Cuando la leche deja de sentar bien: la intolerancia a la lactosa que aparece después de los veinte
La producción de la enzima que digiere el azúcar de la leche cae con los años y muchos adultos descubren, de golpe, que un vaso con leche o un plato de helado les inflama la panza. Especialistas explican por qué sucede, cómo distinguirlo de una alergia y qué hacer para no quedar a dieta de por vida.
Son las nueve de la noche en una casa de Buenos Aires y María, cuarenta y dos años, se sirve un flan casero como hacía desde chica. Una hora después la panza le infla como un globo, los ruidos intestinales no la dejan dormir y termina yendo al baño dos veces antes de la madrugada. No es la primera vez. Le pasó la semana pasada con un café con leche, el mes pasado con un trozo de queso fresco y, si mira para atrás, reconoce que ya hace más de un año que cada vez que toma leche termina con esa misma sensación de tener el estómago en guerra. María, como tantas otras personas adultas, acaba de cruzarse con la intolerancia a la lactosa sin saber todavía cómo se llama lo que le pasa.
La explicación es más sencilla de lo que parece y conviene entenderla bien antes de empezar a tachar alimentos de la lista. El intestino delgado fabrica una enzima llamada lactasa, que es la encargada de romper la lactosa, el azúcar natural de la leche, en pedacitos chiquitos para que el cuerpo pueda absorberla. Durante la infancia esa producción suele ser alta, porque la leche es el alimento principal. Con el paso de los años, sin embargo, esa fábrica de lactasa empieza a funcionar más lento. Cuando la enzima no alcanza, la lactosa sigue su camino sin digerir hasta el intestino grueso, donde las bacterias la fermentan y liberan gases. Es ese proceso el que genera la hinchazón, los cólicos y, muchas veces, la diarrea, porque además la lactosa sin digerir arrastra agua consigo.
A quiénes les toca y por qué
Las molestias suelen aparecer entre los veinte y los treinta años, aunque hay quienes las notan bien entrada la adultez, como le pasó a María. La herencia genética pesa mucho: la condición es más frecuente en personas de ascendencia asiática oriental, nativa americana y africana occidental, y bastante menos común en poblaciones del norte de Europa, donde la cría de animales lecheros y el consumo de derivados se sostuvo durante siglos. Esa historia de cada pueblo, traducida en generaciones tomando leche, fue moldeando la capacidad del intestino para producir lactasa hasta la edad adulta. Por eso un japonés, un mapuche o un senegalés tienen más chances de cruzarse con el problema que un sueco o un holandés.
Cómo se reconoce y qué se siente
Los síntomas más habituales son hinchazón, dolor abdominal, gases, heces blandas y diarrea. Por lo general aparecen pocas horas después de tomar leche, comer un helado o sumar un queso fresco a la comida, aunque cada organismo responde a su manera. Hay personas que se inflan con un solo vaso de leche entera; otras toleran una taza chica en el café de la mañana y solo reaccionan cuando la cantidad es mayor. Influyen, además, los demás alimentos que se comieron en esa misma comida y problemas digestivos previos, como el síndrome de intestino irritable, que pueden sumar malestar al cuadro.
Antes de asustarse, vale una aclaración que muchos desconocen: la intolerancia a la lactosa no es lo mismo que la alergia a la leche. La alergia involucra al sistema inmunitario, que reacciona contra las proteínas lácteas y puede dar urticaria, vómitos, eccema o, en los casos más graves, dificultad para respirar. Suele aparecer en la infancia y muchas veces se supera con el tiempo. La intolerancia, en cambio, es una cuestión digestiva: la lactosa no se termina de procesar y eso provoca los gases y la diarrea, pero no activa las defensas del cuerpo.
Qué se puede hacer, paso a paso
- Consultar a un profesional de la salud, ya sea clínico o gastroenterólogo, para confirmar el cuadro y descartar otras causas de los síntomas.
- Si el especialista lo indica, realizarse la prueba de hidrógeno espirado: se toma una dosis de lactosa y se mide el hidrógeno en el aire que se exhala durante unas cuatro horas; un aumento marcado confirma que la lactosa no se absorbió bien.
- Probar, como primera medida, retirar los lácteos durante un par de semanas y observar si las molestias desaparecen o bajan claramente; muchas veces ese simple ensayo alcanza para llegar al diagnóstico.
- Reintroducir de a poco y en pequeñas cantidades los productos que mejor se toleran, como yogur, quesos duros o leche deslactosada, para no perder nutrientes clave como el calcio y la vitamina D.
- Prestar atención a las etiquetas de alimentos procesados, ya que la lactosa puede aparecer en panes, galletitas, fiambres y aderezos sin que uno lo note.
- Consultar a un nutricionista para armar un plan que cubra el calcio y la vitamina D con otros alimentos o, si hace falta, con suplementos.
María, mientras tanto, ya tiene turno con un gastroenterólogo para la semana que viene. Mientras tanto, cambió la leche entera por la deslactosada, se dio cuenta de que un pedacito de queso mantecoso no le hace nada y aprendió, de una vez por todas, a mirar la etiqueta del helado antes de pedirlo en el mostrador. No es una dieta heroica ni una renuncia: es, simplemente, aprender a escuchar lo que el cuerpo viene avisando desde hace tiempo y dejar de hacerse el desentendido con el ruido de la panza después de cenar.
Como le decía su gastroenterólogo, la intolerancia a la lactosa se maneja, no se sufre: con información, paciencia y un buen acompañamiento profesional, los lácteos pueden seguir formando parte de la mesa sin pagar el precio de una noche en vela.
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