Cuando el intestino pide algo más que un consejo de pasillo: señales de alerta, fibra y el peso de los ultraprocesados en la microbiota
La dietista Jenna Volpe, la nutricionista Marcie Vaske y la gastroenteróloga Asma Khapra coinciden en que gases, hinchazón y cambios persistentes en las evacuaciones merecen evaluación profesional; mientras tanto, la OMS recuerda los 400 gramos diarios de frutas y verduras y los 150 a 300 minutos semanales de actividad física como pilares del cuidado cotidiano.
En el consultorio de Marcie Vaske, especialista en nutrición clínica, se repite una escena que ella ya conoce de memoria: un paciente se sienta, suspira y arranca con un «llevo años con la panza inflamada, pensé que era normal». Marcie levanta la mirada, deja la lapicera sobre el escritorio y responde con la misma frase que aprendió a usar cuando empezó a atender consultas de gastroenterología: convivir con gases, con hinchazón, con reflujo o con cambios persistentes en las evacuaciones no debería haberse convertido, con el tiempo, en una costumbre, y cuando esas molestias se prolongan, lo que corresponde es una evaluación profesional que permita distinguir si hay una intolerancia, una enfermedad digestiva o una alteración de la microbiota que ninguna recomendación genérica va a poder resolver.
Variedad en el plato: por qué la fibra y los ultraprocesados no juegan en el mismo equipo
Para el cuidado cotidiano, una de las claves está en la variedad de lo que se come, porque la fibra alimenta a parte de los microorganismos intestinales y se encuentra en frutas, verduras, legumbres, frutos secos y cereales integrales, y la Organización Mundial de la Salud (OMS) aconseja incluir esos grupos de alimentos y alcanzar un consumo diario de, como mínimo, 400 gramos de frutas y verduras, un número que, en la práctica, queda lejos de la mesa de buena parte de los argentinos, según se repite en cada encuesta nacional de alimentación.
Esa diversidad suele reducirse cuando se repiten pocas comidas a lo largo de la semana y predominan los ultraprocesados, un patrón que la dietista Jenna Volpe, con un tono tranquilo pero firme, sostiene que puede modificar la microbiota y favorecer procesos inflamatorios, y aunque los alimentos fermentados —como el yogur, el kéfir o el chucrut— pueden formar parte de una dieta variada, incorporarlos no sustituye una consulta si las molestias vuelven, y acá la aclaración vale por sí sola: fermentado no es sinónimo de milagroso.
- Frutas y verduras: el piso diario que pide la OMS son 400 gramos combinados, repartidos en varias comidas.
- Legumbres, frutos secos y cereales integrales: aportan fibra que alimenta a microorganismosintestinales específicos.
- Alimentos fermentados (yogur, kéfir, chucrut): suman diversidad, pero no reemplazan la consulta médica si las molestias persisten.
- Ultraprocesados en exceso: su consumo sostenido puede reducir la variedad de la microbiota y favorecer procesos inflamatorios.
Antibióticos, estrés y movimiento: los otros factores que mueven la balanza
El intestino alberga bacterias, virus, hongos y otros microorganismos que intervienen en la digestión, en las defensas y en la obtención de energía de los alimentos, y su composición cambia con el tiempo: el Instituto Nacional de Ciencias de la Salud Ambiental de Estados Unidos (NIEHS, por sus siglas en inglés) identifica a la alimentación y a los medicamentos entre los factores que pueden modificarla, de ahí que el uso de los antibióticos también importe, porque son necesarios frente a infecciones bacterianas cuando están indicados, aunque su utilización innecesaria puede afectar microorganismos beneficiosos, y la recomendación sanitaria es tomarlos con prescripción médica y completar el tratamiento indicado, algo que, en la consulta, suena tan lógico como difícil de sostener cuando los síntomas aflojan antes de terminar el blister.
“El estrés puede alterar los movimientos que desplazan el contenido del tubo digestivo y aumentar la sensibilidad intestinal.”Asma Khapra, gastroenteróloga
El funcionamiento digestivo también puede verse afectado por el estrés, que, según explica la gastroenteróloga Asma Khapra, puede alterar los movimientos que desplazan el contenido del tubo digestivo y aumentar la sensibilidad intestinal, y el movimiento corporal integra los hábitos de cuidado: para adultos, la OMS recomienda entre 150 y 300 minutos por semana de actividad física moderada, un número que, traducido a la rutina, equivale a caminar a buen ritmo entre cinco y siete horas semanales, o a sumar dos clases de actividad más intensa en el calendario.
Vuelvo al consultorio de Marcie Vaske, donde la escena sigue igual —el paciente, la lapicera, la pregunta de siempre— pero esta vez, antes de cerrar la entrevista, ella se inclina sobre el escritorio y repite lo que repite cada tarde: si las molestias vuelven, si los gases se instalan, si la hinchazón no afloja, la consulta no se posterga, porque cuidar el intestino empieza por la variedad del plato, continúa con el movimiento del cuerpo y se completa, siempre, con la evaluación profesional cuando algo no encaja.
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