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VIE, 09 OCT 2026
Entretenimiento

Copenhague en ruinas y una sombra maternal: el blanco y negro que destapa un crimen olvidado

La chica de la aguja, del director Magnus von Horn, convierte un caso criminal real de la Dinamarca posterior a la Primera Guerra Mundial en un viaje por la pobreza, la maternidad y la desconfianza. La actuación de Trine Dyrholm sostiene una propuesta visual que no concede ni un solo respiro de color.

VC
Verónica CardozoCultura y espectáculos · · lectura 5 min
Copenhague en ruinas y una sombra maternal: el blanco y negro que destapa un crimen olvidado

El aire en la sala se vuelve pesado apenas arranca La chica de la aguja, y no es por el clima del cine ni por el volumen del proyector, sino por esa Copenhague dibujada en blanco y negro, con niebla pegada a los adoquines, ropas deslucidas y bocas de metro que parecen tragarse a la gente entera. Es un mundo sin alivio cromático, pensado para que el espectador sienta en los huesos el frío de una ciudad todavía golpeada por la Primera Guerra Mundial. Magnus von Horn, su director, elige ese registro visual como si firmara una declaración de principios: acá no hay escapada estética, hay verosimilitud de la pobreza.

Von Horn ya había mostrado esa mano firme para el desasosiego en su opera prima, El honor de las damas, y aquí vuelve a apoyarse en la actriz Trine Dyrholm para construir a Dagmar, una mujer que se presenta como intermediaria para colocar bebés en familias que puedan criarlos. Sobre el papel, suena casi a obra de bien; en la práctica, la película deja claro que ningún favor sale gratis cuando se cruzan la desesperación económica y la maternidad en una Europa todavía con hambre.

Karoline: una trabajadora embarazada frente al abismo

Karoline, la protagonista, encarna a una joven obrera que llega a Copenhague con la pancha creciendo y sin demasiadas opciones. Es contratada como empleada doméstica en una casa grande donde reina la vulgaridad del dinero y, al mismo tiempo, donde el marido la mira con un interés que no es precisamente laboral. En una de esas escenas iniciales, von Horn planta la cámara cerca de Karoline mientras limpia un pasillo enorme, y la diferencia entre el mármol del piso y el peso de la taza que sostiene la obliga a doblar la espalda. No hace falta que nadie lo explique: la explotación está ahí, en cuadro.

Es en ese contexto donde aparece Dagmar, vestida con prolijidad casi clerical, oferecendo una solución concreta: ayudar a que el bebé nazca y sea recibido por una familia que pueda mantenerlo. Para Karoline, es la única puerta que se abre cuando todas las demás se cierran, y la película describe con paciencia ese instante en que una persona toma la mano tendida sin tener tiempo de fijarse si hay algo raro en el puño.

Una Dagmar inquietante en el centro de la trama

  • Dagmar opera desde un consultorio modesto en las afueras de la ciudad, donde las paredes parecen escucharlo todo.
  • La actriz Trine Dyrholm sostiene al personaje con una calma impostada que se agrieta apenas al llegar el momento clave de la trama.
  • Von Horn filma los encuentros entre Dagmar y Karoline con encuadres cerrados que sugieren un pacto apenas firmado entre dos desconocidas.
  • El relato insinúa, sin exhibir, que los bebés entregados no siempre terminan en brazos familiares sino en un circuito paralelo que recién se devela en el tercer acto.

El director juega con la información: la película dosifica las sospechas, deja que Karoline confié porque no le queda otra, y deja que el público descubra, como quien destapa una olla, que detrás de Dagmar hay algo que no cierra. Esa construcción del suspenso es probablemente lo más sólido del film, porque no recurre a golpes de efecto sino a la acumulación de detalles fríos, casi domésticos, que se vuelven aterradores.

La fuerza del blanco y negro

La fotografía es autoría de Michał Dymko y se luce en cada plano de exteriores: la niebla nórdica se vuelve un personaje más, los rostros quedan recortados contra ventanas empañadas, y la nieve de los patios parece una sábana tendida sobre las injusticias que la ciudad intenta tapar. Ese blanco y negro no es capricho de festival sino una herramienta narrativa: al privar al ojo de distractores cromáticos, lo obliga a leer las texturas, los gestos mínimos, los hilos sueltos de los uniformes. Kon palabra prestada del guaraní para definir el color blanco, dice karumbé, y algo de esa contundencia visual tiene el trabajo de Dymko: parece que limpiara todo para mostrar la mugre debajo.

El film se ancla en un caso criminal real de la Dinamarca de posguerra, aunque von Horn prefiere sugerir antes que reconstruir al estilo de un expediente policial. La puesta es más atmosférica que documental, lo que en algunos momentos le juega a favor, porque el clima de amenaza gana espesor, y en otros, le quita precisión al hecho concreto que le da origen. Queda la sensación de estar ante un trabajo más preocupado por la atmósfera que por la revelación total del caso, y eso puede ser un mérito o un límite según el hambre de quien se siente en la butaca.

Una pregunta que se queda

La chica de la aguja no es la típica película de suspenso que cierra el círculo con un plano tranquilizador. Deja abierta, sin estridencias, la pregunta sobre qué margen de decisión tiene una persona cuando no tiene ni dinero ni red de contención. Esa misma pregunta conecta el drama íntimo de Karoline con los temas sociales que atraviesa toda la película: la maternidad como condena cuando hay pobreza, la maternidad como negocio cuando alguien la mendiga por necesidad, y la maternidad como campo de batalla silenciosa cuando la sociedad recién está intentando reconstruirse después de una guerra. Es un film duro, pensado para permanecer en la cabeza más allá del cierre.

Quiero cerrar con una opinión que me sale sin pedir permiso: me parece valioso que un autor como Von Horn siga apostando por propuestas incómodas en lugar de sumarse a la feria de películas que prometen entretenimiento fácil. La chica de la aguja propone incomodarse, sentir esa Copenhague gris en la propia piel, y dejar que la cabeza le dé vueltas al paquete. Vale la pena darle una oportunidad, aunque para eso haya que acompañarlo hasta en el silencio de las pausas que, a veces, pesan más que cualquier grito.

VC
Verónica CardozoCultura y espectáculos

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