La bola que Lorca no llegó a tirar: la película que imagina lo que el poeta calló
Javier Calvo y Javier Ambrossi retomaron las cuatro páginas que Federico García Lorca dejó sin terminar y construyeron un film de ficción que ensaya una respuesta posible al destino del joven Carlos, el muchacho granadino que soñaba con entrar a un casino.
Lo imagino como un objeto casi sagrado: cuatro hojas amarillentas guardadas en una caja fuerte que mantiene la temperatura exacta, veintiún grados, ni uno más ni uno menos, como si la humedad pudiera desarmar las palabras de un muerto que todavía tiene cosas para decir. Ahí, entre ese puñado de páginas, sobrevive el arranque de La bola negra, una pieza teatral que Federico García Lorca alcanzó a esbozar antes de que el verano del 36 se lo llevara para siempre. Más de ocho décadas después, Javier Calvo y Javier Ambrossi, los mismos que ya habían sacudido al público con La llamada y con el universo de Veneno, decidieron entrar a esa caja fuerte con una cámara en la mano y salir con una película que no busca completar la obra: se atreve a preguntarse, con honestidad, qué habría pasado si el dramaturgo hubiera seguido escribiendo.
La propuesta de los directores españoles parte de un ejercicio que ellos mismos definen con una fórmula tan breve como elocuente: todo es un «qué hubiese sido si». No hay voluntad de impostura ni de suplantar la voz de Lorca; lo que hacen es tomar el material que dejó —el manuscrito, el elenco de personajes que tenía previsto, sus cartas, los recuerdos de quienes escucharon de su boca el rumbo que pensaba darles— y usarlo como mapa para imaginar los tramos que nunca se escribieron. Es, si se quiere, una manera de sentarse a la mesa con un autor muerto y conversar con su fantasma sin fingir que es él quien habla.
La historia que el poeta alcanzó a contar
La pieza original ponía en escena a Carlos, un joven de Granada que aspira a ser aceptado en un casino local. La decisión no se tomaba a las piñas ni en un pasillo oscuro: se resolvía con una votación en la que cada socio del casino depositaba una bola, y si las negras se imponían, el rechazado quedaba afuera, marcado por el veredicgo de sus pares. Lorca le contó el argumento al dramaturgo Cipriano Rivas Cherif, y en los testimonios que han quedado se intuye que el verdadero motivo de la exclusión era la homosexualidad del muchacho, aunque las páginas que sobrevivieron no lo digan de manera explícita. Esa zona de sombra —lo que el autor sabía y eligió no volcar en el papel— es, justamente, el espacio donde Calvo y Ambrossi eligieron trabajar.
“La película no pretende ser el final que Lorca hubiera escrito; es, en todo caso, una de las respuestas posibles a una pregunta que el poeta dejó abierta.”Lectura del equipo de dirección
- Las cuatro páginas del manuscrito original, conservadas en una caja fuerte a 21 grados.
- Un elenco proyectado de hasta 36 personajes, entre familiares y amigos del protagonista.
- Cartas del propio Lorca y recuerdos de allegados que escucharon sus planes para las escenas que nunca llegaron.
- Una conversación entre Carlos y su hermana, extraída del fragmento que sí se conserva, que los cineastas incorporaron al film.
- Un desenlace imaginado que dialoga con los temas recurrentes del autor: el deseo, el honor, la presión social y la exclusión.
Un rompecabezas con piezas de tres orígenes
Lo fascinante del proyecto es el modo en que los directores armaron la película: no se trata de una adaptación convencional, ni de un biodrama al uso, ni de un ensayo documental. Es las tres cosas a la vez y, al mismo tiempo, ninguna. Hay un trabajo de archivo minucioso —volver sobre las palabras que Lorca dejó, sobre los nombres que tenía en la cabeza, sobre las cartas en las que deslizaba pistas—, hay una operación cinéfila que toma esos fragmentos como materia viva y los pone en escena con actores, y hay, sobre todo, una hipótesis emocional: la de preguntarse qué sentía un joven al que una comunidad entera estaba a punto de dejar afuera por ser quien era. A mí, que vengo siguiendo a Calvo y Ambrossi desde sus primeros cortos y que los descubrí en esa La llamada que parecía una comedia descarada y resultaba ser un retrato feroz de la culpa católica, me conmueve ver cómo crecen como autores: se plantan delante de un material enorme, sagrado si se quiere, y en vez de esconderse lo miran de frente, le preguntan qué le faltó y le ofrecen una respuesta posible, modesta y a la vez audaz.
Quiero ser honesta con quien lee: no les voy a decir que esta película sea Lorca, porque no lo es ni pretende serlo. Les digo algo que me parece más interesante: es una película que le habla a Lorca en un idioma que él hubiera entendido, el de la escena, el del cuerpo en el espacio, el de un chico que se para delante de una puerta y no sabe si lo van a dejar pasar. Y en ese idioma, el del teatro que se hace cine y del cine que se acuerda del teatro, los directores españoles firman una de sus apuestas más arriesgadas. La bola que Lorca no llegó a tirar sigue rodando, y esta vez son otros los que la empujan.
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