Imágenes falsas, daño verdadero: la pesadilla que vivieron adolescentes de Lomas de Zamora y que abrió un debate que ya no puede esperar
Cuatro alumnos de un colegio secundario son investigados por crear y difundir contenido sexual manipulado con inteligencia artificial a partir de fotos de redes sociales. Las víctimas hablan de asco, vergüenza y miedo. La causa avanza como producción y distribución de material de abuso sexual infantil y reaviva la pregunta sobre por qué el daño psicológico persiste aunque la imagen sea técnicamente falsa.
Son las ocho de la mañana y el timbre del colegio todavía no sonó, pero en el patio ya se escucha ese murmullo raro, ese tono bajo que adoptan los adolescentes cuando algo les pesa. Algunas chicas están juntas, apoyadas contra la pared, y se miran entre ellas antes de empezar la clase. Lo que cuentan en los pasillos, y lo que después contaron en la Justicia, todavía les tiembla en la voz: alguien tomó fotos de sus perfiles públicos en redes sociales, las manipuló con inteligencia artificial para convertirlas en imágenes sexuales explícitas y las distribuyó en grupos digitales sin que ellas se enteraran. Aunque saben que el material es falso, dicen que sintieron asco, vergüenza y miedo.
"Aunque sé que es falso, me dio vergüenza", dice una de las adolescentes afectadas, y esa frase, que ronda los pasillos y los escritorios de los gabinetes psicopedagógicos, resume con una lucidez inquietante el corazón del fenómeno: la falsedad técnica de una imagen no neutraliza el daño emocional que provoca en quien aparece en ella. Las víctimas son alumnas de un colegio secundario de Lomas de Zamora y los cuatro señalados como responsables son también menores de edad, compañeros de la misma institución.
Una causa que avanza como si las víctimas fueran adultas
La investigación judicial tramita como producción y distribución de material de abuso sexual infantil (MASI), la misma figura que se aplica cuando los involucrados son mayores. Para mí, que sigo hace años estos temas, es una señal clara de que la Justicia decidió no esquivar la gravedad del hecho por tratarse de adolescentes: ya se realizaron allanamientos, se secuestraron dispositivos y se ordenó el cese de hostigamiento, además de medidas para evitar el contacto entre las partes.
Las imágenes manipuladas circulaban en grupos digitales del colegio y, según los indicios que reunieron los investigadores, también se difundieron en plataformas de mensajería instantánea. Una de las víctimas lo expresó con crudeza: "Creemos que pudo haber llegado a cualquier parte del mundo", dijo, y esa sola idea, la de un daño sin fronteras geográficas, fue lo que más la paralizó en los primeros días. Las fotografías originales se habían obtenido de perfiles públicos en redes sociales, lo que vuelve a poner sobre la mesa un riesgo que muchas familias todavía subestiman: lo que un adolescente sube a la red puede ser descargado, alterado y reutilizado sin su consentimiento.
“Creemos que pudo haber llegado a cualquier parte del mundo.”Una de las adolescentes afectadas
El día que el colegio no alcanzó
Las alumnas afectadas relataron que cuando descubrieron lo ocurrido fueron ellas mismas a hablar con las autoridades del establecimiento, pero sintieron que la respuesta institucional fue tardía e insuficiente. Recién más adelante se organizaron espacios de conversación dentro de la escuela y los menores involucrados pasaron a la modalidad virtual. Mientras tanto, varias víctimas tardaron en contarles a sus padres porque, como reconocieron en sus testimonios, no querían que las vieran así, aunque supieran que la imagen estaba manipulada. Esa frase, "que las vieran así", duele especialmente: habla del peso específico que tiene para una adolescente aparecer en una representación sexual, incluso si fue construida con un programa y no con una cámara.
Esa movilización, con los videos corriendo por redes, fue lo que volvió el caso imposible de mirar para otro lado. Las alumnas no pidieron aplausos ni cámaras: pidieron que se hablara del tema con todas las letras, y lo hicieron ocupando la calle. Y lo que más me quedó dando vueltas, mientras releía sus testimonios, fue la paradoja que ellas mismas nombraron: el daño es real aunque la imagen sea falsa, porque el cuerpo representado es el suyo, la vergüenza es la suya y la exposición es la suya. Y eso, en cualquier barrio de la provincia de Buenos Aires, en cualquier colegio, en cualquier familia, es exactamente lo que vuelve urgente que padres, docentes y equipos de orientación se sienten a hablar de inteligencia artificial, de redes y de consentimiento antes de que vuelva a sonar ese timbre de la mañana y otra chica tenga que explicarles a sus padres por qué no quiere que la vean así.
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