Después de la quimio, el verano que lo cambia todo: «Sunny Dancer» y la vida que insiste en volver
La nueva película de George Jaques, con Bella Ramsey como protagonista, se interna en un campamento de jóvenes que atravesaron el cáncer y pone el foco en la amistad, el romance y la reconstrucción de una rutina que la enfermedad se llevó.
La primera imagen que me quedó de «Sunny Dancer» fue la de una tarde larga, verde y demasiado brillante, de esas que en el cine parecen pintadas con témpera: casas rodantes, árboles altos, el sonido de un río cerca y un grupo de chicos que caminan sin apuro por un predio rural de Escocia. Es el lugar al que llega Ivy, la protagonista, una chica de diecisiete años que acaba de pasar diez meses en remisión tras una leucemia y que todavía no sabe qué hacer con el cuerpo que le devolvieron los médicos. Bella Ramsey se pone en la piel de esa adolescente con esa mezcla de fragilidad y de coraje a la fuerza que ya había mostrado en «The Last of Us», donde su Ellie soportaba un apocalipsis entero con la mandíbula apretada. Acá el apocalipsis es más chico y más íntimo, pero pesa igual: se llama volver a la escuela, volver a hablar con alguien que no sea tu médica, volver a quererse un poco.
Un director con historia personal detrás de cámara
George Jaques viene de un cortometraje muy celebrado, «Mammal», y «Sunny Dancer» es su segundo largo. Lo que no es un dato menor es que el realizador creció mientras su madre peleaba contra un cáncer de mama, y que además es embajador de Teenage Cancer Trust, una organización británica que trabaja con adolescentes oncológicos. Esa biografía se nota en el modo en que filma: no hay un subrayado dramático permanente, no hay música de funeral cada vez que alguien menciona la palabra «quimio». La enfermedad está, claro, como una sombra que se cruza en cualquier conversación, pero la cámara privilegia los veranos, las fogatas, los amores que empiezan y las peleas que duelen más por lo que se dicen que por lo que se callan.
En el rodaje participaron jóvenes que habían sobrevivido al cáncer y hubo terapeutas en el set para acompañar al elenco, una decisión que Jaques suele mencionar en cada entrevista y que a mí, como espectadora, me parece clave: cuando ves la película, se nota que nadie está impostando una épica de la supervivencia. Lo que aparece es algo mucho más real y bastante menos heroico: chicos que se bancan los miedos con humor, con mal humor o con ataques de pánico, según el día.
El campamento como terapia y como territorio propio de la adolescencia
La trama se apoya en un dispositivo que ya tiene sus antecedentes en el cine y la literatura: juntar a personajes rotos en un lugar apartado y dejar que la convivencia haga su trabajo. Ivy, a regañadientes, termina compartiendo habitación con Ella, el personaje de Ruby Stokes, y conoce a Jake, a quien da vida Daniel Quinn-Toye, un chico con ataques de pánico que no termina de creerse que le haya ido bien. Más tarde se suma Ralph, interpretado por Earl Cave, que aparece como el típico compañero de cuarto que tira ironía en lugar de pedir ayuda. Entre los tres arman una de esas amistades de verano que uno recuerda mucho después, con salidas nocturnas al bosque, guitarreadas y algún que otro baile que la película filma con colores cálidos, casi como una fiesta de pueblo. La banda de sonido, con Este Haim y Zachary Dawes, y temas de Scissor Sisters y Goldfrapp, ayuda a sostener ese clima de verano inglés donde la luz parece no querer irse nunca.
Una película sobre la vida, no sobre la enfermedad
Jaques lo dijo más de una vez y la película lo demuestra: «Sunny Dancer» no es una película sobre el cáncer, aunque la enfermedad sea el motor que junta a los personajes. Es, en todo caso, una película sobre lo que se hace con la vida que queda, sobre las ganas y los miedos que conviven en un cuerpo de diecisiete años que todavía tiene que decidir quién quiere ser. Ahí, para mí, está la mejor parte del film: en esa idea muy de los ochenta, ochentera incluso, de que un grupo de desconocidos puede convertirse en familia si comparten el mismo dolor y la misma música a la noche.
Yo reconozzco que entré a verla esperando una historia lacrimógena y salí con una sensación distinta, más parecida a la de un abrazo largo, de esos que no te dejan respirar del todo pero te dejan mejor. Si te gustan las historias de adolescentes que parecen más grandes que sus años, «Sunny Dancer» es de esas películas que se quedan un rato en la cabeza. Y si te pasó de cerca, aunque sea de cerca ajeno, el viaje de alguien que vuelve a empezar, te va a tocar un poco más fuerte. Es que a veces una se olvida de que la parte más corajuda no es sobrevivir: es animarse, después, a volver a vivir.
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