Chicos que se rompen en silencio: la salud mental infantil que se quedó sin red
Aulas, guardias y consultorios reciben a niñas, niños y adolescentes que duermen mal, se lastiman o cargan violencias que nunca fueron escuchadas. Los equipos especializados son pocos, los servicios están desbordados y el Estado llega tarde, cuando la señal temprana ya se transformó en una urgencia.
Vuelvo de la redacción pasada las ocho de la noche, con esa mezcla de cansancio y café que se pega a la garganta, y todavía me resuena una frase que escuché esta semana, dicha por una pediatra que prefiere no publicar su nombre para no quedar expuesta en los pasillos del hospital donde trabaja: «Los chicos ya no consultan por una tos, consultan cuando no dan más». Esa frase, corta y casi resignada, ordena lo que pasa hoy en las guardias, en las escuelas y en los consultorios de salud mental de chicos y adolescentes, donde se repite un patrón que cuesta atender a tiempo y que termina estallando en autolesiones, crisis de pánico o intentos de suicidio.
Síntomas que se multiplican y duermen poco
En las consultas se acumula un mismo catálogo de malestares. Sofía, psicóloga de un centro de salud del conurbano bonaerense, repasa lo que recibe en su agenda de los últimos meses: «chicos que no pueden dormir, que dejaron de comer o que comen de manera compulsiva, que se aíslan, que se lastiman o que dicen en voz baja que no quieren seguir viviendo». El cuadro se repite con variaciones: ansiedad escolar, irritabilidad constante, pesadillas recurrentes, fobias que aparecieron después de la pandemia y que nunca terminaron de irse.
Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia que, en muchos casos, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla. La violencia aparece una y otra vez como núcleo del padecimiento, aunque cambie de forma: golpes que nadie ve, abuso sexual que se calla por miedo, humillaciones cotidianas que se naturalizan en la casa o en el aula y que pocas veces quedan registradas en un expediente.
Violencias que pesan desde la infancia
“Las estimaciones de UNICEF señalan que 1 de cada 8 niñas y mujeres sufrió una violación o agresión sexual antes de los 18 años, y que entre los varones la proporción es de 1 de cada 11.”UNICEF
Son cifras que circulan y se conocen, y que sin embargo chocan contra la costumbre social de mirar para otro lado. Buena parte de esas experiencias permanece silenciada porque nunca encontró un interlocutor válido, y sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse durante toda la vida. A eso se suman maltratos cotidianos, negligencia y humillaciones que rara vez quedan escritos en una estadística.
Pantallas, apuestas y un refugio que no cura
Las plataformas digitales agregaron una dimensión nueva al cuadro clínico. Niñas, niños y adolescentes quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas y a material que promueve conductas de riesgo, mientras el uso intensivo de pantallas deja de ser un hábito y pasa a funcionar, en muchos casos, como refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir. Según datos de UNICEF, 1 de cada 4 adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez, un dato que cruza la salud mental con el bolsillo familiar y que abre una puerta directa a endeudamientos, conflictos en la casa y nuevas formas de sufrimiento.
Aprender cuesta cuando la energía está puesta en sobrevivir
- Casi 8 de cada 10 estudiantes argentinos de 15 años no alcanzaron el nivel básico en Matemática en las pruebas PISA 2025.
- Alrededor de 6 de cada 10 tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias.
- Aprender exige atención, confianza y capacidad de tolerar la frustración, recursos que se agotan cuando la energía psíquica está puesta en sobrevivir al hambre, la violencia o el abandono.
Una red fragmentada que pierde al paciente en el camino
Cuando una familia logra advertir que algo está mal y pide ayuda, puede encontrarse con servicios saturados, falta de profesionales especializados y tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia. La atención llega, en general, fragmentada: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital el síntoma, la justicia la infracción o el hecho de violencia. El chico, en el medio, puede perderse como persona dentro de un circuito de informes, derivaciones e intervenciones que no siempre se hablan entre sí. Es una lógica de carriles separados, donde cada ventanilla cree haber hecho lo suyo mientras el paciente se cae entre los huecos.
Escuchar a tiempo, antes que la señal se vuelva emergencia
Los equipos de salud mental infantojuvenil son escasos y, en varias provincias, directamente insuficientes para cubrir la demanda. Los turnos se dan a semanas, a veces a meses, y las guardias generales —sin profesionales formados en psiquiatría infantil— absorben lo que pueden, que suele ser poco. Mientras tanto, las aulas siguen siendo, para muchos chicos, el único lugar donde un adulto de confianza puede advertir que algo no anda bien, aunque ese adulto tampoco tenga herramientas ni tiempo para acompañar el proceso. Lo que se necesita, coinciden quienes trabajan en el tema, no es solo más presupuesto: es una red articulada entre salud, educación y justicia, con protocolos claros, profesionales formados y continuidad de cuidados. Sin esa red, cada chico que llega tarde al sistema suma una cuenta pendiente que, en muchos casos, se pagará durante décadas. Cuando vuelvo a pasar por la puerta del hospital, todavía de noche, me queda dando vueltas esa frase que escuché al principio de la semana: los chicos consultan cuando ya no dan más. El desafío es que la respuesta los encuentre antes de ese umbral, en el aula o en la primera consulta, y no en la guardia cuando la herida ya está hecha.
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