La terapia acuática gana terreno en la rehabilitación: por qué cada vez más profesionales la indican para dolores y lesiones
Cuatro propiedades del agua —flotabilidad, resistencia, presión hidrostática y temperatura— abren un camino distinto para recuperar la movilidad. Especialistas consultados explican en qué consiste, qué cuadros clínicos se benefician y cómo se arma una sesión tipo.
El agua tibia de la pileta, filtrada y a una temperatura levemente superior a la del cuerpo, envuelve las piernas del paciente y le quita casi la mitad del peso que cargaría parado en el suelo de un consultorio. Desde el borde, una fisioterapeuta marca el ritmo, indica cada movimiento y corrige la postura con la voz, mientras el consultante avanza de a poco con ejercicios que, en seco, le habrían resultado dolorosos o directamente imposibles. Es una escena frecuente en los centros de rehabilitación que incorporaron hidroterapia, una modalidad que lleva décadas en el mundo y que en los últimos tiempos se afianzó en la Argentina como complemento de tratamientos traumatológicos, reumatológicos y neurológicos.
Cuatro propiedades que cambian la forma de moverse
La terapia acuática es una forma de rehabilitación que se desarrolla en piletas de poca profundidad, casi siempre de uno a un metro cuarenta, bajo la supervisión de fisioterapeutas o terapeutas ocupacionales. No hace falta saber nadar, ni se trata de una rutina deportiva clásica: cada plan se diseña a partir de una evaluación individual y se ajusta al estado clínico, la condición física y los objetivos que persigue el paciente. Las sesiones suelen combinar movilidad articular, ejercicios de piernas y brazos, trabajo de equilibrio y práctica de marcha, en un circuito que cambia según la respuesta de la persona.
Lo que distingue al agua como herramienta terapéutica son cuatro propiedades físicas, que se potencian entre sí y que el profesional administra de manera calibrada:
- Flotabilidad: con el agua a la altura de la cintura, el cuerpo percibe alrededor de la mitad de su peso, lo que reduce el impacto sobre articulaciones desgastadas o en recuperación y permite iniciar movimientos antes que en tierra.
- Resistencia: el agua ofrece hasta setecientas veces más resistencia que el aire, de modo que cada desplazamiento trabaja la musculatura sin necesidad de pesas ni máquinas.
- Presión hidrostática: esa misma envoltura del agua, sumada a la falta de gravedad, ayuda a reducir la hinchazón de los tejidos blandos.
- Temperatura: el agua tibia, en general entre 33 y 35 grados, favorece la relajación muscular y disminuye la rigidez, lo que vuelve más tolerable cada ejercicio.
Una sesión tipo y la palabra de una especialista
A la descripción general se suma la mirada clínica de la fisioterapeuta Jenea Smith, de la Universidad de Missouri, que suele presentar la modalidad como una fisioterapia con el aporte de la ingravidez. En sus explicaciones, Smith señaló que el trabajo en pileta puede emplearse para fortalecer el tronco y mejorar el equilibrio antes de avanzar hacia los ejercicios en tierra, justamente porque en el agua el paciente gana confianza, puede probar patrones de movimiento que le cuestan afuera y reduce el riesgo de caídas mientras reaprende la marcha.
Qué cuadros clínicos pueden beneficiarse
Aunque los protocolos se diseñan caso por caso, hay un grupo de situaciones para las que la indicación aparece con más frecuencia. La lista incluye desde dolores articulares crónicos hasta recuperaciones posquirúrgicas, pasando por problemas neurológicos. Los más habituales son los siguientes: artritis y osteoartritis, sobre todo en rodilla, cadera y hombro; lesiones en rodilla, tobillo, cuello y zona lumbar; hernias discales y estenosis espinal; fibromialgia y otros cuadros de dolor crónico; recuperaciones previas y posteriores a cirugías ortopédicas; y condiciones neurológicas como enfermedad de Parkinson, esclerosis múltiple y secuelas de accidente cerebrovascular, donde el sostén del agua facilita la práctica de coordinación y marcha con menor riesgo de caídas.
Los programas suelen organizarse en ciclos cortos, de entre dos y ocho sesiones, con el objetivo de medir la respuesta del paciente y decidir después si se sostienen, se ajustan o se rotan hacia la rehabilitación en seco.
En el borde de aquella pileta, al final de la sesión, el paciente vuelve a pararse en el agua y a caminar unos pasos tomado de la fisioterapeuta, con menos quejas en la rodilla y con la sensación de que, después de varias semanas, su cuerpo empieza a recordar cómo moverse sin dolor. Afuera, lo espera la tierra firme.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Alerta Litoral