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JUE, 10 SEPT 2026
Vida

El cuarto propio ya no se cierra: cómo los adolescentes dejaron de tener refugio y empezaron a tener un set

Lo que durante generaciones fue un territorio desordenado de pósteres, ropa tirada y diarios íntimos hoy luce pulido, neutro y pensado para una cámara. Especialistas consultados por este portal advierten que la intimidad cede terreno frente a la mirada constante de una audiencia digital que nunca termina de irse.

EB
Elena BianchiSociedad · 10 DE SEPT DE 2026 · lectura 3 min

A esta altura de la tarde, mientras recorro las notas que vecinos y lectores me fueron mandando a lo largo de la semana, me detengo en un detalle que parece menor y sin embargo me golpea: ya casi nadie me cuenta que el cuarto de un adolescente esté revuelto. Antes me llegaban escenas de ropa apilada sobre la silla, de pósteres pegados con cinta que se caían, de libros abiertos boca abajo sobre la alfombra y de diarios íntimos escondidos debajo del colchón. Hoy, en cambio, lo que aparece es otra cosa: paredes de tonos neutros, camas tendidas como por un hotel y tiras de luces led dispuestas como si fueran reflectores de un estudio improvisado. La transformación es silenciosa, pero lo cambia todo.

Hace dos décadas, entrar al cuarto de un adolescente significaba pisar un territorio propio, con marcas claras de quien lo habitaba. El desorden no era un descuido: era la prueba de que allí adentro alguien crecía, se equivocaba, ensayaba. Era, en el fondo, la señal más elocuente de que la puerta cerrada funcionaba como un pacto tácito de suspensión del juicio ajeno. Algo de eso se perdió, y me animo a decir que no se perdió de un día para el otro, sino como se pierden las cosas importantes: de a poco, casi sin que nos diéramos cuenta, mientras mirábamos para otro lado.

Un sociólogo, una metáfora y un cuarto con paredes de cristal

El sociólogo Erving Goffman describió hace mucho una distinción que a mí, cada vez que la recuerdo, me parece más útil: existe un frente de escena, donde uno sostiene una imagen ante los demás, y existe ese otro espacio privado donde es posible descansar del personaje, probar identidades y fallar sin público. La habitación adolescente cumplió históricamente esa segunda función, y por eso mismo era tan desordenada y tan sagrada. Ese pacto, me parece a mí, se rompió. La escritora Sithara Ranasinghe lo resume con una imagen que me cuesta sacarme de la cabeza: habla de una habitación con paredes de cristal, donde el límite entre escenario e intimidad se disuelve bajo la mirada constante de una audiencia que no se va nunca. El laboratorio de exploración personal, dice ella, se convirtió en decorado.

Lo más inquietante de todo esto es que la cámara no necesita estar encendida para que el efecto actúe. La sola conciencia de que cualquier rincón puede ser filmado, subido y comentado por desconocidos alcanza para modificar la conducta: inhibe la espontaneidad, desalienta el desorden, empuja hacia una estandarización que antes no existía. Ya no es la mirada de los padres la que ordena el espacio, como me decía ayer por la tarde una lectora mientras tomábamos un café en la vereda de siempre, sino la de una audiencia invisible e internalizada que el pibe o la piba cargan dentro de la cabeza como si fuera un vecino más.

  • Paredes en tonos neutros que podrían ser las mismas en cualquier casa del país.
  • Camas tendidas con una prolijidad que antes era propia de las fotos, no de la vida cotidiana.
  • Tiras de luces led funcionando como reflectores improvisados para videos.
  • Escasez de pósteres, recortes, diarios íntimos y objetos acumulados a la vista.
  • Espacio pensado para ser mostrado más que para ser habitado en privado.

Mientras ordeno mis apuntes y miro por la ventana cómo cae la tarde sobre la calle de siempre, me queda dando vueltas una pregunta que no tiene respuesta fácil. La adolescencia fue siempre un umbral incierto, un período de transición donde el error forma parte del aprendizaje, y donde el desorden del cuarto era, en el fondo, una forma de la propia identidad sin tener a nadie mirando. La pregunta que dejan estos cuartos cada vez más despojados es hasta qué punto ese margen de imperfección sigue existiendo cuando el espacio íntimo se convierte en un set permanente. Y, sobre todo, quién lo va a pagar si terminamos por perderlo.

Si te pasa como a mí y notás este cambio en los cuartos de los adolescentes que conocés, te invito a contármelo en los comentarios: cada testimonio suma para entender qué estamos perdiendo y qué, quizá, todavía estamos a tiempo de cuidar.

EB

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