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VIE, 25 SEPT 2026
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La última encomienda de Bryan: la película de Resident Evil que Zach Cregger filmó en Praga con la nieve como aliada

Austin Abrams vuelve a cruzarse con el director de Weapons para protagonizar una adaptación de 95 minutos centrada en un mensajero que termina convertido en la pesadilla que intentaba sobrevivir

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Verónica CardozoCultura y espectáculos · 25 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

La puerta de un hospital de Raccoon City se abre con un paquete sin destinatario claro y, a partir de ahí, la historia de Resident Evil empieza a correr con el ritmo de alguien que huye sin haber sido entrenado para hacerlo. La nueva película de Zach Cregger, el realizador de Weapons, dura alrededor de 95 minutos y tiene como protagonista a Bryan, un mensajero que solo quiere completar su última entrega y volver con su novia, que lo espera embarazada. Ese punto de partida, tan simple como una encomienda, es el motor de una adaptación que se anima a tomar los videojuegos como punto de partida y llevarlos a un registro cercano al terror corporal.

Lo primero que uno imagina al escuchar que Austin Abrams vuelve a trabajar con Cregger es que la dupla repite la química de Weapons. Y en parte es así: el actor se mueve cómodo en el tono que el director propone, ese punto medio entre la tensión, el humor seco y la incomodidad que va creciendo. Pero acá el registro cambia, porque Abrams interpreta a un personaje común, sin manual de supervivencia, y según contó él mismo se propuso sostener esa condición de persona fuera de su elemento durante las persecuciones y los enfrentamientos con las criaturas. No es un héroe de película de acción, es alguien que se tropieza con el apocalipsis mientras cumple un horario de reparto.

Un rodaje con la nieve como coprotagonista

La película se filmó en Praga, y el clima europeo se metió de lleno en la producción. Hubo escenas de carrera sobre la nieve y jornadas de frío intenso, con el detalle casi costumbrista de que la propia lluvia se congelaba sobre el vestuario del elenco. Abrams lo recordó como uno de esos rodajes donde la incomodidad termina siendo parte del método, porque el cuerpo del actor transmite lo que le pasa al personaje sin necesidad de grandes explicaciones.

A ese frío físico se sumó otro desafío, más interno: la transformación física de Bryan a medida que la infección avanza. El actor tenía que mostrar el deterioro de un cuerpo que deja de pertenecerle, y para la etapa final, cuando el mensajero ya se convirtió en una criatura de gran tamaño, Cregger le pedía que intensificara los rugidos. Abrams lo contó con una honestidad que desarma: describió la incomodidad de actuar como un monstruo y la necesidad de comprometerse con lo que imaginaba durante la filmación. Ahí aparece una palabra que me gusta mucho en estos contextos y que el cine de género le debe a tradiciones que en esta nota, viniendo del Río de la Plata, bien podemos sumar: el mboyerete, ese estado de alteración en el que el cuerpo empieza a dejar de reconocerse propio, un término del guaraní que describe justamente cuando la calma se rompe y algo nuevo, más oscuro, se apodera de uno. La película trabaja mucho sobre esa sensación.

El final: lo que pasa con Bryan y con el virus

Atención, porque a partir de acá la nota incluye detalles del desenlace. Durante el recorrido, Bryan atropella accidentalmente a una mujer que empieza a convertirse en zombi. Después huye de un policía y encuentra refugio en una granja, un clásico del género que acá funciona como pausa falsa. El envío que carga desde el principio agrega una posibilidad a su intento de sobrevivir: transporta un antídoto para el virus T, aunque él ya recibió una mordedura.

La transformación avanza y termina convirtiéndolo en una de las criaturas que intentaba esquivar. Abrams señaló que lo sorprendió la decisión de llevar al protagonista hasta su muerte y, sobre todo, frustrar aquello por lo que había luchado durante toda la película. En su lectura, ese desenlace permite contar cómo el virus siguió extendiéndose pese a que existía una oportunidad concreta de detenerlo. Por eso describió a Resident Evil como una historia de orígenes: no la llegada del héroe, sino la escena del crimen que originó la pesadilla.

  • Duración aproximada: 95 minutos.
  • Protagonista: Austin Abrams como Bryan, un mensajero común sin entrenamiento para el horror.
  • Director: Zach Cregger, la misma dupla detrás de Weapons.
  • Rodaje en Praga con escenas de carrera sobre la nieve y lluvia que se congelaba sobre el vestuario.
  • El envío que transporta Bryan contiene un antídoto para el virus T, pero él ya había sido mordido.
  • El final muestra a Bryan convertido en criatura y muere, pese a tener la cura a mano.
  • Abrams describió la película como una historia de orígenes del brote.

Si me preguntan qué se van a encontrar al sentarse frente a esta adaptación, les digo lo que creo después de leer todo el material y de conocer la trayectoria de Cregger: van a encontrar a un antihéroe obligado, un director que disfruta incomodar y un final que, en lugar de cerrar la historia, abre la puerta a todo lo que viene después. A mí, personalmente, me gusta cuando una película de terror se anima a arruinarle el plan al personaje que pasamos la hora y media acompañando, porque le devuelve al género algo que el cine de franquicias suele perder de vista: que las amenazas ganan más de lo que admitimos. Y eso, miren, es lo más honesto que puede hacer Resident Evil cuando se niega a ser una postal retro y decide ser, de verdad, el comienzo del desastre.

VC
Verónica CardozoCultura y espectáculos

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