que define toda la historia: un paso en falso, un nervio que se cruza en el momento menos pensado, y una decisión que cambia el destino de una serie entera. Me quedo pensando qué hubiera pasado con el tono de la comedia si el británico se hubiera animado: tal vez menos público y más mirada a cámara, tal vez un Walden Schmidt más ácido y menos entrañable, tal vez una serie distinta. Pero también pienso que a veces uno hace bien en escuchar esos miedos que le cruzan la panza, aunque duelan, aunque dejen una silla vacía. A veces el mejor papel es el que uno decide no hacer, y en guaraní hay una palabra que me gusta traer para estos casos: ñeñói, que se usa para nombrar esa vocecita interior que nos dice para que algo no va, antes incluso de que sepamos bien por qué. Grant le hizo caso a su ñeñói, y Lorre se quedó con la anécdota perfecta para el cierre de sus memorias.
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