El viaje de Milo en tren: la película que dos amigos empezaron y que uno de ellos ya no llegó a ver en Buenos Aires
El debut cinematográfico de Toto Ferro junto a Lucas Vignale, fallecido en junio en Brasil, llega a la Sala Leopoldo Lugones y al Malba con la historia de un chico de General Madariaga que quiere conocer la ciudad que sólo vio en pantalla.
Me imagino la sala a oscuras, las butacas todavía tibias, y en la pantalla a un nene de nueve años que mira por la ventanilla como si el mundo entero fuera una película. Eso es, más o menos, lo que propone El tren fluvial, la película que Lorenzo Toto Ferro y Lucas Vignale empezaron a rodar juntos y que ahora llega a Buenos Aires con la huella de un duelo todavía fresco, el de la muerte de Vignale en un choque de helicópteros en Río de Janeiro, el 14 de junio pasado, cuando tenía apenas 28 años.
La cita porteña es el jueves 8 de octubre en la Sala Leopoldo Lugones, y desde el 10 se suma el Malba, en funciones que permiten ver por fin en la ciudad una película que ya anduvo por el mundo: tuvo su estreno en la sección Perspectives de la Berlinale, pasó por el Festival Internacional de Cine de Uruguay, por New Directors/New Films organizado por el MoMA y Film at Lincoln Center en Nueva York, por la competencia internacional del BAFICI (donde se llevó una mención especial de FEISAL) y por Horizontes Latinos, en San Sebastián. Para Ferro, que ya tenía trabajo como actor, es su debut como director de largometrajes, un paso que dio de la mano de un amigo.
Milo, el chico que quiere subirse a un tren
En el centro de la historia está Milo, un nene que practica malambo y carga con las expectativas de su familia sobre un futuro como bailarín. Lo que él quiere, en cambio, es otra cosa: subirse a un tren y conocer Buenos Aires, una ciudad que sólo conoce a través del cine. Decide entonces viajar solo, y esa decisión es el motor de un relato chico en apariencia pero enorme en lo que se propone, que es nada menos que contar el deseo de ver mundo de alguien que todavía tiene el mundo por delante.
El que interpreta a Milo es Milo Barría, un chico que los realizadores conocieron en General Madariaga mientras trabajaban en otro proyecto. Tenía ocho años, bailaba malambo y, según contó Ferro, terminó aportando cosas propias al personaje: no sólo la relación con la danza, sino también una idea sobre los trenes que acercó él mismo. A su alrededor se suman Rita Pauls, Mariano Barría y Fabián Casas, entre otros, en un elenco que mezcla actores profesionales con un debutante absoluto que se banca la película al hombro.
Una película que se fue haciendo mientras se filmaba
Lo que me gusta contar, porque habla de cómo se hizo esta película, es que no se escribió y se ejecutó punto por punto, sino que se fue construyendo sobre la marcha. Ferro recordó que el equipo compartía hotel, que después de cada jornada se juntaban a charlar sobre las escenas y revisaban lo grabado antes de armar el día siguiente. De esas conversaciones, contó, podían salir escenas nuevas que se incorporaban al rodaje. Con Milo, en particular, el trabajo fue casi un juego: alternaban tomas con partidas, buscaban distintas formas de sostener la atención de un chico de ocho años delante de una cámara sin que la cámara se le volviera un peso.
Seguir mostrándola, una forma de mantener vivo a Vignale
La llegada a Buenos Aires tiene, inevitablemente, un condimento que la vuelve más emotiva. Lucas Vignale murió el 14 de junio en Río de Janeiro, en un choque de dos helicópteros, días después de haber acompañado a Ferro en la presentación neoyorquina. Para Ferro, seguir exhibiendo la película es una manera de “mantener vivo algo de lo que fue”. Y ahí aparece, en guaraní, una palabra que me parece justo traer: la idea de ñehenói, que en idioma guaraní se usa para nombrar el recuerdo vivo, el nombre que se nombra para que la persona siga presente. Eso es, en el fondo, lo que Ferro propone con cada nueva función de El tren fluvial: mantener vivo, a fuerza de proyección, un fragmento de Lucas.
Si me preguntan a mí, y ya que me lo permiten, les digo que El tren fluvial es de esas películas que parecen pequeñas y dejan pensando bastante. Cuenta la aventura mínima de un nene que quiere ver una ciudad y, en el camino, termina contando la de dos realizadores que también estaban empezando a ver mundo juntos, uno desde el otro lado de la cámara y otro, ahora, desde el lado del que ya se fue. Vale la pena acercarse al Lugones o al Malba, dejarse llevar por Milo en su tren y, de paso, hacer el duelo compartido que propone Ferro: ver la película es, también, una forma de despedir a Vignale en la ciudad que la película eligió como destino.
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