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MIÉ, 21 OCT 2026
Entretenimiento

Una cena que incomoda: Olivia Wilde vuelve a la mesa de Cesc Gay y le infunde otra respiración

La directora toma la estructura de "Sentimental" y la reescribe con personajes más densos, una cámara que se anima a salir del living y un final donde el piano reemplaza al sexo como intento de reparación.

VC
Verónica CardozoCultura y espectáculos · · lectura 3 min
Una cena que incomoda: Olivia Wilde vuelve a la mesa de Cesc Gay y le infunde otra respiración

Lo primero que llama la atención al sentarse a ver La invitación es la textura del departamento: los planos se deslizan por el living con una naturalidad casi hogareña, como si la cámara también hubiera sido invitada a la mesa y se animara a husmear entre las copas. Ahí, en esa sensación de intimidad que construye la puesta en escena, se nota la mano de Olivia Wilde, que se reapropia del planteo de Cesc Gay sin copiarlo: conserva el esqueleto de una velada que se vuelve un campo minado, pero le infunde una respiración propia, más profunda, más ambigua, decididamente menos teatral que el original.

El punto de partida es el mismo que el de Sentimental: una pareja acepta una cena con vecinos que apenas conoce —en este caso interpretados por Edward Norton y Penélope Cruz— y termina la noche enfrentándose, más que con los anfitriones, con las grietas del propio matrimonio. Se repiten, incluso, algunos hitos reconocibles: el músico frustrado que se entera tarde del plan, la vecina que aparece desnuda frente a la ventana del edificio de enfrente y la sesión de terapia con la psicóloga incluida en el postre. Quien haya visto la versión original de 2020 se sentirá en terreno conocido, aunque no del todo cómodo.

Personajes con biografía, no solo con conflictos

Lo que Wilde entiende mejor que el filme original es que una cena de estas características se sostiene o se cae según la densidad de los convidados. Su propio personaje, al que da vida ella misma, deja de ser una presencia algo indefinida y gana espesor: hay referencias a una carrera artística abandonada, gestos mínimos —la forma en que acomoda un cuadro, en que sirve el vino— que delatan frustración y deseo contenido. Norton, por su parte, recibe un pasado que justifica esa liviandad suya tan característica, esa manera de pisar la casa ajena como si fuera la propia. Pequeñas adiciones que, sumadas, cambian el peso de cada cruce de miradas.

El cambio más decisivo, sin embargo, se produce cuando se revela que la pareja de Norton y Cruz sostiene una relación poliamorosa. En Sentimental esa confesión desataba un rechazo casi instintivo; acá, el personaje que interpreta Seth Rogen reacciona con una mezcla de curiosidad y zozobra que vuelve mucho más visible la fractura que ya se intuía dentro de su matrimonio con el de Wilde. Es un giro narrativo que no está puesto como golpe de efecto, sino como herramienta para iluminar lo que venía insinuándose desde el primer brindis.

Una palabra en guaraní y un final que se cuela en la cabeza

Hay un término en guaraní, ñeheñói, que describe algo así como "ese murmullo interno que nos recuerda lo que callamos". Cada vez que la pareja protagonista cruza un umbral de incomodidad en esta cena, uno siente que ese murmullo se vuelve casi audible. Wilde aprovecha ese clima para correr el eje del filme: la comedia, que nunca desaparece del todo, va cediéndole el tramo final a un drama reflexivo, más calmo, más doliente.

La diferencia más notoria respecto al original llega en la última secuencia. Donde Sentimental cerraba con un encuentro sexual que funcionaba como intento forzado de reconciliación, La invitación opta por una imagen más discreta y, a la vez, mucho más cargada: Rogen vuelve a sentarse frente al piano que había dejado de lado, y Wilde se suma a su lado, tocando junto a él. No hay un punto final cerrado; hay una melodía compartida que puede leerse como tregua o como admisión de que algunas cosas no se arreglan.

“Esa ambigüedad no le quita fuerza al cierre; al contrario, lo vuelve más honesto, porque se parece bastante a la manera en que de verdad sobreviven ciertos matrimonios: no resolviendo, sino tocando juntos lo que sigue sonando mal.”Verónica Cardozo
VC
Verónica CardozoCultura y espectáculos

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